LITERATURA

ÁLVARO POMBO. EL HÉROE DE LAS HISTORIAS POR CONTAR

Extravagante por condición genética, provocador, divertido contertulio irónico, sociable y al mismo tiempo retraído, narrador fecundo de voz inconfundible, Álvaro Pombo ha cuajado su obra con osadía y talento, haciendo del lenguaje su principal herramienta.

Corría el año de gracia de 1983 cuando se falló, en el mes de noviembre, la primera convocatoria del premio Herralde de Novela. Por unanimidad de un solvente jurado, con el editor Jorge Herralde a la cabeza, resultó ganador con su obra El héroe de las mansardas de Mansard el poeta y escritor Álvaro Pombo, que había hecho doblete en su condición de finalista con otra novela suya, El hijo adoptivo. La novela premiada abrió el carné de baile de la colección Narrativas Hispánicas, que también publicaría con el número cuatro el otro título presentado por nuestro autor, en clara bienvenida editorial con alfombra roja a una voz diferente que hacía bandera del lenguaje.

Recuerdo que leí entusiasmado y del tirón El héroe de las mansardas de Mansard, y transcribo dos anotaciones a lápiz que encuentro ahora en la página 83: “aquí hay poeta, por encima y antes que narrador, poeta” y ese era el caso, pues venía Pombo de tres espléndidos libros de poesía publicados entre 1973 y 1980; y más adelante, en el blanco de la 133: “El héroe de las historias por contar”, y así lo expresé, endecasílabo por endecasílabo porque todo apuntaba a que El héroe de las mansardas de Mansard era solo un aperitivo cinco tenedores de cuanto podría venir luego, que vaya si vino con una cascada de títulos que pronto harían de Álvaro Pombo escritor de cabecera, un imprescindible en cenáculos, mostradores de novedades y tertulias.

Acuérdate de la sencillez del invierno sin pájaros y los árboles labios / que pronuncian a secas la primavera próxima, nos dice Álvaro Pombo en el poema Variación trigésimo segunda de su libro Variaciones que sería reconocido en 1977 con el premio de poesía El Bardo. Estamos ya ante un escritor en sazón, que lanza versos como dardos como una epifanía de cuanto vendrá luego para consagrarle como un grande en el escaparate de la narrativa española contemporánea. A veces sucede: poetas esenciales que, tras algunas entregas de excelentes libros de versos en su juventud, comparecen luego como narradores totales con novelas o relatos de gozosa musicalidad, imágenes llenas de sugerencias y un lenguaje luminoso que con frecuencia sugiere más de lo que dice, el lector entonces embaucado página tras página, literatura de alto voltaje donde el lenguaje manda. Es el caso de Álvaro Pombo, como lo fue en su día el del paraguayo Roa Bastos, nuestro académico y formidable narrador José María Merino y el llorado Javier Reverte, que debutó como poeta y, aquejado de una grave enfermedad tras más de veinte libros de viajes y otras tantas novelas, decidió acabar sus días navegando en un lanchón frente a las costas de Turquía tras dar a la imprenta su testimonio póstumo en el libro de versos Hablo de amor entre fantasmas. Poetas que escriben novelas, narradores a los que siempre acompaña el poeta que son y por ellos habla, como habla Pombo en estos versos que encontramos en Protocolos, libro de poemas con el que debuta como escritor en 1973, seis años antes de la publicación de El parecido, su primera novela:  un día es demasiado largo / una vida demasiado corta / vuelve con nosotros, quédate con nosotros // o por lo menos acuérdate de nosotros / de siete en adelante.

Santanderino de aristocrática procedencia, nuestro autor cuajará su obra narrativa como acta notarial que recoge cuanto a su alrededor observa, entre la curiosidad y el pasmo, pues tiene el don de saber mirar al otro, bucear en su hondón desde lo imaginado y lo vivido. Con acierto recoge Luis Felipe Vivancos, en su prólogo/regalo de Protocolos esta confesión epistolar de Pombo: “Nosotros somos esa generación timorata, cuajada de usías, autoridades y respetos, que nació en el 39. Una generación deferente y vacuna, que pasará a la historia por sus buenos modales. Yo soy, como mi generación, falso y cortés. Decirlo no puede ya empeorarme, y me alivia.”

Temprano y exigente retrato, que luego quedaría desmentido por sus muy personales, tiernas y traviesas comparecencias como personaje público, en el zurrón el borrador de su próxima novela con extravagantes personajes y tramas del hacer cotidiano, en la boca una observación irónica, en los ojos vivaces la invitación a entablar un debate sobre filosofía y vida, los dos caladeros donde pescará para cuajar novelas tan definitivas como: El metro de platino iridiado, que sería reconocida en 1990 con el Premio de la Crítica; Donde las mujeres, Premio Nacional de Narrativa en 1996; y Quédate con nosotros, Señor, porque atardece.

