OPINIÓN

DOS VOCES CONTRA EL HAMBRE

En el marco de la celebración del octogésimo aniversario de la creación de las Naciones Unidas celebramos en octubre dos fechas importantes, el día de las Naciones Unidas, 24 de octubre, y la creación dentro de esta entidad de la FAO, Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y Agricultura. Se constituyó el 16 de octubre de 1945, en Quebec, Canadá.

Su finalidad fue afrontar los desafíos más urgentes del mundo en relación a la alimentación y agricultura y esta es la descripción que aparece en su página web: “La FAO es la agencia de las Naciones Unidas que lidera el esfuerzo internacional para poner fin al hambre”. Su objetivo es lograr la seguridad alimentaria para todos al tiempo que garantiza el acceso regular a suficientes alimentos y de buena calidad para llevar una vida activa y sana. (Vídeo sobre el 80 aniversario)

¿Cómo hacer esto posible cuando imágenes recientes como las de la franja de Gaza, nos ofrecen las terribles situaciones del fallecimiento de niños, no sólo por la mala alimentación sino por la absoluta carencia de alimentos, ni suficientes, ni buenos, ni de mala calidad? Niños, adolescentes, adultos en los que la alimentación se convierte en una feroz arma de guerra.

En este marco complejo de la violencia desatada por las guerras, el 16 de octubre de 2025 nos llegó la voz del director general de la FAO, Dr. QU Dongyu, quien en un vídeo nos ofrecía breves datos de su historia y de los compromisos adoptados en estas ocho décadas de existencia. Una existencia iniciada al final de la Segunda Guerra Mundial en una imperante situación de hambruna (Vídeo sobre el Día de la Alimentación 2025🙂

En su mensaje, habla de que juntos hemos alcanzado hitos históricos tales como la erradicación de la peste bovina, de la creación del Codex Alimentarius, organismo que establece las normas, que garantizan que los alimentos sean inocuos para el consumo, sin embargo también conocemos las alertas alimentarias que nos hablan de la ruptura de esta norma. Otro hito importante fue la negociación del Tratado Internacional sobre los recursos Fitogenéticos, con la promesa de proteger las semillas que los agricultores transmiten de mano en mano, generación tras generación, así como la protección del precio de los alimentos en situaciones de crisis, proporcionando datos y conocimiento, y protegiendo los medios de vida. Pero también reconoce en el momento actual la situación compleja que vivimos, hoy que estamos más interconectados que nunca y nos ofrece datos del pasado año de 2024: 673 millones de personas en todo el mundo padecen hambre y los conflictos que conocemos y vivimos pueden erradicar los años de desarrollo, así las sequías o inundaciones, a los que se pueden añadir los incendios devastadores que acaban con la fertilidad de la tierra, debida en ocasiones a la voracidad humana.

Señala también cómo el aumento de precios lleva a millones de familias a no poder comer y a lo que significa un plato vacío, como es la ausencia de un niño a la escuela, o que un agricultor esté obligado a vender su tierra, a que una familia pase de la estabilidad a la pobreza. Reclama el uso de las nuevas tecnologías y nuevos mercados para estos agricultores junto a la necesidad de que los países planteen políticas propicias con datos transparentes e información fiable y propone cuatro mejoras: mejor producción, mejor nutrición, mejor medio ambiente y una vida mejor. Esa será la brújula que debe orientar las próximas décadas en la FAO para garantizar que nadie se quede atrás: “Sabemos que las soluciones más sólidas surgen cuando nos unimos, de manera transfronteriza, intergeneracional e intercomunitaria […] el futuro ¡Debemos construirlo nosotros!”.

Un futuro que se construye con las decisiones que tomamos, con las asociaciones que forjamos y con las determinaciones que aportamos. Concluye con estas palabras: “Honremos 80 años de progreso para todas las personas sin dejar a nadie atrás”.

Junto a esta voz, quiero traer hasta aquí la del papa León XIV, quien en su visita a la Asamblea de la FAO, con ocasión del Día Mundial de la Alimentación, expresa sus sentimientos, diciendo que el corazón del Papa mantiene viva la confianza de que, si se derrota el hambre, la paz será el terreno fértil del que nazca el bien común de todas las naciones, porque esta situación denunciada por la FAO “niega la dignidad humana, compromete el desarrollo deseable, obliga inicuamente a muchedumbres de personas a abandonar sus hogares y obstaculiza el entendimiento entre los pueblos […] alcanzar el Hambre Cero sólo será posible si existe una voluntad real para ello y no únicamente solemnes declaraciones”. Es decir, al discurso debe ir unida la decidida determinación de acabar con el hambre, “¿dónde estamos en la acción contra la plaga del hambre que continúa flagelando atrozmente a una parte significativa de la humanidad?”. No son indiferentes las palabras usadas en esta pregunta: plaga, flagelación, atrocidad. Añade, a los 673 millones de personas anteriores, los 2.300 millones que no pueden permitirse una alimentación adecuada y que señalan una insensibilidad operante, de una economía sin alma, de un cuestionable modelo de desarrollo y de un sistema de distribución de recursos injusto e insostenible, lo que es “un fracaso colectivo, un extravío ético, una culpa histórica”.

Nos urge a todos, gobiernos, asociaciones, personas individuales, a ser artesanos de paz, “unidos por el bálsamo sanador que requieren las heridas abiertas en el corazón mismo de la humanidad” y continúa con una pregunta que nos debemos de hacer todos: “¿Pueden los responsables políticos y sociales seguir polarizados, gastando tiempo y recursos en discusiones inútiles y virulentas, mientras que aquellos a quienes deberían servir continúan olvidados y utilizados en aras de intereses partidarios? No podemos limitarnos a proclamar valores. Debemos encarnarlos” y exhorta a la superación del enconado paradigma político, basándose en una visión ética que prevalezca sobre el pragmatismo vigente que reemplaza a la persona sobre el beneficio y concluye diciendo que los rostros de los hambrientos “nos interpelan y nos invitan a reexaminar nuestro estilo de vida, nuestras prioridades y, en general, nuestra forma de vivir en el mundo actual […] No podemos esperar un mundo mejor…si no estamos dispuestos a compartir lo que hemos recibido. Solo entonces podremos afirmar con verdad que nadie se ha quedado atrás”.

Dos voces contra el hambre.