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CIRCUNSPECTA

No recuerdo su nombre, pero sí de ella, todo lo demás. Su altura superaba apenas un palmo mi codo, era perfecta. Empezó a sonreír cuando ya habían pasado unas horas y se daba cuenta de que todo iba bien. Una mujer sana, en paz. Todo en muy pequeñas dimensiones. Hay veces que los personajes de los cuentos se vienen a nuestro lado. Son de verdad, gigantes diminutos que, pese a todo, nos encogen al resto. Surgió en una aldea muy pequeña, perdida entre campos en los que no ocurría nada concreto, no muy lejos de Shanghái. Su casa, en realidad, era una vivienda abierta a la intemperie en la que tampoco ocurría nada, nada llamaba la atención entre las paredes desnudas y tejidos desahuciados concentrados en lo que un día debió de ser el salón de su casa. Sedas por los suelos, el mundo al revés. Y su cara atenta. Ella se convirtió en un mobiliario en sí mismo; prudente, un ejemplo de gentil valentía.

Hoy, entre guerras, recuerdo su expresión, ahí de pie, observando qué es lo que había venido a ocurrir a su casa. Esa cara circunspecta ha resultado para mí ser el antídoto necesario en nuestros días de matanza y guerra. En Anatomía de la destructividad humana podemos leer con dolor a Erich Fromm cómo algunos hombres saborean el sentimiento de estar en lo justo cuando cometen atrocidades sin ninguna inhibición moral ni sentimiento de culpa. Ningún dictador se cree que lo es, y todos con sus banderas, dicen representar al pueblo, esa “autoridad anónima” que, junto con la manipulación, dejan atrás la autoridad primigenia de la educación, el trabajo, el contraste de ideas, y la política misma.

En la era de las redes sociales, la inmediatez con la que las personas comparten sentencias que no han llegado a ser opiniones, y lo hacen sin pensar en las consecuencias que generan, la circunspección es una herramienta valiosa que añade prudencia en un mundo polarizado. Cómo si no, avanzar en las complejidades del mundo, desde la mirada a uno mismo, ya de por sí, un ser poliédrico y perplejo, y de ahí al ámbito colectivo.

En una carta enviada por Freud a Albert Einstein en 1932 y titulada, precisamente, ¿Por qué la guerra? Freud, declarado pacifista, argumenta que, si es el instinto destructor el que nos lleva a la guerra, habrá que favorecer la formación de vínculos emocionales entre los hombres, preguntarnos cómo desarrollar relaciones humanas positivas. La realidad es que no nos es posible sufrirla más. Erich Fromm en La revolución de la esperanza (1968) propone una revolución humanista que se centra en la esperanza activa y en la propia capacidad del ser humano para crear un mundo mejor. E insiste en que la esperanza no es una espera pasiva, sino una fuerza en si misma que nos impulsa a dar un paso hacia delante. Hay mucha buena gente en el mundo, escribe Isabel Allende en El amante japonés (2015), pero es discreta. Discreta, circunspecta, prudente, y sin embargo, activa, atenta a las circunstancias.

Sólo ella, esta mujer de una casa perdida en un remoto pueblo de China, con su altura y su aparente indefensión, sería capaz de acallar tormentas de odio clavando banderas de seda en una tierra en la que no muere nadie más. Sólo su cara simboliza la comprensión de que un mundo más justo y humano, es posible.