47.000 inmigrantes llegaron el año pasado a las Islas Canarias tras superar las peligrosas aguas de la ruta Atlántica entre África y el Archipiélago. Se desconoce cuántos se ahogaron intentándolo.
Senegal es uno de los principales puntos desde los que las pateras emprenden este viaje desesperado. Es un país seguro, estable. El único de África que nunca ha sufrido un golpe de estado. Es la tierra de la Teranga, de la cultura, de la hospitalidad. El África de las aventuras. Podría ser también el país de las oportunidades para sus habitantes. Y ese es el objetivo de la ONG Campamentos Solidarios, un proyecto para el desarrollo de las zonas más pobres basado en el Ecoturismo y la Cooperación.
Crítica ha acompañado a Senegal al Presidente y fundador de la Asociación, Alvaro Planchuelo para conocer este proyecto que ya ha transformado muchas vidas.
La marea arrastra a la playa de la Hermigua, en La Gomera, el cadáver de un subsahariano de unos veinte años. Unas horas antes unos pescadores han encontrado flotando otros dos cuerpos. Salvamento Marítimo sospecha que pertenecen al cayuco que ha naufragado frente al Hierro y del que tan solo han podido rescatar a nueve de los sesenta inmigrantes que viajaban en él. Tirados en el suelo los supervivientes lloran como niños. Los han cubierto con mantas térmicas. Durante días han navegado a la deriva. Sin agua ni comida. Sufren graves quemaduras. Una costra de heces y orina cubre sus pies. Iban mujeres, bebés. Sus sueños del paraíso europeo se han ahogado en las aguas de la peligrosa Ruta Atlántica entre África y Canarias, que durante 2024 atravesaron con éxito cerca de 47.000 inmigrantes.
Para los muertos encontrados ni siquiera hay suficientes cámaras frigoríficas. La mayoría de las tumbas no tendrán nombre. 1.450 kilómetros, unos diez días de travesía, separan el puerto pesquero senegalés de Mbour de la isla de El Hierro. Es el punto de África más cercano al archipiélago español. Su localización, su buena conexión por tierra y su amplia costa, muy difícil de vigilar, lo convierten en uno de los lugares favoritos para intentar este viaje desesperado. Al atardecer, cuando regresan los pescadores con sus capturas de atún, sardina, dorada, merluza… la playa se llena de coloridos cayucos, las enormes barcazas típicas de Senegal, construidas en madera, a veces hasta con 20 metros de eslora. Cayucos desafiantes, concebidos como embarcaciones de pesca de la que vive casi el 20% de la población senegalesa y reconvertidos en tentación para irse muy lejos de casa. Para los propios pescadores es mucho más rentable participar en el negocio de la migración, a pesar de los riesgos: pueden tener un beneficio por trayecto de hasta 50.000 euros. Además de senegaleses en Mbour deambulan numerosos subsaharianos de otros países que también esperan su oportunidad para subirse a un cayuco. En uno de los puestos del abigarrado mercado de artesanía que comparte límites con el de pescado, Abdul, de Sierra Leona, ofrece sus servicios como tatuador. Me explica que así reúne los 700 € que le cuesta el pasaje. Quiere ganar dinero para poder estudiar en la universidad. “¿No temes el viaje?” le pregunto. “Tendré que sobrevivir,” sonríe. Senegal que siempre fue tierra de acogida se ha convertido en puerto de partida para miles de anhelos, muchos naufragados.
Si los senegaleses tienen la oportunidad de trabajar y progresar en su propio país nunca lo dejarán. Es lo que pensó Álvaro Planchuelo cuando llegó a Senegal hace veinticuatro años. África es la fantasía infantil de este arquitecto, gran viajero. Con 19 años la recorrió con una mochila al hombro y descubrió la fascinación de esta tierra sin horizontes. Cuando tuvo la oportunidad de regresar sabía a donde quería hacerlo: al Parque senegalés del Niokolo Koba, Patrimonio de la Humanidad, santuario de leones, hipopótamos, cocodrilos, antílopes, aves… Sabía también qué quería hacer: una asociación de ecoturismo, sin ánimo de lucro, que contribuyese al desarrollo sostenible en zonas de extrema pobreza.
