EXPOSICIONES

MONET EN EL CENTROCENTRO DE MADRID

Hace mucho tiempo, durante el verano, en Asturias los prados estaban salpicados de varas, (varas de hierba o almiares, en francés meules), es decir, palos plantados en vertical de tres a seis metros de altura, alrededor de los cuales se iba apilando, y adquiriendo forma cónica, la hierba segada que, una vez seca, serviría de pasto para las vacas. Algo común por allí y por los campos de España y de otros países. El simple artefacto tiene su ciencia empírica, es un invento ingenioso basado en la observación y la experiencia. Pero si a un campesino le hubieran dicho que, muchos años después, una representación pintada de un almiar había llegado a cotizarse por 110 millones de dólares, no lo hubiera podido creer. Según la casa de subastas Sotheby’s, esta es la pintura impresionista más cara de la historia. En la actualidad, otras muchas obras de Monet alcanzan cifras más que millonarias en las subastas.

Seguramente el mismo Monet tampoco lo hubiera creído… Nació en 1840. Siendo muy joven obtuvo algunas ganancias haciendo caricaturas expuestas en el escaparate del único comerciante de marcos para cuadros de El Havre. Conocido en toda la ciudad, recibía encargos por los que cobraba hasta 20 francos. Algo después, ya dedicado a la pintura, expuso en algunas salas con cierto éxito y su primer retrato de la que sería su primera esposa, Camille, fue bien valorado por los críticos. Pero sólo consiguió cierta estabilidad económica hacia 1884, ya del todo inmerso en el impresionismo, admirado en exposiciones y por los compradores de arte.

Considerado el primer impresionista, Claude Monet fue, más bien, el que dio nombre, involuntariamente, a esta corriente pictórica, rechazada por los críticos. Monet formaba parte de un grupo de pintores como Renoir y Degas que participó en una primera exposición en 1874 en París. Inspirado por una de las obras expuestas de Monet, Impresión, sol naciente, el crítico de arte Leroy, escribió: Al contemplar la obra pensé que mis gafas estaban sucias. ¿Qué representa esta tela?… el cuadro no tenía derecho ni revés…, ¡Impresión!, desde luego produce impresión…, el papel pintado en estado embrionario está más hecho que esta marina… De ahí surgió el término impresionismo que luego fue utilizado por los mismos artistas.

De dibujante a pintor de plein air

Las caricaturas, aquel primer retrato de Camille, nada impresionista, tal vez el de su hijo y otros pocos de una primera época son verdaderos retratos. Ciertamente, ya volcado en obras impresionistas, aparecen su primera esposa y la segunda Alice y los niños de ambos, más como contrapunto humano al paisaje que como protagonistas. Porque la pasión de Monet está en la pintura al aire libre con la intención volcada en la luz y el color.

No le interesa el gesto, la expresión, la forma o la personalidad humana de las escasas figuras en sus cuadros, sólo la luz que hace cambiar los colores, las tonalidades, las sombras… Y en esto es un maestro indiscutible. Monet estuvo obsesionado por captar los matices diferentes de un mismo espacio cambiante: con cielos abiertos, con lluvia, niebla, neblina, luz de la mañana, del mediodía, del ocaso… De ahí sus famosas series. La serie Meules (almiares) consta de ¡23 cuadros de los mismos elementos! en la actualidad repartidos por los Museos más importantes del mundo. Series igualmente admirables son las de la costa normanda, la catedral de Ruan, la Torre de Londres, Venecia… y los Nenúfares de su casa jardín de Giverny.

Cada vez mas alejado de tratamientos realistas, Monet se entregó por entero a la gran pasión de su pintura: color y luz, en espacios rurales, y urbanos, en marinas y muelles, y, sobre todo, en jardines y flores.

Los paisajes que plasmó en sus cuadros son muy variados pero relativamente cercanos. Le fascinó Londres con su neblina, la costa normanda, Italia en Bordhigera, en Venecia… y siempre el Sena en sus riberas y su llegada al Havre. Y en su última etapa, el jardín de su casa de Giverny, diseñado y plantado con sus manos, con estanques en los que el pintor había hecho florecer nenúfares, fueron pintados por él innumerables veces…

En la exposición del CentroCentro de Madrid, son esas plantas acuáticas protagonistas a la entrada y al final del recorrido. Los del final proceden junto con otras obras –en total más de 50– del Musée Marmottan Monet de París.

