«Como artista, la belleza para mí es algo obligatorio»

Entrar en su estudio es entrar en un inmenso silencio. En un mundo de serenidad y de luz. De colores, pinceles, caballetes. De mujeres que caminan por desiertos interminables, mujeres que escapan del lienzo y se pierden en la soledad de una arena que puede ser ocre, azul, bermellón, verde, naranja… Mujeres que son “como cuadros andantes que van desapareciendo, desvaneciéndose”, me dice el propio Rashid Diab mientras enseña bocetos, aguafuertes, acuarelas, dibujos, a mi fotógrafa, Pilar, que, insaciable, quiere ver más, no perderse detalle. «¡Te gustan todos!», comenta con una sonrisa Rahid. «¡Todos!», respondemos, entre risas, las dos.

Rashid cuenta que las descubrió cuando para escribir su tesis doctoral sobre pintura sudanesa tradicional y contemporánea tuvo que viajar por un Sudán que hasta entonces le era ajeno, de pueblos y aldeas lejanos, en los que el arte forma parte de la vida, del movimiento perpetuo de esas mujeres que caminan con fardos en la cabeza, que hablan sentadas bajo los baobabs, que se mezclan en colores imposibles.

«Empecé a acompañarlas en su desplazamiento. Como artista, la belleza para mí es algo obligatorio. El color refleja lo que esas mujeres sienten. Son color que camina, que se pierde en el vacío del desierto.»

No tiene Rashid que explicarme a esas mujeres. Las he reconocido en cuanto las he visto: son las mujeres que yo descubrí cuando en 2003 Informe Semanal me envió con Médicos Sin Fronteras a la guerra de Darfur. Aldeas quemadas. Hombres y niños asesinados. Mercados bombardeados. Ese era el paisaje pintado por los temibles yanyawid, los jinetes armados que, apoyados por el Ejército, aterrorizaban a esta región sudanesa con el visto bueno del presidente de entonces, Al Bashir, para que impusiesen su orden. Fuerzas paramilitares reconvertidas hoy en Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), protagonistas de la devastadora guerra civil que asola a este país. Son las mujeres que vi caminar, huyendo del infierno, con los niños cogidos de su mano; mujeres violadas, sin tiempo para enterrar a sus maridos y a sus otros hijos y que te muestran orgullosas la tienda de plástico, las cazuelas y los huevos que les ha dado ACNUR. Con una sonrisa te dicen: esta noche puedo dar de comer a mi niño.

«Me conmueve que sean las mujeres quienes sostienen tu pintura, que a través de ellas hables de Sudán», le comento, perdida en mi recuerdo, a Rashid. «Es que la mujer sostiene Sudán», contesta él regresando de su propia memoria. Su fuerza es increíble. Ella es todo: es tu madre. Es tu esposa. Es tu hija. Es…Sudán.

Esas mujeres son también su forma de regresar a su Tierra. Las pinta para no olvidar. Para seguir viviendo en un país al que no puede volver, del que tuvo que escapar cuando el 15 de abril de 2023 estalló una guerra civil, otra más, y la capital, Jartum, en la que vivía con su familia, se convirtió en campo de batalla.

«Caían las bombas. Moría la gente. Tuvimos que huir. Nos refugiamos en casa del embajador español. De ahí al aeropuerto. Tuve que abandonar todo. Salir así de mi país… Esa es la primera muerte: dejarlo todo». Rashid guarda silencio. Se mira las manos. «La primera muerte no fue la guerra: fue dejarlo todo. Me afectó. Mi forma de trabajar cambió. Una parte de mi mente dejó de funcionar. Empecé a pintar como un loco, veinticuatro horas sin parar, los siete días de la semana. Pude pintar gente muerta, dolor, gente despedazada. El terror. Pero pensé que algo así no debía afectar a la belleza. Que la obligación del artista es mostrar la belleza a su pueblo. El color de los pinceles me salvó.»

El pasaporte español permitió a Rashid esa huida a Madrid. Está casado con una española a la que conoció en Bellas Artes cuando le dieron una beca para estudiar aquí. No olvida la fecha del día que llegó: 26 de diciembre de 1979. Tenía 22 años. No hablaba español. No tenía abrigo, en su país no hay invierno. Diluviaba y el frío era terrible. Se ríe con el recuerdo. En España se doctoró. Aquí nacieron sus dos hijos hispano-sudaneses. Le ofrecieron ser profesor en Bellas Artes. Pero decidió regresar a Sudán.

«Pensé que España no me necesitaba y mi país sí. Volví para ayudar a mi gente. Para que tomasen conciencia de la importancia de la pintura y de los museos. Un museo es la Memoria de un pueblo. Sin museos no apreciamos de verdad al ser humano. Y en Sudán no hay museos.»

Regresó ilusionado, cargado de proyectos. En 1999 fundó la Dara Art Gallery, así llamada porque es el nombre de su madre y el de su hija, para ayudar a los artistas sudaneses a mostrar su obra: la semilla del museo con el que sueña para que Sudán recuerde lo que es. En 2005 creó el Rashid Diab Arts Center, un espacio para cultivar la vocación artística en jóvenes y niños, para la poesía, la música, la pintura. Orgulloso de lo que construyó, Rashid cuenta que allí no había segregación por tribus, ni de árabes o africanos que es el apartheid de su país.  Allí todos eran sudaneses. Era un espacio de conversación entre generaciones que la guerra saqueó. Rashid mira las fotos de su centro. Casi susurra, cuesta escucharlo, que robar la memoria de un pueblo, como ocurrió, es una forma de borrar su existencia.