Tenía claro el cómo: construir campamentos en espacios de alto valor ecológico, etnológico o cultural, que fuesen atractivos para los viajeros europeos, sobre todo españoles, que quisieran conocer el África auténtica de las aventuras de película. Y la fórmula, la Cooperación, la realización de un proyecto en el que las dos partes aportan, cada una lo que puede. “No tiene por qué ser equilibrado, puntualiza Álvaro, pero las dos partes tienen que respetarse y tener como fin la realización de este proyecto, en nuestro caso que sean los poblados, de etnias minoritarias, los que manejen su propio campamento y lo hagan rentable. Es un proyecto a muy largo plazo. No es construir un campamento. Si fuera eso lo habríamos construido y nos habríamos ido. El objetivo es que el campamento lo gestionen ellos. Eso requiere muchísimos años. De formación, de voluntariado.”
Pocos meses después de plantar la semilla de su sueño e inscribir la Asociación Campamentos Solidarios con un grupo de amigos, le dijeron a Álvaro que habían encontrado, precisamente en Niokolo Koba, el lugar para su primer campamento, en un bosque sagrado de la tribu Malenke, junto al río Gambia, en el poblado de Badian. Y así se llamó ese campamento, Badian, al que el jefe y el chamán del poblado dieron su visto bueno tras prometerles Álvaro que no cortaría ni un solo árbol.
El campamento está diseñado como las aldeas malenke: las cabañas, nueve, en torno a una plaza central, lugar de encuentro. Inaugurado en 2003 es ya autosuficiente. “Cuando llegué, dice Álvaro a Crítica, nadie apostaba por algo así: que un poblado rural, de 200 habitantes, casi sin educación, sacaría esto adelante. Y con el esfuerzo de todos se ha conseguido. El negocio es del poblado y ese era nuestro reto, que cuando nos vayamos ellos sepan hacerlo. Eso está conseguido. Y un segundo reto, si ellos no pudieran continuar, que lo que quede lo absorba la naturaleza. Por eso los campamentos son de barro, son de paja”.
“Nuestro chamán, Mousa, bendijo este lugar y enterró aquí los huesos sagrados para que protegiesen el proyecto”, nos cuenta Makhan Camara, el gerente del Campamento. Y se ríe al recordar que antes de conocer a Álvaro pensaba que todos los blancos hablaban francés, el idioma oficial de Senegal. A este Malenke del poblado de Badian le gustó “el nuevo dialecto” y lo aprendió con un diccionario francés-español. “El campamento ha cambiado mi vida y la de mi entorno: antes los poblados pedían al gobierno agua potable y no se la daban. Bebíamos el agua del río, el agua en la que lavamos la ropa, y había muchas enfermedades. Campamentos Solidarios consiguió para mi poblado un pozo y después perforaron pozos en todos”. Este año también han logrado servicios como el agua de la red, gestionada por las mujeres, y electricidad.
Makhan nunca ha estudiado. Son voluntarios quienes le han enseñado a utilizar el ordenador, las hojas de cálculo, a prever gastos, a tener visión empresarial. Entre las muchas cosas que ha aprendido para obtener éxito, que a los españoles nos gusta la cerveza fría. Es algo que ha costado inculcar, pero uno de los objetivos turísticos de los Campamentos es que el viajero que se albergue en ellos encuentre “el lujo de lo básico”: una cama cómoda; unas sábanas limpias; una habitación acogedora con baño; una buena comida; una mesa bien puesta; un personal educado y entrañable; un entorno mágico…
“Gracias a este proyecto la educación y la salud han mejorado en esta zona”, nos explica Anna Diop, la responsable sanitaria de la Asociación en Senegal. Esta enfermera senegalesa llegó a Badian hace dieciséis años. Desde entonces ha traído al mundo a todos los niños de la región. Las mujeres, que antes daban a luz en casa, con una enorme mortalidad, confían ella: vienen de todas partes al centro de salud instalado junto al Campamento, gracias a Axa y a Europamundo. Anna atiende consultas prenatales, revisiones de las madres y de los niños, vacunaciones, campañas de prevención de la malaria…
Cuenta con el consejo, desde España, de la doctora Teresa Benítez, directora de Sanidad de la ONG. Solo en caso de necesidad se envía a alguien al Hospital: el más cercano está a 60 kilómetros. La mortalidad ha bajado a mínimos. ”Salvar vidas, subraya Anna, es mi dedicación. Badian, que significa paz, mi corazón”.
Casi 400 kilómetros separan Badian de Faoyé. Las carreteras senegalesas han mejorado mucho en los últimos años. Se han asfaltado muchos tramos y los chinos están construyendo autopistas de pago, pero la mayor parte del trayecto que cruza la sabana es camino africano, de tierra roja. Pasas por en medio de mercados y bosques; te cruzas con gentes y con animales como jabalíes y monos. África se te ofrece con toda su magia.