Este museo alberga el más importante conjunto de obras de Claude Monet, donadas por su hijo Michel en 1966. Para esta exposición, el museo ha prestado obras tan excepcionales como Retrato de Michel Monet con gorro de pompón (1880), El tren en la nieve, la locomotora (1875), Londres: El Parlamento, Reflejos en el Támesis (1905), junto con cuadros de gran formato como los Nenúfares (1917-1920) y las  Glicinas (1919-1920).

La exposición fue ideada por Sylvie Carlier, comisaria general y conservadora del Musée Marmottan Monet, y las co-comisarias Marianne Mathieu, historiadora del arte, y Aurélie Gavoille, asistente de conservación, encargadas de llevar cabo el recorrido la selección de obras que componen la muestra.

Cuando visité la exposición, con cita y pago de entrada previas, por rigurosos turnos para grupos, escaneado de bolsos, etc., (todo ello, para mí, un poco disuasorio) éramos más que grupo, multitud y no fue sencillo, ya que el espacio es bastante reducido, acercarse a cada uno de los cuadros. Pero mereció la pena. Las artes gráficas muy perfeccionadas pueden conseguir copias espléndidas y acabados perfectos de obras admirables y uno de los pintores más reproducidos y más asequibles en este sentido es Monet. Lo cierto es que casi cualquiera de sus obras, de formato y precio razonable, puede lucir en las paredes de una vivienda normal sin provocar aburrimiento ni sobresalto aunque sí, según el estado de ánimo, tal vez nostalgia o placidez o encanto amable. Pero detenerse ante el original e imaginar al artista inmerso en la realización de esa obra única que se nos presenta en la exposición del CentroCentro es experiencia de otro nivel. Y la emoción estética aumenta especialmente ante los grandes paneles de nenúfares que cierran la exposición.

Los nenúfares, un drama personal y el amanecer del arte abstracto

Desde 1883 Monet se había establecido en una casa de Giverny junto con su segunda esposa y los hijos de ambos. Giverny era una zona tranquila de Normandía. Aquella casa contaba con una entrada de agua y espacio bastante amplio. Esto le permitió a Monet crear un lago artificial, construir un puente de estilo japonés y plantar vegetación exótica. Suspendidos en aquel espejo de agua estaban sus nenúfares, a los que capturó de acuerdo a las variaciones lumínicas y atmosféricas de cada día.

Pintó incansablemente en aquel entorno. La familia disfrutaba de una vida confortable y tranquila. Y el artista experimentaba con el color y trabajaba mucho, aunque sufría etapas de desánimo… En alguna ocasión destruyó algunas pinturas estimando que no había conseguido lo que buscaba. O que su vista le estaba incapacitando para hacer lo que más amaba.

Hacia la primera década del siglo XX, Monet comenzó a sufrir cataratas. Ya para entonces había pintado muchas piezas de la serie los Nenúfares, pero fue solo a partir de 1914 cuando desarrolló el proyecto de los lienzos monumentales concebidos para una sala circular o elíptica. De estos pintó poco más de cuatro decenas.

Y ya de forma dramática, refiere a su amigo A. M. Elder, el 8 de mayo de 1922: “Quería aprovechar el resto de vista que me quedaba para terminar algunas de mis Decoraciones. Me equivoqué. Pues finalmente no he tenido más remedio que aceptar que las estaba echando a perder, y que ya no era capaz de hacer nada bello. Y destruí varios de mis paneles. Hoy estoy casi ciego y he tenido que renunciar a cualquier trabajo. Es duro, pero es así: ¡triste final a pesar de mi buena salud!”.

La exposición que se inicia con un suelo de nenúfares virtuales un poco mareante, finaliza con algunos de estos lienzos monumentales. Producen una sensación un tanto angustiosa, la pincelada fina que se aprecia en las demás obras ha cambiado a un pincel grueso, algo desmañado y estridente… Y sin embargo es hermoso. Los últimos nenúfares de Monet son, según algunos, un sorprendente precursor del incipiente arte abstracto.

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