Las directoras de cine se han convertido en protagonistas de nuestra industria, apoyadas por la legislación, los criterios de distribución de ayudas y las políticas de las productoras condicionadas por las agendas culturales. El paisaje del cine español ha pasado de ser masculino, con pocas excepciones, a ser más o menos paritario. Hace unas décadas apenas había mujeres que estrenaran películas, más allá de Isabel Coixet, Gracia Querejeta o Icíar Bollaín. Actualmente, basta ver la lista de cineastas mujeres que han estrenado película en el último trimestre del año para confirmar el cambio: Paula Ortiz, Icíar Bollaín, Pilar Palomero, Arantxa Echevarría, Paloma Concejero, Beatriz Luengo, Paz Vega, María Ripoll, Mar Coll, Carolina África, Jimina Sabadú, Belén Funes, Pilar Ordoñez, Juana Macías, Paula Palacios, Margarita Ledo, Lucía Alemany y Sandra Romero.
Dentro de esta feminización del panorama cinematográfico patrio nos vamos a fijar en dos mujeres que no sólo se han ganado el reconocimiento de la crítica y del público, sino que lo han hecho sin renunciar a sus preferencias estéticas y temáticas: Paula Ortiz y Pilar Palomero. Las dos nacieron en Zaragoza con un año de diferencia, las dos han dado clase en la Universidad y las dos han presentado su última película en el pasado festival de San Sebastián. Pero hay algo más en común, su personalidad a la hora de hacer un cine que indaga en lo femenino desde una perspectiva no ideológica.
Paula Ortiz (1979)
Si hay un tema que atraviesa la filmografía de Paula Ortiz es la simbiosis entre eros y thanatos, amor y muerte: el sentido trágico del amor o la impronta erótica de la muerte. Formalmente, las películas de esta directora están marcadas por una visión estética muy importante. La forma cinematográfica tiene un gran peso entre sus preocupaciones a la hora de afrontar un proyecto cinematográfico. Es amante de las metáforas visuales, normalmente expresadas con mucha fuerza estética. Por otra parte, menos la primera película, el resto son adaptaciones de obras literarias. Y la última lleva a la pantalla, con bastante fidelidad, una historia real sumamente documentada.
En su primer largometraje, De tu ventana a la mía (2011), con guion propio, la directora entrelaza las vidas de tres mujeres de épocas distintas: Luisa (Luisa Gavasa), en el final del franquismo; Inés (Maribel Verdú), al comienzo de la postguerra y Violeta (Leticia Dolera) en la dictadura de Primo de Rivera. Las tres experimentan una historia de amor atravesada de sufrimiento y de muerte, y Paula Ortiz entrelaza las tramas con un maravilloso montaje paralelo, con suturas sonoras, como el aria de Los pescadores de perlas de Bizet, y suturas visuales, rojas, como el hilo del ovillo o las gotas de sangre de un pequeño corte en un dedo. Las tres mujeres van a ver su corazón atravesado por el dolor, físico y emocional, para acabar saliendo de un túnel en cuyo final se intuye la luz. Maternidad, fragilidad, coraje, sexualidad, fe, romanticismo, pasión, resiliencia… son ingredientes cocinados con una extrema delicadeza, delicadeza que será una de las características de Paula Ortiz a la hora de enfrentarse a temas duros.
Ese cierto fatalismo del argumento de su primera película, de alguna manera, se va a declinar en casi todas sus obras. Pero donde adquiere tintes más trágicos es en La novia (2015), adaptación libre de Bodas de Sangre de Federico García Lorca, en la que volvemos a encontrarnos con la mujer doliente y con un amor ensombrecido por la muerte. Más bien, un amor que atrae trágicamente a la muerte. Protagonizada por Inma Cuesta, vuelve a contar con Leticia Dolera, Luisa Gavasa y Carlos Álvarez-Novoa en el reparto, al que se añade una vigorosa Consuelo Trujillo como madre del novio. Lorca era un autor muy simbólico, que le sirve en bandeja a Paula Ortiz numerosas metáforas visuales, como la luna, el caballo o las navajas. El espacio de la acción recuerda a las tragedias clásicas que filmó Pasolini, con esos paisajes hostiles y áridos. En el plano de la banda sonora, la cineasta ya demostró la importancia que le da a las canciones y piezas musicales en su primera cinta, y aquí las canciones frecuentes entroncan directamente con el mundo lorquiano.
Ese maridaje entre amor y muerte, adquiere un tono especial, más luminoso, en Al otro lado del río y entre los árboles (2022), una adaptación de la penúltima novela de Ernest Hemingway, publicada en 1950, y con guion de Peter Flannery. Novela y película tratan del amor en tiempos de guerra. Acaba de terminar la Segunda Guerra Mundial y el coronel estadounidense Richard Cantwell (Liev Schreiber) decide pasar un fin de semana en Venecia, movido por un doloroso secreto. A pesar de estar rodada en un asombroso blanco y negro de Javier Aguirresarobe, Ortiz nos trae a la memoria Muerte en Venecia de Visconti: la belleza sale al encuentro de la muerte. A nuestro protagonista, prácticamente muerto física y espiritualmente, le sorprende el imprevisto amor de una joven y bella Renata (Matilda De Angelis). Un amor imposible que huele a inmortalidad. Por ello, Cantwell podrá mirar a la muerte con la sonrisa de quien ha sido tocado por la belleza. Detrás de esta historia universal también subyace el mensaje pacifista de Hemingway.
