“En un mundo caótico, adquirir libros es un acto de equilibrio al filo del abismo” (Irene Vallejo. El infinito en un junco)
“Mi vecino ha asesinado a su mujer”. Tecleo las letras sobre el folio en blanco de la pantalla. Y nace Mil maneras de cogernos de la mano. Prende la chispa una propuesta en la clase de creación literaria a la que voy desde hace más de quince años. Imaginad la escena: estamos en pleno confinamiento COVID. Las noticias hablan de miles de muertos; de ataúdes amontonados; de crematorios que no dan abasto; de hospitales saturados. Nos impregna el miedo. Vivimos un encierro a una escala inimaginable. Mantenemos la distancia por temor al contagio. Nuestra profesora/guía por el mundo literario nos pide que para la siguiente reunión escribamos algo sobre las emociones que desencadena en nosotros esa situación. Los textos se empapan de angustia, de la añoranza por aquellos a quienes no podemos abrazar, de soledad… Pero la inspiración de ese instante en el que te planteas qué escribo a mí me llevó a esa afirmación que abrió las puertas a este relato de relatos: “mi vecino ha asesinado a su mujer”. Siete palabras para crear un universo en el que todo es posible, hasta que tu vecino haya matado a su mujer y por la noche oigas cómo se la está comiendo. Que un personaje hable en subjuntivo; que otro esconda en su casa un cuarto de Barba Azul; que una chelista toque la banda sonora de esta historia… ¿Ocurre? ¿Es solo imaginación?
¿Qué prende ese soplo de creación sin vuelta atrás?
“Entre los numerosos enigmas del mundo, el más profundo e inexpugnable sigue siendo el misterio de la creación”, escribe Stephan Zweig en su libro El mundo de ayer. Afirmaba el escritor que casi ningún artista es capaz de aclarar cómo las palabras se unen en un poema, o los sonidos aislados se abrazan en una melodía. “Lo único que puede brindarnos una idea de ese instante de creación”, decía Zweig, “son los primeros borradores inciertos, sembrados de correcciones, las páginas manuscritas en las que poco a poco cristalizará la forma definitiva”.
Reunir esas páginas, todos esos borrones y tachones, testimonio de la lucha creadora de los artistas, se convirtió en la obsesión de este escritor. Iba a las subastas a la caza de ese material. “Quería arrancar a los inmortales aquello que los había hecho inmortales”. Fueron casi cuarenta años de coleccionismo en los que reunió más de mil documentos: una página del cuaderno de trabajo de Leonardo Da Vinci; las galeradas de una novela de Balzac; pentagramas de Mozart, incluso de Fígaro; escritos de Goethe, de Nietzsche, de Kafka, de Lope de Vega…Todo se quedó atrás cuando la ocupación nazi de Austria le obligó al exilio en Londres. Los manuscritos se desperdigaron, pero el archivo de literatura de Salzburgo ha logrado volver a agruparlos, digitalmente, en una web, stephanzweig.digital.
“La escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito, y pasa, como nada pasa en la vida, nada, excepto eso, la vida”, afirma Marguerite Duras en su libro Escribir. Es su testamento sobre su propia escritura, sobre la conexión entre Literatura y realidad. Parte de la visión de una mosca moribunda mientras escribe. Su metáfora: “y fue en aquel silencio, aquel día, cuando de repente, en la pared, muy cerca de mí, vi y oí los últimos minutos de la vida de una mosca común. Me senté en el suelo para no asustarla. Me quedé quieta. Estaba sola con ella en toda la extensión de la casa. (…) Me acerqué para verla morir. Fue largo. Se debatía (…) Mi presencia hacía más atroz esa muerte. Lo sabía y me quedé. Para ver. Ver cómo esa muerte invadiría progresivamente a la mosca y también para intentar ver de dónde surgía esa muerte (…) Está bien que el escribir lleve a esto, a aquella mosca, agónica, quiero decir: escribir el espanto de escribir. La hora exacta de la muerte, consignada, la hacía ya inaccesible”. Para escribir de verdad, afirma, uno debe de estar completamente solo. Y en silencio.
Para Stephen King, la creatividad es más cuestión de silla que de iluminación. En Mientras escribo, su autobiografía, lo afirma sin rodeos: “los amateurs se sientan a esperar la inspiración. El resto de nosotros, simplemente nos sentamos y nos ponemos a trabajar.”
“Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando”, decía Picasso. Y cada escritor con sus manías: Stendhal buscaba la creatividad leyendo el Código penal napoleónico; Dostoievski, que sufría de manía persecutoria y tenía miedo a la oscuridad, se inspiraba de noche, paseando de un lado a otro de la habitación de forma compulsiva; Gabriel García Márquez necesitaba escribir descalzo, con una flor amarilla en su escritorio; Hemingway bebía absenta y guardaba sus amuletos de la suerte en el bolsillo derecho (una castaña de Indias y una pata de conejo raída); Marcel Proust, que pasó la mitad de su vida en cama, sufría hipocondría y por miedo un ataque de asma y a morir asfixiado, tumbado, escribía sin cesar para mantenerse ocupado; Balzac escribía vestido de monje, de blanco, Dumas de sotana roja y Victor Hugo, desnudo: sus criados tenían la orden de guardar su ropa bajo órdenes estrictas de no devolvérsela hasta que pasara el tiempo estipulado, aunque él se la pidiera encarecidamente.
La chispa de Isabel Allende se enciende cada 8 de enero. La escritora ha convertido esa fecha en el ritual para comenzar sus libros porque fue ese día, en 1981 cuando Isabel Allende, refugiada en Venezuela a causa de la dictadura militar en Chile, le escribió una carta a su abuelo, Agustín, que agonizaba, para despedirse de él. Tenía casi cien años y no podía estar a su lado así que le escribió para decirle cuánto lo quería y que se fuera en paz porque ella tenía en la cabeza y en el corazón todas las historias familiares que le había contado.
Aquella carta sembró la semilla de La casa de los Espíritus, publicada un año después. “Cada 8 de enero, cuando comienzo otro libro, llevo a cabo una breve ceremonia para llamar a los espíritus y las musas, luego pongo los dedos en las teclas y dejo que la primera frase se escriba sola, tal como ocurrió la primera vez” —confiesa Isabel Allende en El oficio de escribir-. “Esa frase inicial entreabre una puerta por donde me asomo tímidamente al mundo de los personajes, que poco a poco irán revelándose con sus contornos precisos, cada uno con su propia voz, su biografía, su carácter, sus manías y grandezas”.
“Para vivir tenemos que narrarnos; somos un producto de nuestra imaginación” -escribe Rosa Montero en La ridícula idea de no volver a verte-. “Sin esa imaginación la vida sería enloquecedora, puro ruido y furia.” Es la cita que he elegido para encabezar el libro después de la dedicatoria, ”a aquel a quien yo amo”, porque es lo que en Mil Maneras ha ocurrido: para no enloquecer los diferentes personajes me relataron sus historias y yo soy una ladrona de historias. “En cuanto alguien empieza a contar una” -confieso en la solapa del libro- “quedo enredada en su recuerdo y lo único que deseo es quedármelo y hacerlo mío. ¡Qué historia! Mi pensamiento escribe en el aire las palabras que le dan forma. Dibuja el escenario. Lo pinta de colores. Sitúa al personaje. Lo calla o le hace hablar. Y así me apodero de ese relato vivencia narrado como una anécdota en un momento de confesión”.
Leyendo a otros autores he descubierto que ese saqueo es un imperativo para los escritores. El autor de Madame Bovary, Flaubert, consideraba la vida como un mero pretexto para la literatura y que eso le daba una libertad extraordinaria porque podía usarlo todo en su escritura. La primera operación de un novelista, asegura Mario Vargas Llosa, es un “pillaje sistemático de todo lo que está al alcance de su sensibilidad”. También Isabel Allende reconoce que “aunque tiene la mente llena de historias anda con los ojos muy abiertos y los oídos atentos, porque lo que ocurre en el mundo también es su fuente de inspiración”. “Vivo a través de mis personajes y vivo cada historia como si fuera la mía” (El oficio de escribir). Yo, por honradez, lo advierto: ten cuidado con lo que me cuentas porque podría robártelo. Vivo, como decía Cortázar, en “modo escritura”.
