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BEATRICE WOOD LA MUJER REAL TRAS LA ROSE DE ‘TITANIC’

La leyenda del Titanic revive estos días, en Madrid, con una exposición inmersiva que navega a las profundidades de su historia y de su trágico final. Su hundimiento en aguas de Terranova, la noche del 14 al 15 de abril de 1912, tras colisionar con un iceberg, nos fascina e impacta como si no hubiera ocurrido hace más de un siglo.

El lujo y la grandeza de este gigante que los armadores aseguraban insumergible forma parte, generación tras generación, del imaginario colectivo.  No nos es difícil visualizar esa catástrofe gracias a la magia del cine, sobre todo de la película de 1997 de James Cameron. Hemos vivido ese momento mil veces: Rose (Kate Winslet) y Jack (Leonardo DiCaprio), en mitad del océano, ella agarrada a una tabla; él, salvándola. 

Dos personajes inventados entre pasajeros reales, aunque tras la rebeldía de Rose late una mujer verdadera a la que Cameron decidió subir al transatlántico, en el que nunca había viajado, a través del papel que escribió para su protagonista. Ella es la artista estadounidense Beatrice Wood.

“Durante mucho tiempo dudé en escribir sobre mi vida. Porque la mente es engañosa, tiñe con infinita sutileza las ramificaciones de cualquier acto. En la primera parte de mi vida es como si no hubiera hecho más que cometer errores. Estoy convencida de que no estaríamos en la Tierra si no cometiéramos errores; solo a través de ellos aprendemos. Muy protegida en mi niñez, quise saber cómo era el mundo, dispuesta a pagar cualquier precio por mi libertad. Y lo pagué”.

Así comienza la autobiografía que Beatrice Wood escribió a sus 93 años. Es la vida de una mujer rebelde, radical, romántica, sin miedo, nacida en una acaudalada familia aristocrática, en San Francisco, en 1893 y educada en Nueva York para ser presentada en sociedad y convertirse en la esposa de un gran apellido. Un mundo que la asfixiaba. “Mi realidad era mi rebeldía contra mi madre, escribe, una mujer dominante que se dedicaba a protegerme de la vida, tanto de sus miserias como de sus éxtasis. Decidida a que permaneciera virgen, quizá para siempre, me vestía con encajes, me enseñaba a hacer reverencias y a guardar silencio a menos que me hablaran. Mientras mi querido, aunque bastante pasivo, padre se mantenía al margen, mi madre y sus dos hermanas, mis tías, intentaban convertirme en una muñeca de porcelana. Pero yo no era una muñeca debajo de los encajes de mi infancia. A los catorce años, mis cómplices secretos habían sido Dostoyevski, Tolstói, Maupassant, Colette, Shakespeare, Freud y Oscar Wilde. No tengo idea de cómo descubrí que existían los libros de esos escritores, pero perdí mi virtud leyendo Madame Bovary a la luz de una lámpara de alcohol”.

A los 17 años decide dar un portazo a esa vida y anuncia a su madre que quiere ser pintora y que se va a vivir a una buhardilla. Para que se le pase la locura, su madre la manda a estudiar dibujo a París, vigilada por una señorita de compañía de la que se escapa para irse a vivir en un desván de Givenchy, la localidad en la que todavía pintaba Monet. Su madre va a buscarla y la devuelve a París donde sigue estudiando pintura hasta que decide que quiere ser actriz. Su madre la apunta a la Comédie Française porque le parece que actuar en francés no es tan indigno. Tres días antes de participar en su primera obra, estalla la Guerra Mundial y tiene que regresar a Nueva York donde consigue trabajo en la Compañía de Repertorio Francés. Su madre le pone una acompañante para que vaya con ella a los ensayos y actuaciones y se cambia el nombre a Mademoiselle Patricia para no avergonzar a su familia. “Quería subirme a un escenario, reconoce, no porque me fascinara, sino para ganar dinero y poder irme de casa. Porque era una niña buena. No hay nada más repugnante”.  En esa época conoce a Isadora Duncan y a Anna Pavlova, coreógrafa que le enseña danzas folclóricas rusas. Y se enamora del diplomático, escritor y coleccionista de arte Henri-Pierre Roché, el hombre que le abre las puertas del dadaísmo cuando le presenta a su gran amigo Marcel Duchamp, el pintor más celebre del momento debido a su Desnudo descendiendo una escalera. “Marcel y yo nos enamoramos inmediatamente el uno del otro, lo cual no significa nada porque creo que cualquiera que conoció a Marcel se enamoró de él.” Marcel la animó a pintar y le dejó su estudio para que practicase. A través de sus ojos aprendió que “lo obvio no es arte”. “Yo quería pintar puestas de sol, bosques…pero a él no le gustaba. Entonces dibujé una locura y a él le gustó”. Tanto Duchamp como Roché fueron sus maestros. “Lo nuestra era como un amour a trois, dice Beatrice. Era una experiencia de amistad divina”. Roché escribió una novela, Jules et Jim, basada en esa relación, que Truffaut llevó al cine con el mismo título.