La penúltima cinta de Paula Ortiz, Teresa (2023) es la adaptación de la obra teatral de Juan Mayorga, La lengua en pedazos (2014), que a su vez se basa en el Libro de la vida de Santa Teresa de Jesús. La trama gira en torno a un diálogo entre Santa Teresa (sublime Blanca Portillo) y un inquisidor (Asier Etxeandia), diálogo que pone de manifiesto las dudas espirituales y sufrimientos interiores de una mujer puesta en entredicho por su entorno, el más cercano, sus monjas, y el más lejano, las autoridades.
Esta película, la más profusa en metáforas visuales y fuerza estética, tiene un cierto carácter existencialista. Los distintos flashbacks nos ofrecen pinceladas de la biografía espiritual de la santa, y aunque la película no está concebida desde la perspectiva de la fe cristiana, sí que es capaz de plasmar una verdad metafísica, y de mostrar el potencial espiritual del lenguaje del cine. A pesar de esa noche oscura que representa el film, en el balance final parecen triunfar la luz y la esperanza.
La última película de Paula Ortiz, La virgen roja, recrea la trágica historia de Hildegart Rodríguez Carballeira (Alba Planas), que fue asesinada por su madre Aurora (Nawja Nimri) en 1933 cuando la consideró un fracaso educativo, cuando decidió que su hija se estaba alejando del modelo de perfecta feminista socialista y liberada que había diseñado para ella.
Paula Ortiz vuelve al esquema de tragedia griega, de desenlace fatal a partir de un amor mal entendido que desemboca en la muerte. La cinta es una crítica frontal a las ideologías, a lo que sucede cuando las ideas se vuelven más importantes que la realidad. Aurora da instrucciones claras a su hija: “Freud en el sexo, Nietzsche en el pecho, Marx en la cabeza”. La puesta en escena de Paula Ortiz es una obra de arte, utilizando una luz expresionista que sirve para iluminar la realidad interior de los personajes y las situaciones. La directora se perfecciona en sus metáforas visuales y musicalmente arriesga con piezas de acento vanguardista.
Pilar Palomero (1980)
Si nos centramos solo en sus largometrajes de ficción, esta directora tiene en su haber tres películas, las tres centradas en mujeres. La primera en preadolescentes, Las niñas (2020); la segunda en adolescentes, La maternal (2022) y la última en una adulta y una joven, Los destellos (2024). Además, en las dos primeras cuenta con un importante número de actrices no profesionales, con el reto añadido que ello supone.
En la primera, muy coral, se centra en Celia (Andrea Fandos), una niña que está construyendo su identidad en un contexto difícil. No tiene padre, su madre (Natalia de Molina) le cuenta que murió y en el colegio le dicen que su padre es desconocido y que su madre era una guarra. Por otra parte, Celia se está desarrollando mucho más despacio que sus compañeras, especialmente que su nueva amiga Brisa (Zoe Arnao), y ello le genera un cierto complejo. A pesar de que la película parece un testimonio del complicado mundo de la pubertad, en realidad trata de la relación entre una hija y su madre, que siendo adulta, también vive llena de dudas y temores. Cuando se reconozcan en su mutua vulnerabilidad, nacerá entre ellas una nueva complicidad que, paradójicamente, llenará de seguridad y paz a la pequeña Celia. La cinta está atravesada de signos cristianos, que vividos de aquella manera por madre e hija, no dejan de acompañarles en todo momento.
La segunda cinta de Pilar Palomero, La maternal, vuelve a ser muy coral, y la protagonista, Carla (Carla Quilez), se queda embarazada a sus catorce años e ingresa en un centro de acogida para madres menores de edad. Carla no tiene más remedio que hacer un camino de maduración, aprender a dejarse ayudar y reelaborar la relación con su madre. Aunque la película no se posiciona frente al aborto, un tema que sale en varios momentos, no deja de ser un canto, nada ingenuo, a la vida y a la maternidad.
La última película, Los destellos, se organiza en torno a tres protagonistas, Isabel (Patricia López Arnáiz), su exmarido Ramón (Antonio de la Torre), y la hija de ambos, Madalen (Marina Guerola). Isabel ha rehecho su vida con Nacho (Julián López). El conflicto dramático arranca cuando Ramón, con cáncer, entra en una fase terminal y Madalen empieza a presionar a su madre para que se implique en su cuidado, algo que era lo último que se le pasaba por la cabeza. Pilar Palomero opta por una puesta en escena sutil, escasa en diálogo, rica en sugerencias, con silencios y elipsis que tendrá que completar, si quiere, el espectador. En ese sentido es su película más adulta, ya que exige más del espectador. Esta película es otro canto a la vida, ya que Ramón no recurre a la eutanasia sino que se confía a los médicos de cuidados paliativos y al acompañamiento de la familia y amigos.
Las tres películas de Palomero transmiten esperanza y positividad, pero no al estilo de los happy end hollywoodienses, sino con finales mucho más realistas, discretos pero auténticos, creíbles y humanos.
Paula Ortiz y Pilar Palomero son dos magníficos ejemplos de una generación que ya no se mueve en esquemas dialécticos y guerracivilistas; dos directoras que no quieren defender nada, ni adoctrinar ni dar respuestas. No parten de prejuicios si no de las preguntas que les despierta la vida, preguntas sobre el amor, la familia, la libertad, la muerte, preguntas que no aspiran a contestar pero sí, a compartirlas con el espectador con honestidad y autenticidad. Y a la vez son directoras con un gran dominio del arte y el lenguaje cinematográficos, que saben llegar al público sin dejar de ser autoras.
