La calle donde vivo cuando estoy en Chicago tiene fama en la ciudad por sus decoraciones y festejos. Es un tramo de calle donde hay muchas familias jóvenes con niños. Desde finales de septiembre, y hasta la primera semana de noviembre, la calle ha estado llena de gigantescos esqueletos, momias, fantasmas, tumbas de donde salen manos agarrotadas, brujas, sonidos macabros cuando se pasaba cerca… En fin: literalmente un horror. Lo curioso es que es un horror multiplicado no ya por todo el país, sino incluso por Europa y todo un mundo occidental que odia a muerte a Estados Unidos, pero que se apresura a copiar todo lo que supone diversión alocada, gasto y ostentación. Y a veces, cuando se trata de borrar o superar incluso celebraciones de raíz cristiana, como Halloween o San Patricio. Como si los santos no fueran satisfactorios, o san Patricio fuera meramente una excusa para llenarse de cerveza…
Las decoraciones de Halloween dan paso, casi inmediatamente, a las de Acción de Gracias (que se celebra en Estados Unidos el último jueves de noviembre) o, directamente, a las de Navidad. Recientemente vi una de Navidad (en la misma calle) anunciando los días que faltan hasta la Navidad; es decir, advirtiendo implícitamente agilizar las compras de regalos y decoraciones. Las decoraciones de Acción de Gracias, sin embargo, suelen ser mucho más modestas y mucho menos copiadas universalmente. A veces casi se reducen a pavos inflables… lo cual es el aspecto casi más superficial de la celebración, pero el que se ha convertido en dominante.
El Día de Acción de Gracias (y, de hecho, todo el último fin de semana de noviembre), es fiesta en todo Estados Unidos. Las familias se reúnen en una gran comida festiva. Pero, el sentido profundo de dar gracias por todo lo recibido en al año, a menudo queda eclipsado por el exceso de comida y bebida. O de la anticipación del Black Friday el siguiente día. La relativa inferioridad de las decoraciones para la fiesta de Acción de Gracias parece muy sintomática de una sociedad (no solo la americana, sino toda la occidental) en la que la competitividad y el mimetismo tienen precedencia sobre el agradecimiento.
En un interesante libro publicado hace algunos meses, La guerra perpetua, Ángel Barahona se apoya en las tesis de René Girard sobre el deseo mimético para identificar el origen de toda guerra. Querer lo que tiene el otro; pensar que lo que tiene el otro es lo mejor, incita a tratar de ganar. Denota un profundo descontento con uno mismo y con lo que se tiene. Y, por tanto, hay que dominar al otro país, reducirlo, apropiarse de todo. En el fondo, se trata del propio concepto bíblico de la envidia: Adán quiere ser como Dios, Caín está resentido con su hermano porque es mejor que él … y así sucesivamente. Tal deseo mimético, según Girard y Barahona, en realidad quitan la libertad de la felicidad en la propia identidad.
No hay nada más opuesto a la envidia que el agradecimiento. La envidia es soberbia y esclavitud; el agradecimiento es humildad y libertad. El reconocimiento de lo que se ha recibido (sin mérito propio) se opone a la competitividad por querer tener y ser más o divertirse más que nadie. Celebrar el Día de Acción de Gracias, por tanto, (aparte de mucho pavo, mucha bebida, tartas, compras de Black Friday, etc.) no tiene tanto glamour personal como la diversión del horror que, en cierto modo niega la dependencia de Dios. Es la ostentación de poder y riqueza… a ver quién pone el esqueleto más grande, o el fantasma más terrorífico, mientras se niega la gloria. El dar gracias supone el reconocimiento de la transcendencia. El agradecimiento no compite (ni siquiera para ver quién tiene el pavo más grande). El agradecimiento es una afirmación de la propia identidad que no tiene por qué desear ser otra. Al fin y al cabo, como se dice en el Prefacio, “dar gracias es deber y salvación”. La acción de gracias libera del propio afán de tener más y más, del afán de “ser como dioses”.
En tiempos sombríos, donde parece que todo se va a desmoronar por la violencia, la corrupción, la mentira y todo horror, esqueleto y fantasma metafórico, dar gracias, no sólo por todo lo bueno recibido, sino por todo el bien, la verdad y la belleza que aún existen en el mundo salva. Mirar la solidaridad en tiempos de catástrofe o peligro de toda clase; el arte y la música; el deseo de bien del corazón humano, la generosidad y la nobleza llevan a la esperanza. Y por todo eso, el agradecimiento tiene el enorme poder de hacer la paz.
Para el Día de Acción de Gracias no hacen falta decoraciones esperpénticas. Simplemente, reconocimiento y un humilde gozo.