Roché y Duchamp sumergen a Beatrice en el mundo bohemio de los pintores, escritores, actores, intelectuales, llegados de toda Europa huyendo de la guerra y que se reúnen en casa de los coleccionistas más importantes de pintura contemporánea de aquellos días, el matrimonio Arensberg. Fueron dos años de existencia mágica, en palabras de Beatrice. La llaman Madame Dada. En 1917 realizaron la primera exhibición de artistas independientes en la que la única condición para participar era pagar seis dólares, aunque por temor a la censura no expusieron la obra titulada la Fuente, un urinario al revés sobre un pedestal firmado por R. Mutt (después se supo que era de Duchamp). Sí se presentaron dos obras de Beatrice, Nuit Blanche, que ahora se muestra en el Museo de Arte de Filadelfia y un óleo abstracto, el torso desnudo de una mujer en una bañera con un jabón auténtico pegado en un lugar táctico, posiblemente la primera assemblage abstracta del arte estadounidense, conservado en el MOMA. La exhibición fue un éxito y para celebrarlo organizaron un baile cuyo cartel fue un stickman de Beatrice burlándose del mundo, hoy tesoro de coleccionistas. Además, publicaron una revista, The Blind Man, con una fotografía del urinario, retitulado La Madonna del Baño, en la portada del primer número y Beatrice como editora.

La vida idílica termina cuando Beatrice descubre que Roché la engaña y aunque eso le abre los brazos de Duchamp decide irse a actuar con una compañía en Canadá. ”Cogí el tren a Montreal con 15 dólares en el bolsillo. Desafiante le dije a mis padres que el dinero no importaba nada. Pronto me iba a dar cuenta de que no era así”. Ahí comienza, como ella misma lo califica, a tocar fondo en su vida.

James Cameron leyó por casualidad la autobiografía de Beatrice Wood cuando estaba preparando el perfil de los personajes de Titanic. Supo desde el primer momento que Beatrice era su Rose Dawson. “El director quiere encarnar en Rose el cambio social que están protagonizando las mujeres en 1912”, explica a Crítica la experta en cultura de género, Úrsula Martí. “Hay que tener en cuenta que en 1912 se constituyen las principales Asociaciones Nacionales por el sufragio femenino, que en 1913 pasarán del planteamiento teórico, a la práctica: realizarán un gran desfile en Washington; apedrearán los escaparates en Londres para que las encarcelen; se pondrán en huelga de hambre hasta el punto de que las alimentan por la nariz; Emily Davison se inmola tirándose por unas escaleras… Rose representa a esas mujeres que como Beatrice dicen no: ahí te quedas con tu diamante. Ahí os quedáis con vuestro lujo y asfixia. Sabe lo que va a ocurrir con su vida y tira el confort y la seguridad por la borda”.

