MÚSICA

MARK HOLLIS EL POETA DEL SONIDO

Este mes se cumplen ya cinco años del fallecimiento de Mark Hollis, líder de Talk Talk, el grupo británico creado en 1981, que con sólo una década de existencia y cinco álbumes, consiguieron figurar en los rankings de las bandas más emblemáticas del momento.

En un contexto histórico enmarcado en la Guerra Fría, donde las nuevas generaciones musicales apostaban por nuevas fórmulas rupturistas como alternativa a la única vía de escape que la humanidad les había ofrecido, el legado de Hollis fue apostar por una nueva sonoridad que le desvinculase de esta ira destructiva que pareció instalarse en la mentalidad de muchos artistas. 

Es posible que uno piense que el reconocimiento de este genio, como así lo calificó en su Facebook, el mismo día de su muerte, su compañero y amigo; el bajista Paul Webb, no halla estado a la altura de su indiscutible talento, pero si indagamos en su trayectoria profesional, pronto advertimos que nos encontramos ante uno de esos artistas perteneciente a la genealogía lunática de los nacidos para dar rienda suelta a sus ingobernables impulsos creativos, siempre coherente con su estilo de perfil bajo cuando de exposición se trataba. 

Cantante y músico brillante, Hollis fue por encima de todo, un compositor nato con grandes deseos de libertad creativa en un época donde el poder de las discográficas era insoslayable para insertarse y crecer en el mercado. Una situación nada fácil para la mayoría de los músicos, debido a la numerosa competencia con grupos de alto calibre como Joy División, The Cure, Duran Duran, etc. que también marcaban sus propias tendencias con gran personalidad e importantes audiencias.  Su coherencia como artista que amó y protegió su obra por encima de la encarnizada visión mercantil de las discográficas, lo llevó a demandar, en un par de ocasiones, al sello discográfico EMI por relanzar varios temas de su cuarto y quinto trabajo sin su consentimiento. Hollis ganó la batalla, y puede decirse que se convirtió en el último artista libre de la industria.

A partir de ese momento, las discográficas añadieron en sus contratos una cláusula que exigía a los artistas la orientación de su capacidad creativa a la consecución de éxitos comerciales.  Pero, si por algo se le reconoce a este músico, inconformista y extremadamente creativo, es por ser un verdadero explorador del sonido. 

En sólo una década logró transitar por diversas texturas sonoras que van desde los submundos del synth pop, estilo que apareció contrastando la intensidad del pop, el new romantic, la new wave y hasta el post-rock, en una trayectoria lineal que arranca de lo sintético y estruendoso hasta un mundo espiritual y orgánico, donde nos asfixia con atmósferas apabullantes. 

Tras el debut de su primer álbum The party´s over (1982) y el posterior éxito de It´s my life (1984), álbum que recoge el tema homónimo con el que la banda llegaría a encumbrarse en el Olimpo de las bandas más representativas de los ochenta, Hollis se plantea dar un giro a su carrera, dejando atrás el sonido synth pop previo para apostar por una nueva sonoridad, más envolvente e intimista.

The color of the spring (1986), su tercer álbum, el más vendido y valorado de todos, supondrá esa transición para su futuro más experimental. 

Con composiciones más elevadas y un sonido mucho más depurado y orgánico, en el que prescinde de sintetizadores para destacar los diferentes planos de la acústica instrumental, la banda se aleja definitivamente de los sonidos estandarizados para embarcarse en un viaje de texturas musicales más ricas y atmosféricas.

La experiencia culminará con The Spirit of eden (1988), uno de sus trabajos más complejos, no sólo por la duración de los temas, algunos de hasta 9 minutos, sino por el desafío al que se enfrentó, recreando espacios y estados emocionales contemplativos a través de pasajes de la naturaleza y mundos submarinos. Muchos descubren guiños de jazz y soul en este álbum conceptual que erigirá a la banda como pionera del post-rock, un estilo que entrará impactando en el nuevo milenio.

Laughing stock (1991), su quinto y último trabajo discográfico, mucho más improvisado que los anteriores, supuso el fin de Talk Talk, pero no de su influencia para las generaciones posteriores. Grupos como Tortoise y Mogwai y bandas como Radiohead, Slint y Sigur Rós tienen en el ADN de sus trabajos la propuesta introspectiva de Hollis.

Tras la disolución del grupo, Mark Hollis estuvo siete años sin componer. Sus últimos trabajos, bajo el pseudónimo de John Cope, muestran una maestría incomparable, en la línea del genio creativo que fue siempre, hasta que finalmente decidió retirarse y buscar su alejamiento total de la mirada pública con la que nunca se sintió a gusto. 

El intimismo, la atmósfera y el silencio fueron los pilares creativos de este genio, pero detrás de cada nota debe de haber siempre una poderosa razón para interpretarla. “Antes de tocar dos notas, aprende a tocar una sola. Y no toques esa nota a menos que tengas una razón para hacerlo”.

Quizás esa fuera la razón por la que nunca llegara a pronunciarse ante la rejuvenecida versión de uno de sus temas mas emblemáticos, It´s my life,  en la voz femenina de Gwen Stefani, de la banda No Doubt, unos años antes de su muerte. Su capacidad creativa tuvo más que ver siempre con la búsqueda de una sonoridad experimental única que con los plagios y las reversiones comerciales dictadas por las discográficas. 

Marc Hollis fue un genio creativo, un artista con demasiada luz que supo crear emociones como ningún otro en el espacio sagrado de una búsqueda constante. Ese fue su legado. Se fue de este mundo un 25 de febrero de hace ya cinco años por causas que nunca fueron confirmadas.

Él que permaneció durante un año viviendo en el interior de una iglesia de Londres para imbuirse de la calma y la introspección que siempre persiguió, llegó a sumirse en el silencio eterno, pero no en el olvido. “La forma ideal para escuchar mi música es estar sólo, extremadamente silencioso; no creo que sea necesario subir el volumen más allá de la intensidad natural que los instrumentos tendrían dentro de la habitación”.

Los grandes dejan siempre un hueco difícil de llenar. Y el suyo fue el hueco doloroso de algo que pudo ser hermoso, pero que no se comprendió.

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