También en su sala de trofeos dos premios codiciados por muchos, aunque ni están ni son todos los que son y están: el Premio Nadal, con El temblor del héroe en 2012; y el Planeta en 2002 con La fortuna de Matilda Turpin, premio nutricio que dio más visibilidad, si ello fuera posible, a un francotirador indómito poco dado a conspiraciones de salón.

Somos la suma de lo que creemos ser, lo que quisimos ser y lo que realmente somos en este asunto vertical y transitorio que llamamos vida. Y en ese juego de máscaras que nos acompaña de la cuna al nicho, hay escritores que crean un personaje a riesgo de ser devorados por él (Camilo José Cela, Francisco Umbral, Neruda, Hemingway), escritores que a su obra se dedican sin mirar por el retrovisor o la ventanilla (Kafka, Pesoa), escritores de farsa y relumbrón (cite aquí, amable lector, a esos nombres prescindibles que acuden sin llamarlos a su memoria).

Y luego están los escritores que, además de cuajar una obra de cinco tenedores, son lo que parecen. Y es el caso de Delibes, Vallejo, Ida Vitale. Y es el caso también de Álvaro Pombo, magistralmente retratado por Manuel Vicent en esta semblanza que no me resisto a transcribir: “Este escritor, con aire de hidalgo, un poco tronado, luce por fuera un cuerpo destartalado sumamente estético como si transportara con una gran elegancia los escombros de sí mismo, pero por dentro Álvaro Pombo es toda una meteorología, puesto que en su cerebro parece girar enloquecida a cualquier hora toda la rosa de los vientos y así un día lo sorprenderás bonancible, otro borrascoso, unas veces lloviendo y otras tronando, según le vengan las propias isobaras, pero siempre imprevisible, sabio y divertido.” Manuel Vicent dixit, seis líneas para una semblanza contundente.

Cuatro son los requisitos para perpetrar una novela que resista bien los embates del tiempo, único antólogo que merece respeto: premisa sólida, tono sostenido, enfoque original y personajes de raza. Y de estos cuatro requisitos, tener un buen personaje es garantía de éxito, que se acrecienta si la novela es coral, y permite ofrecer al lector una galería completa, y es el caso de Pombo en todas sus novelas, donde lo cotidiano y mínimo es disfrutado y sufrido por seres extravagantes y tiernos: la cándida Luzmila que encontramos en Relatos sobre la falta de sustancia, una criatura que acaba pasando… tan desapercibida por el mundo que lo visible y lo invisible coincidían en ella sin asombro”; el tío Eduardo, en otro relato de este libro, ricachón, solitario y viudo; la joven María, en dubitativas vísperas de boda en El metro de platino iridiado; el joven Acardo, siempre entre guerras, la ausencia de padre como índice y condena en La cuadratura del círculo.

Personajes que merecen una historia, historias bien contadas que prenden y provocan la curiosidad de lectores recién llegados que pronto pasarán al listado de lectores fieles, porque la escritura de Pombo es adictiva por original, una escritura en absoluto “administrativa”, como gustaba decir Caballero Bonald, que hace del lenguaje el primer protagonista.

Muy influenciado en su narrativa por Jean Paul Sartre, según gusta decir, y de sólida formación filosófica, Xabier Zubiri y Ortega y Gasset han sido dos referentes que sigue transitando, cerca siempre de la teología. En 1966 viajará a Londres, regresando a España en 1977, con el título de Bachelor of Arts en Filosofía por el Birkberk College y una intensa peripecia vital que nutrirá su imaginario de artista inclasificable y díscolo.

Comenzará entonces su largo periplo de publicaciones y reconocimientos, a destacar por la excepcional calidad del manuscrito el Premio Nacional de la Crítica en 1990 por la magistral novela El metro de platino iridiado, y la muy reciente Santander 1936, merecido premio Francisco Umbral (2023). Y bien acompañado por la propuesta de Luis María Ansón, Luis Mateo y Francisco Rico ingresará en la Real Academia Española en junio de 2004 ocupando el sillón J.

Celebramos ahora el merecido reconocimiento a su obra con el  premio definitivo más prestigioso y codiciado de nuestras letras, el Premio Cervantes, donde ya le esperaban ilustres colegas como Luis Mateo Díez, Elena Poniatowska y Jorge Luis Borges, y que fue recibido con traviesa alegría por nuestro autor, que bien poco tardó en ilustrarnos con su retranca en unas declaraciones de primera bandera: “¡Miguel de Cervantes Saavedra era un pringao!”, aludiendo a que nunca obtuvo un premio, le plagiaron la segunda parte de El Quijote y estuvo preso en Argel después de la batalla de Lepanto. Y dicho lo dicho para mejor conocimiento del común, Pombo paseó una mano por su frente, en un gesto monacal que bien pudiera ser bienvenida o despedida, autor feliz que cumple viaje, “ahora estoy con una novela histórica centrada en el desastre de Annual, a medio coser, pero adelante”.

A la espera quedamos, maestro. Larga vida, y pringao quien no le lea.