OPINIÓN

LA ESCUELA DEL ALMA

Tengo entre las manos el último ensayo de José Mª Esquirol La escuela del alma que subtitula De la forma de educar a la manera de vivir. Un libro que renace por dentro la vocación educadora. Está dirigido a todas las maestras y a todos los maestros, muchos de los cuales ni siquiera han sabido que lo eran y a todos los que se quedan en la escuela del alma.

Interesante abrir sus primeras páginas y leer sus notas introductorias:

“Hay casa porque hay intemperie. Y la intemperie pide amparo.

Hay escuela porque hay mundo. Y el mundo pide atención.

Hay casa y escuela porque, en el amparo y en la atención, cada uno puede hacer camino y madurar, para dar fruto.

¿Qué tipo de fruto? Más casa y más mundo”.

Sí, el libro está abierto y nos invita a entrar en él y curiosamente se convierte en casa y escuela:

“la puerta de la escuela está abierta […] Dentro, no hay paredes ni techo. Hay amplitud, e hileras curiosas: de nubes y de letras, de números y herramientas, de pájaros y sueños”.

Estas primeras notas nos hablan de vida humana como respuesta interminable, de crecimiento, de madurez, de encuentro que, al dar confianza, impulsa y una descripción de la palabra educar: “Educar es ayudar a esbozar algunos de los trazos de esa respuesta”. Una vida en esencia caracterizada por la claridad y sencillez o dicho de otro modo por la no indiferencia. Una no indiferencia que es cultivo de la atención, cultivo de la forma, cultivo de la bondad, cultivo de la vida espiritual y comunitaria. Y nos pone como contrapunto la amenaza de la indiferencia que es amenaza de la inhumanidad, de la frialdad, de la insensibilidad, de la oscuridad, de la confusión y de cualquier tipo de totalitarismo.

No indiferencia frente a la indiferencia que nos rodea y nos oprime. Las palabras de Esquirol nos ponen en el camino y nos hablan de utopía. De una migaja de utopía producida por una determinada escuela, la escuela del alma. Una escuela que cuida y cultiva el alma, “donde el alma empieza a hacer camino; Allí donde siga haciendo camino; y allí donde haciendo camino llegue hasta los últimos umbrales”. Y sigue diciendo que “cuando la escuela cultiva lo humano, hace de escuela, enciende una luz, y se suma a la conspiración del desierto”.

Y así diseña su estrategia de educar porque “se trata de acompañar al alumno hacia las cosas y, luego, con el tiempo hacia la hondura. Es decir, primero, muy pacientemente, llevar al alumno hacia la proximidad de lo visible para, después, dirigirse un poco hacia lo invisible que está detrás”.

El hilo conductor de esta reflexión –nos dice– es la proximidad y así cada capítulo expresa uno de sus aspectos. Para él, que la escuela tenga que ver con la educación, con la enseñanza y el encuentro es una bendición. Por ello, le da forma y la convierte en camino de nueve bienaventuranzas. Adentrarse en ellas es recuperar sentido y agradecer la vocación de maestra o maestro que nos forjó por dentro.

Sí, y después de leer la Escuela del alma, sus propuestas me han hecho recordar y dialogar con todo lo vivido en la sesión final del Congreso “La Iglesia en la educación” que, organizado por la Comisión Episcopal para la Educación y la Cultura, tuvo lugar en Madrid, el pasado 24 de febrero. Comenzó la sesión con una intervención del papa Francisco quien definió a la educación como un acto de esperanza, esperanza en quien tenemos delante, en el horizonte de su vida, de sus posibilidades de cambio y de contribución a la renovación de la sociedad. Afirmaba el derecho de todos a la educación, una educación de la que nadie debería de ser excluido y recordaba la exclusión de aquellos a los que hoy le es negada por la violencia y la guerra. Afirmaba también que lo propio de la educación católica en todos los ámbitos es la verdadera humanización, una humanización que brota de la fe y que genera cultura. Y nos urgía con estas palabras: “Sed sensibles a las nuevas exclusiones que genera la cultura del descarte. Y no perdáis nunca de vista que la generación de relaciones de justicia entre los pueblos, la capacidad de solidaridad con los necesitados, y el cuidado de la casa común pasarán por el corazón, la mente y las manos de quienes hoy son educados.”

Un corazón y unas manos también nombradas en la escuela del alma de Esquirol, porque “Se educa más bien con el corazón y se enseña más bien con las manos. Se educa con el corazón, porque el corazón es símbolo de lo que acompaña y cuida. Se enseña con las manos o, mejor, con el dedo, porque mano y dedo indican, señalan, se dirigen a las cosas”.

Y muchas de estas palabras que nos propone este autor en su obra son también las que se nombraron en los desafíos que las y los participantes en el citado congreso nos ofrecen: cuidado, atención, formación y acompañamiento del personal docente y no docente, fortalecimiento de la capacidad de amar, conexión con el sentido de la vocación educadora para transmitir compasión y despertar los dones de las personas, humanización, diálogo de la cultura con el evangelio. Frente a la cultura del descarte, la inclusión en el centro de la tarea educativa como expresión de una fe que afirma que cada vida es sagrada. Apuesta por una cultura del encuentro y una cultura del cuidado.

La lectura de Esquirol me ha esponjado el corazón y me ha hecho revivir y agradecer mi condición de maestra, forjada en la escuela de otra maestra. “Felices los que van a la escuela y, tras el umbral, encuentran a un buen maestro”.

Comments

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Solicitamos su permiso para obtener datos estadísticos de su navegación en esta web, en cumplimiento del Real Decreto-ley 13/2012. Si continúa navegando consideramos que acepta el uso de cookies. Más Información

The cookie settings on this website are set to "allow cookies" to give you the best browsing experience possible. If you continue to use this website without changing your cookie settings or you click "Accept" below then you are consenting to this.

Close