Es en esta carreta donde hacemos un alto para inaugurar un abrevadero de ganado. Los jefes de los poblados rodean el pilón. Nos esperan solemnes para abrir el grifo que lo une a la cañería general y que así puedan beber los animales. Cuando termina la ceremonia nos bendicen y rezan por nosotros. El proyecto, presentado por los poblados, ha sido financiado por un grupo de viajeros de Campamentos Solidarios. Además de dar trabajo a decenas de personas del entorno (entre los tres Campamentos más de seis mil) este proyecto es semilla de nuevos proyectos de Cooperación relacionados con la educación, la salud, los recursos, las infraestructuras, la recuperación cultural. Son pequeños proyectos que cambian vidas, financiados por grandes Fundaciones y también por los viajeros que han descubierto el África auténtica y sus gentes a través de esta Asociación. Se han edificado aulas para las escuelas, dotado bibliotecas, comprado material escolar. Gracias a la aportación de los viajeros, por ejemplo, se ha construido un pantalán para las barcas del poblado de Sakhor y desde esta Navidad los niños de la escuela de Badian tienen pizarra nueva. Álvaro está convencido de que Campamentos Solidarios ha sobrevivido a muchos inconvenientes, como el Covid, porque está hecho desde el corazón de muchas personas.
Una mujer de la etnia serere, Khady Faye, una gran emprendedora que ha triunfado con su empresa de material para festejos, dirige el Campamento de Faoyé, inaugurado en 2010. Se encuentra en el Delta del Sine Saloum, también Patrimonio de la Humanidad. Paisaje de agua, manglares, bosques e islas de arena que inspira el diseño de las cabañas de Faoyé. Son palafitos que abren sus terrazas a los amaneceres del Sine Saloum. Con el apoyo de Santander Best Africa y la visión empresarial de Khady, las mujeres de Faoyé han acondicionado uno de sus edificios para abrir una boutique y comercializar productos artesanales de la zona. Hay muchos proyectos para mujeres que siguen siendo las encargadas de ir a la fuente, de ocuparse de la casa y de los hijos, de trabajar. “Ahora en los colegios hay más niñas que niños y ellas son mejores, nos cuenta, Mustafá Oly, profesor e impulsor del Proyecto en Seleki, pero todavía hay muchas cosas que cambiar: mira los campos de arroz. Solo trabajan ellas”.
Charlo con el maestro en el atardecer del campamento de Seleki, situado junto a uno de los afluentes del río Casamance, en medio de un bosque sagrado de ceibas, palmeras y baobabs, el árbol castigado por los dioses a vivir cabeza abajo, con las raíces hacia afuera, por haber querido ser más que ellos. Es una tierra muy espiritual, animista. Cada árbol, cada lago, tiene su sentido divino. El bosque es el poblado: limpia y guarda los secretos. El director del campamento, Jean Basséne, de la etnia que lo gestiona, los Diolá, además de un gran empresario es curandero. Sus manos alivian el alma y el cuerpo con el ritual de la luz divina. Por supuesto aquí también la cerveza está muy fría y se habla español.
Para construir este campamento Álvaro estudió las edificaciones tradicionales de la zona, declaradas Patrimonio Nacional: impluviums como los romanos, las habitaciones de la casa en torno a un patio central en el que se recoge el agua de la lluvia. Así es Seleki, un campamento con mucho éxito, un impluvium de diez habitaciones, cuyos enormes pilares son troncos de palmera. “Desde el primer momento supe que el proyecto Campamentos Solidarios podría cambiar Seleki: traía lo que esta tierra necesitaba, asegura a Crítica Mustafá Oly: hay que preservar la Naturaleza y darla a conocer sin destrozarla”.
El boca a boca ha divulgado los Campamentos y el 80 por ciento del turismo español que viene a Senegal ha pasado por alguno de ellos. La clave del éxito, resume Álvaro, es que se pone el África de las aventuras, de lo inesperado, al alcance de todos. El siguiente objetivo es la excelencia y ya se están dando los pasos: se ha becado a alumnos de una escuela de Hostelería para que hagan sus prácticas en los Campamentos. Ellos aprenden de las cocineras locales y ellas de los estudiantes. Resultado, una comida espectacular. Son semillas que dan fruto. ” Un proyecto como este nos permite ganarnos la vida dignamente en nuestro país, cerca de nuestra familia: frena la emigración y el éxodo rural”, nos comenta Tafa Ndaw, guía y corazón del Proyecto en Senegal. Para él en África está todo por construir: aquí está el futuro y tiene que ser de ellos. https://www.campamentos-solidarios.org/presentacion.php