Úrsula Martí analiza en su conferencia Las mujeres en 1912: el papel de Rose Dawson en la película Titanic el paralelismo entre el personaje trazado por Cameron y la Beatrice real. Al igual que ella, Rose desafía los convencionalismos de su época y abandona la vida de lujo que le espera al casarse con un multimillonario del que huye para ser libre. Cuando ve el Titanic, Rose comenta: “era el barco de los sueños para todos los demás, para mí, era un barco de esclavos que me devolvía a los Estados Unidos encadenada. Por fuera, era lo que toda chica bien educada debía ser. Por dentro, estaba gritando.” Rose, al igual que Beatrice, ama el arte y embarca cuadros de Degas, Monet, Picasso…, “dinero despilfarrado”, según su rico prometido. Cuando le dice a su madre que es injusto que la venda para salvar económicamente a la familia, esta le responde “claro que lo es. Somos mujeres. Elegir nunca nos es fácil.” Y cuando cuenta sus sueños a Jack son los de Beatrice: “estoy atrapada en este mundo como un insecto en el ámbar”. El guion recoge sus anhelos que después se recortaron en la película: “ser pintora, artista de cine, bailarina como Isadora Duncan y vivir en una buhardilla, pobre pero libre“.

Rose se niega, como Beatrice, a ser una muñeca de porcelana. “En mi opinión, nos explica Úrsula, James Cameron también incluye en el personaje de Rose rasgos de la protagonista de Casa de Muñecas. He sido una muñeca grande en esta casa, como fui una muñeca pequeña en casa de papá”, le dice Nora a su marido en la última escena. “Lo último que necesito es un retrato mío luciendo como una muñeca de porcelana”, le dice Rose a Jack mientras la dibuja desnuda. Hay que ver Titanic con otra mirada, más allá de la historia romántica”.

James Cameron fue a visitar a Beatrice y le llevó la película para que la viese. Ella se negó. “Soy demasiado vieja para ver cosas tristes”, le dijo. El director eligió a la actriz Gloria Stuart para interpretar el papel de Rose centenaria por sus ojos “brillantes y vivos como los de una joven”. La película comienza con ese personaje mayor modelando una pieza de barro. El guion describe así la escena: “Sala de estar de una pequeña casa rústica. Está llena de cerámicas, figuritas, arte popular, las paredes abarrotadas de dibujos y pinturas… Panorámica para mostrar un estudio acristalado adosado a la casa. Afuera, es una tranquila mañana en Ojai, California. En el estudio, en medio de un increíble desorden, una mujer anciana  está moldeando una olla en un torno de alfarero. La arcilla roja líquida cubre sus manos…”. Así es el taller de Beatrice que a los 40 años decidió aprender cerámica para escapar de la miseria.

Desde su viaje a Canadá su vida podría protagonizar varias temporadas de una serie de televisión: se casa, para escapar del control de su madre, con el director de la compañía de teatro, un jugador empedernido que la arruina y del que se libra, tras cuatro años “desesperantes”, porque descubre que es bígamo; pasa hambre; vive en la pobreza hasta el punto de decir que es paralizante y que la traumatizó; sobrevive en giras con una compañía de vodevil; su padre la deshereda… La cerámica la salva. “No diría que tenía grandes dotes como alfarera, pero me organicé para convertirme en una”, escribe en su autobiografía. Ayudó a que la cerámica pasase de ser artesanía a obra de arte. Hoy, en los Estados Unidos, Beatrice es un icono y sus creaciones, firmadas como Beato, un tesoro.

Instaló su taller en el Valle de Ojai, en California, su “olla de oro al final del arco iris”, a donde llegó de la mano del pensador indio Krishnamurti. Se hizo Teosofista. Recorrió el mundo. Vino a España fascinada por Miró y se dejó atrapar por Velázquez. Se volvió a enamorar varias veces. Estuvo a punto de fallecer en una inundación. Murió a los 105 años. Su casa hoy es una Fundación para las Artes. Sus papeles y dibujos se conservan en el Smithsonian y su arte en museos.

En Titanic Cameron hace un último guiño a Beatrice: Rose rodeada por fotos que son el collage de su vida en libertad: actriz, amazona, piloto de aviones… “Las dificultades de la vida, dice al final de su autobiografía Beatrice, son nudos con los que uno mismo se impulsa. Desde que era niña tenía conciencia de que mi vida sería difícil. Hay momentos, incluso ahora, en los que no puedo creerme que no tenga que preocuparme porque paso hambre. Quería saber cómo era el mundo y, en lugar de permanecer envuelta en la protección de celofán de mi madre, tuve que pasar por terribles dificultades. Pero me alegra haber pagado el precio”. Por cierto, titula sus memorias I shock myself. Me asombro de mí misma.