El verano (como tantos otros veranos), ha estado lleno, llenísimo de fiestas, festivales, tradiciones ancestrales, de las que nadie había oído hablar anteriormente, y que parecen más bien de nueva invención, bailes, música. A veces casi no se recuerda el motivo de la celebración, si es un santo o una advocación mariana. A veces la celebración es rescatada por las cofradías y entonces sí hay un recuerdo especial al motivo de la celebración.
Por otro lado, hay días internacionales de todo: de cosas tan banales como el pollo frito o la croqueta, y de otras quizá más serias, como la mujer o los derechos del trabajador. Todo esto está muy bien, y parece reflejar una sociedad feliz y llena de energía. Por supuesto que las vacaciones veraniegas son una necesidad y un logro de las leyes laborales. Por supuesto que la diversión es buena. Y la alegría y el disfrutar nunca están de más… Pero luego viene un fenómeno (también de reciente invención) llamado el síndrome de la vuelta a la normalidad, para el que incluso a veces hacen falta psicólogos. Esto resulta algo inquietante, ¿salir de la fiesta y volver a la cotidianidad es algo traumático? ¿Será que lo cotidiano es lo anormal y por eso supone un trauma?
La pregunta es, entonces, si es que la fiesta se convierte en lo normal, lo cotidiano, y el trabajo y la vida “en tiempo ordinario” se vuelven una pesadez inaguantable e inusual. Si la fiesta se convierte en continua… ¿Qué se puede hacer en situaciones concretas de conmemoración importante? ¿Cómo se marcarán días verdaderamente especiales como una boda, un nacimiento, un aniversario especial? ¿Qué queda para la ilusión de algo especial?
En 1986, Neil Postman, sociólogo y experto en medios de comunicación escribió su famoso Divirtiéndonos a morir, que, a pesar de su tono humorístico (o sarcástico, o sardónico), parecía una sombría profecía del porvenir. Postman hablaba entonces de los impactos en la sociedad de los medios de comunicación modernos (hablaba, sobre todo, de la televisión).
Postman alertaba sobre la fragmentación, infantilización y eliminación de etapas de edad que el pensamiento fragmentado, no lineal y divertido de la televisión podría traer. Tales efectos tendrían además, una peligrosa consecuencia en la educación que, al tratar de ser siempre divertida y nunca aburrida, pasaría rápidamente de un tema a otro, de un juego o un truco a otro, afectando así a la atención y a un pensamiento al que no se le da oportunidad de profundizar. La omnipresencia de la diversión también podría llevar, según Postman, a un desdibujamiento de líneas de edad; con el acceso universal a cualquier contenido, se borrarían los espacios destinados a un pensamiento adulto, o joven, o propio de la infancia.
Y eso tendría la consecuencia de la eliminación de líneas de autoridad y jerarquías dentro de la familia que conduce a una especie de descontrol total de los padres sobre los niños y adolescentes.
Treinta y nueve años más tarde vemos cómo todas estas profecías, que parecían lejanas e incluso inocentes, han alcanzado límites de paroxismo. Porque no es solo la televisión, sino las redes sociales, los juegos de internet, y ahora, la IA, quienes conducen de una manera más evidente a esa sociedad fragmentada, sin raíz y sin identidad. Claro que la tecnología facilita muchas cosas prácticas de la vida y mucha comunicación; y claro que se puede usar para el bien. Pero también vemos los estragos de la adicción a tales medios.
En muchos casos el problema es la dejación de autoridad. Los padres han pasado a ser, en el mejor de los casos, coleguillas… en el peor, seres absurdos e inútiles que sirven para dar la paga semanal, la comida y, en ocasiones, el techo y poco más. Y esto tiene un impacto en la comunicación familiar, en conductas que parecen ir un poco a la deriva, sin rumbo fijo, sin destino y casi sin sentido. Y un marcado relativismo: vale lo que me divierta, lo que me haga feliz (aunque sea tan efímero); no vale lo absoluto o lo que exija esfuerzo.
El divertirse a morir se ha instalado en casi todos los aspectos de la vida: telediarios donde a veces las noticias más dramáticas suenan con tono alegre; textos cada vez más cortos y ligeros; e incluso, en la liturgia que, según algunos debe ser más amena para atraer a los jóvenes. El caso es que los jóvenes a menudo encuentran fuentes de diversión más profesionales y entretenidas en otros lugares…
Y todo esto explica, en cierto modo, ese afán, esa ansia de diversión continua, de llenar todos los huecos. La diversión se ha convertido en la norma…
Con todo esto se da un horror al vacío, al silencio, por más que las modas de yoga y mindfulness se hayan establecido firmemente en las sociedades más progresistas, y, casi se podría decir, las que se pueden permitir el lujo de adentrarse en tales prácticas y tienen el tiempo y el dinero para asistir y para pagar profesores, sesiones, etc…
La persona humana necesita ritos, símbolos; y cuando en una sociedad secularizada falta el culto a Dios, tal culto se sustituye con infinidad de otros rituales que, tarde o temprano, muestran su vacío y su sin sentido. Y por eso hay que buscar más y más, inventar fiestas nuevas, rituales, conmemoraciones de uno y otro…
Postman vaticinó todas estas cosas, pero quizá no se imaginara hasta qué punto desbordarían sus advertencias.
Ya han saltado algunas alarmas en los ambientes escolares sobre el uso de pantallas y en algunas etapas de la educación se han prohibido o limitado quizá en un intento desesperado por dar marcha atrás… pero seguramente en septiembre del próximo año volvamos a tener el síndrome de vuelta a la normalidad. Y habrá que buscar consejería psicológica para superar la normalidad… Resulta paradójico.
