“Cuando haces una fotografía, en gran medida es una imagen de ti mismo. Eso es lo importante.
La mayoría de la gente intenta ser llamativa para captar la atención. Creo que la cuestión no es captar la atención, sino atrapar el espíritu”
Consuelo Kanaga
El centro KBr Fundación MAPFRE Barcelona inauguró el pasado mes de febrero la exposición fotográfica Consuelo Kanaga: atrapar el espíritu, la primera muestra de la fotógrafa estadounidense en nuestro continente a partir de la colección del Booklyn Museum, que incluye 500 copias de época y 2500 negativos de la artista e innumerable material de archivo.
La exposición –que pudo verse hasta el día 6 de mayo– pretende rendir tributo a la extensa carrera de esta artista, considerada como una de las mejores fotógrafas de la historia de la fotografía moderna, quien, durante seis décadas, documentó cuestiones sociales acuciantes, desde la pobreza urbana y los derechos laborales hasta el terror racial y la desigualdad.
Hija de un abogado y una escritora, Consuelo Kanaga (Astoria, Oregón, 1894 -Yorktown Heights, Nueva York, 1978) comenzó escribiendo a los 21 años para el San Francisco Chronicle, donde llegaría a conocer a grandes fotógrafas de la época, como Dorothea Lange o Imogen Cunningham, circunstancia que la llevaría a iniciarse en el ámbito de la fotografía por la necesidad de añadir imágenes a sus artículos, convirtiéndose en una de las primeras mujeres en el campo del fotoperiodismo.
En la década de 1910 llegó a formar parte de la plantilla de reporteros gráficos de varios periódicos, vinculándose con posterioridad a diversos colectivos fotográficos de vanguardia en Estados Unidos, como el Grupo f.64 de San Francisco o el Photo League de Nueva York. Sin embargo, fue su incorporación en la revista Camera Work, de Alfred Stieglitz lo que le llevará a tomar conciencia del potencial de la fotografía como un medio de expresión más personal y artístico.
Desempeñó trabajos a jornada completa, practicó su arte los fines de semana y en repetidas ocasiones aparcó su carera por sus parejas; algunas de las razones que explican por qué su obra no es más conocida en la actualidad.
A pesar de ser conocida por sus retratos –naturales e intimistas en los que enfrentaba a sus contemporáneos a incómodas realidades–, al igual que muchos otros artistas estadounidenses del periodo de entreguerras, Kanaga se sintió plenamente atraída por lo que se conoció como la escena americana; representaciones naturistas y descriptivas del patrimonio nacional y regional, así como de la vida cotidiana de sus habitantes. ¿Por qué no nací negra? ¡Me habría encantado!
A Kanaga le interesaba por encima de todo la vida, la relación con los más desfavorecidos. Se centró en temas marginales de la vida cotidiana de los trabajadores y personas desfavorecidas. Simpatizaba con sus luchas y se sentía atraída por su belleza. Pero fue más allá, dirigiendo su mirada excepcionalmente cercana hacia las personas negras, en una época en la que estaban prácticamente excluidos de los márgenes de la sociedad.
La comunidad afroamericana de Estados Unidos, la marginalidad de la clase obrera trabajadora y la situación de la mujer –en el que no solo pone el punto de mira en las marginadas sino también en las compañeras de su profesión– conforman los tres grandes pilares donde se sustenta el valor y el patrimonio de todo su trabajo.
Los niños y campesinos negros que encontró en las tierras pantanosas recuperadas de Maitland, Florida fueron su fuente de inspiración. También las familias humildes de Tennessee.
Afiliada a diversas cooperativas de fotógrafos que defendían el poder de los reportajes como herramienta de denuncia social, Kanaga fue una de las integrantes de la corriente del denominado Renacimiento de Harlem, el movimiento impulsado por Alain Locke en los años veinte, cuya finalidad era dar voz a las creaciones artísticas realizadas por autores afroamericanos, así como establecer lineas de pensamiento filosóficas relacionada con ellos.
Entre 1927 y 1928, Kanaga pasó casi un año viajando y haciendo fotografías en Francia, Alemania, Italia, Hungría y Túnez, gracias al apoyo de un importante mecenas de las artes de San Francisco.
En esos viajes empezó a expresar sus opiniones sobre el racismo en Estados Unidos, a la vez que aumentaba su confianza en el retrato como género artístico.
Resulta extraño, pero cuanto más retrato veo, más cerca me siento de expresarme. Ahora entiendo cómo las horas dedicadas a absorber la calidez de la pintura y la pintura en el extranjero me han hecho anhelar un trabajo más claro y penetrante.
A principios de 1930, Kanaga complementó su trabajo para los periódicos abriendo un estudio dedicado al retrato y durante tres décadas realizó retratos de artistas, escritores, actores y músicos.
Conoció a muchos de ellos gracias a su relación con diversos clubes y colectivos fotográficos, así como durante sus viajes por Estados Unidos y Europa, lo que la llevó, el resto de su vida a mantenerse económicamente a sí misma y a sus parejas.
Su carrera estuvo siempre entrelazada con un sólido y amplio círculo de mujeres fotógrafas cuya relación cultivó a lo largo de sus muchos años de actividad creativa. Fue un gran apoyo y una confidente para unas serie de fotógrafas que, además, a menudo se retrataban entre sí y entre las que se encuentran Berenice Abbott, Imogen Cunningham, Louise Dahl-Wolfe, Dorothea Lange, Alma Lavenson, Tina Modotti y Eiko Yamazawa.
A pesar de que gozó de gran popularidad en su vida, la figura de esta artista ha quedado relegada a un segundo plano en la memoria colectiva, opacada por otras artistas.
Como recordaría su amiga Dorothea Lange: “Cuando te refieres a una persona poco convencional, quieres decir que se salta las normas; ella no tenía normas”.