¿De dónde viene ese instante de creación que te lleva al rellano de una escalera en una urbanización, durante el confinamiento por el COVID para desvelar un asesinato que a lo mejor no es real? No oculto, en el primer párrafo del libro, que le debo mucho de esa inspiración a Misterioso asesinato en Manhattan, de Woody Allen. Es una película cuyo argumento me parece una genialidad: una sospecha de crimen que conduce a un desenlace insospechado, con Woody Allen y Diane Keaton como protagonistas. Y la acaba de volver a ver. La imaginación al poder. La imaginación capaz, en mi libro, de unir en un relato los diferentes relatos de los personajes. Todos somos creadores, afirma Julia Cameron en su Camino del Artista. “La creatividad es el orden natural de la vida. La vida es energía: pura energía creativa”, pero “es un proceso de entrega, no de control: negarse a ser creativo es obstinarse en contra de nuestra propia naturaleza.”
Caminaba, sin proponérselo, relato a relato, Mil maneras. Y entonces, de repente, sin previo aviso, estalló el dolor. Un dolor que te arrebata la palabra. Que ni siquiera te deja el consuelo de ponerle nombre al sufrimiento para que puedas comprenderlo y asirlo. Te inunda. Te atenaza y asfixia. Y solo eres capaz de decir “duele, duele, duele”. El 27 de agosto de 2020, a muy pocos capítulos de terminar el libro, murió por Covid mi marido, Antonio. Y me quedé muda. “El verdadero dolor es indecible”, escribe Rosa Montero en su libro La ridícula idea de no volver a verte que escribió tras la muerte del amor de su vida, Pablo Lizcano. “Hablo de ese dolor que es como si hubieras sido sepultada bajo un alud. Y así estás: tan enterrada bajo esas toneladas de pena que no puedes ni hablar”. Y, por supuesto, tampoco escribir.
Para sanar empecé a hacer meditación, a buscar a mis guías espirituales y la voz de mi amor en ese estado de conciencia, Shamadi, en el que llegas a sentir que te fundes con el Universo. Reforcé mis rutinas e inicié otras nuevas como yoga o estudiar un curso de cultura y sociedad Medieval en la UNED Senior. Abrí todas las puertas posibles. Viajes y risas con mis amigas. “Mamá, estas madurescente”, se asustaban mis hijas. Y seguía sin encontrar la palabra que me permitiera nombrar mi dolor. Hasta que un día…
…Un día, dando un paseo, me tropecé con una amiga a la que hacía tiempo que no veía. “Anoche soñé con tu marido”, me dijo. Ni dudé que él había entrado en sus sueños, algo que a mí me negaba. “¿Qué te dijo?” “Que te quiere; que te cuida y, sobre todo, que escribas. Por favor, dile a Mária (él me llamaba así, Mária, con tilde en la primera “a”, algo que mi amiga no sabía) que quiero que escriba”. ¿Escribir? Si el pozo de mis palabras se había secado. Si era incapaz hasta de redactar un correo electrónico coherente. Al llegar a casa encendí el ordenador. No sin esfuerzo abrí el relato de relatos inacabado por mi fin del mundo y que por entonces se titulaba Misterioso asesinato en la Urba. Estaba paralizado en el capítulo doce, El Corazón delator. Había dejado al personaje en un momento crítico, cerrando una puerta, a punto de bajar una escalera, de regreso a su casa. Y empecé a teclear.
“Bajo la escalera pensando en el abrazo que Antonio me va a dar. Su miedo y el mío fundidos en uno. Su calor. Enciérrame en ti para siempre. Su olor. Acalla mi corazón delator. Sus manos, broche de amor sobre mi espalda para que no me pierda. Para que nada me ocurra. Tus brazos, mi amor, tus brazos. Perderme en ti. La puerta de la casa abierta. Y él me espera ahí. Me coge con fuerza y lloro”.
Ese abrazó literario enjuagó mi dolor. Todavía lo hace. Me emociona pensar que volverá a ser realidad cada vez que alguien lo lea y lo haga suyo. Cada vez que yo lo leo es real. De nuevo fundidos. Un abrazo eterno gracias a la mirada de los lectores. Cambié el título al libro: Mil maneras de ¿abrazarnos? Era una posibilidad, pero me di cuenta de que lo que más echaba de menos eran nuestras manos cogidas. Mil maneras de cogernos de la mano. El primer paso del amor. Las manos cogidas. A veces para siempre.
Hace unos días sentada frente a la página en blanco de la pantalla del ordenador tecleé una frase: “no hay nada más atractivo para una mujer que los ojos de un hombre que la contempla enamorado”. En ese instante nació Hielo abrasador. Otra chispa creativa, pero eso es otra historia.