Los militares odian el arte y la conversación, me dice sereno: matan a los artistas y a los intelectuales porque no pueden esclavizarlos. Y ellos son quienes transforman a la sociedad. Pienso, le comento, que el Museo, físicamente, puede haber desparecido pero la idea no: viaja contigo. En tus cuadros, en tus cuadernos, en tus mujeres en perpetuo movimiento. Hasta en la conversación que ahora estamos teniendo.

Rashid vuelve a reír. Los ojos se le iluminan al contarme que tiene un proyecto para construir un pueblo para los artistas; talleres de pintura y de grabado; cuatro museos, uno de ellos en su ciudad natal, Wad Madani, la capital del Estado Gezira, considerado el granero de Sudán y ahora devastado. La guerra ha desencadenado la peor crisis alimentaria del planeta. Estamos en tiempo de cosecha y no hay campos cultivados para recoger. En Sudán 20 millones de personas tienen hambre. Con ironía Rashid señala que las cosas están mejorando: antes morían dos niños a la hora (¿o es al minuto? Rashid no recuerda) por malnutrición y ahora solo uno y medio: ¿cómo se mide eso?, me pregunta: un niño y medio.

Las cifras de este apocalipsis son tan gigantescas que es fácil ahogarse en ellas. 13 millones de desplazados o exiliados. 34 millones de personas, la mayor cifra de todo el mundo, que necesitan ayuda humanitaria. La magnitud del conflicto hace imposible determinar el número de muertos: entre 150 mil y 400 mil. La violencia contra la población civil de los bandos enfrentados, el Ejército y los paramilitares, no tiene límite. La RFS ha sido acusada de traficar con los órganos de los prisioneros de las cárceles que controla en Darfur.

Hay campañas de limpieza étnica, ejecuciones, torturas, secuestros, arrestos arbitrarios, saqueos. Las violaciones son un arma de guerra. Fui testigo de ellas cuando estuve allí. Rodábamos en un campamento de refugiados, Zam Zam. Entrevistábamos a las madres que tenían que enseñar a comer a sus hijos, desfallecidos por la malnutrición. Había una campaña de vacunación de Médicos sin Fronteras para evitar las temibles enfermedades que acompañan a estas crisis. El campamento semejaba un poblado más, con su ritmo tranquilo, sus murmullos, sus canciones y sus colores africanos. De repente, los gritos de las mujeres. Decenas de voces que se rebelan: no podemos más. Dos chiquillas a las que habían mandado a buscar agua al único pozo de la zona han regresado heridas, llorando sin consuelo, fantasmas abatidos: un grupo de yanyawid las acaba de violar. Lo hacen para manchar la sangre de la tribu, me comenta una doctora: si la agredida se ha quedado embarazada será una paria, la expulsarán. Y nadie querrá al niño, ni ella.

Miro las pinturas de las mujeres en perpetuo movimiento de Rashid y percibo su dolor que también parece un cuadro andando. ¿Cuántos muertos más tiene que haber para que el mundo mire a Sudán? Con esta pregunta Rashid trae a nuestra charla la indiferencia internacional ante lo que está ocurriendo en su país. Su hijo, Yafil, su agente y pintor como su padre, nos ha traído un té especiado. Sabe a África. Yafil se sienta con nosotros. Cuenta que ha escrito al gobierno español para ver si entre Ucrania y Gaza pueden incluir alguna mención a Sudán. «¿Cuántos muertos más tiene que haber? Rashid me mira a los ojos. Al mundo no le interesa que esto se acabe. Que seamos libres. Los jóvenes reclaman libertad, pero eso va en contra de los intereses de quienes quieren controlar Sudán.

Sin democracia no puedes elegir y eso es lo que Occidente pretende, que no elijamos. Solo le interesa vendernos armas. Solo le preocupan los inmigrantes. Y el oro: somos el tercer productor del mundo de oro. Hay demasiados intereses económicos para que Sudán pueda decidir libremente su futuro. Empieza a preocuparme esa falta de sensibilidad. No podemos controlar lo que sale o no sale en los periódicos, pero estamos perdiendo la capacidad de sentir el dolor de los demás.

¿Cuál crees que será el futuro de Sudán? Dividirlo, por la mitad, entre el Ejército y la RFS.» Rashid no oculta su tristeza ante ese futuro. Ya se desgajó Sudán del Sur para acabar con otra guerra.

Rashid no puede regresar a su tierra. “Pinto para estar allí”, me ha dicho. Para entender lo que ocurre. Para resistir.  Afirma Milan Kundera que «la lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido». Ningún saqueo ha podido robar la memoria de este artista. Sudán cabe en su pincel y pinta para cambiar la mirada sobre Sudán de quienes se detienen frente a sus cuadros, para que alguien vea una realidad que hasta entonces ignoraba.

Mientras hablamos una mujer vestida de azul avanza sobre un inmenso horizonte de arena ocre en uno de los cuadros de Rashid. No sabemos de dónde viene. No sabemos adónde va. Solo sabemos que sigue caminando. Quizá esa mujer sea Sudán. Y comprendo que Rashid pinte para conservar lo que ama.