El (amenazado y negado) derecho a quedarse en casa
Durante el mes de junio, como anteriormente, han ocurrido varios sucesos graves de violencia que implican a inmigrantes en ciudades europeas, particularmente en Irlanda del Norte y Escocia, donde se han dado graves disturbios y conflictos de tipo racial. Se suceden las noticias en los medios sobre crímenes, conflictos y tensiones en otros lugares. España acaba de recibir la visita del papa León XIV, que ha llamado al respeto y la defensa de la dignidad de toda persona humana, pero también, ha sugerido respuestas a la situación migratoria. Sobre todo, además de denunciar a las mafias de tráfico de personas, ha afirmado el derecho de la gente a permanecer en su propia patria y ha defendido políticas de inmigración seguras, controladas, y de integración en la sociedad. Indudablemente, pocos asuntos son tan controvertidos como las migraciones humanas que conllevan cambios culturales, de identidad y adaptaciones sociales y de infraestructuras.
Siempre ha habido migraciones, pero ¿son ahora más problemáticas?
A menudo, se toma como modelo de experiencia de inmigración la de Estados Unidos, que siempre se ha considerado un país de inmigrantes. Quizá a excepción de las tribus nativas (o primeros pueblos, como se dice últimamente) todos vienen de otros lugares: Irlanda, Italia, Alemania, Grecia, México… Pero la práctica durante muchas décadas, y sobre todo en el siglo XX, era la integración en el país. Quienes llegaban, por lo general, aceptaban la máxima del duro trabajo en una tierra de oportunidades de avance y educación para los hijos. En su obra Migrations and Cultures, Thomas Sowell, economista norteamericano, comenta la realidad de los inmigrantes de éxito y las muchas contribuciones, empresas fundadas, aportaciones realizadas (sobre todo a la sociedad estadounidense) de grupos como los alemanes, rusos, hispanoamericanos, polacos, italianos o japoneses. Las claves para estas aportaciones han sido, según Sowell, el capital humano, la educación, la capacidad de asumir riesgos, la cohesión social, la ética de trabajo y su preocupación por el futuro de sus hijos. Pero también, asegura, que no todos los grupos migrantes han tenido la misma capacidad, aptitud o valores.
Por su parte, los críticos de Sowell afirman que el éxito frecuentemente ha tenido el precio de fuga de talento y riqueza de los países de origen. Pero la situación de integración, (y éxito o marginación) ha cambiado dramáticamente. En la actualidad, en todo el mundo, más de 300 millones de personas viven fuera de su país natal. Y este fenómeno de las migraciones, y sus consecuencias, tanto en países emisores como receptores, obliga a hacerse preguntas difíciles que tocan aspectos legales, morales, de seguridad, de cultura, economía y religión.
Históricamente, el fenómeno de la inmigración siempre ha sido central en Estados Unidos. Así y todo, en la última década el gobierno se encontró sorprendido por las migraciones masivas provocadas por los problemas económicos causados por la pandemia y por las crisis políticas de diversos países iberoamericanos.
Durante dos años, las fronteras de USA se vieron abrumadas y sobrepasadas por las masas. Con los centros de detención peligrosamente hacinados, el gobierno se vio obligado a liberar a miles de migrantes sin suficiente proceso de selección y certificación de seguridad. En abril de 2022, el gobernador de Texas envió en autobuses a miles de migrantes a Boston, Chicago, Denver y Nueva York, ciudades demócratas que se habían pronunciado como lugares santuario. Pero la capacidad de estas ciudades se vio desbordada, y la Administración no ofreció ayuda, aumentando las tensiones. La ciudadanía y los inmigrantes establecidos mucho antes también sintieron la frustración de los recursos desviados hacia los recientes.
En diciembre de 2023, entraron ilegalmente en Estados Unidos 250.000 personas desde México. A pesar de una tardía reversión de políticas, el partido demócrata sufrió las consecuencias en las siguientes elecciones. Y la reacción de Trump no se hizo esperar. Aunque inicialmente al menos, las redadas fueran dirigidas a quienes tenían historial criminal y a mafias como el venezolano Tren de Aragua, las consecuencias han sido negativas para algunas de las comunidades más vulnerables. Adam S. Posen, presidente del Peterson Institute for International Economics escribe en la revista Foreign Affairs que también se dan grandes tensiones por diferencias de opinión sobre cómo enfrentarse. Con la inseguridad, el nerviosismo y temor de sus padres, la salud mental de niños y jóvenes se ha visto afectada. La depresión, que ya se había elevado durante la pandemia, ha llevado a un aumento en el número de suicidios adolescentes.
Temas candentes
A menudo se argumenta que los inmigrantes pueden beneficiar a las economías de los países receptores al aceptar trabajos que nadie quiere y salvar las jubilaciones. Además de tapar un claro fracaso de políticas demográficas, tal argumento parece un neo-esclavismo de bastante dudosa moralidad. También está la pregunta acerca de si los inmigrantes ofrecen diversidad positiva o erosionan la identidad nacional. ¿Se integran totalmente los inmigrantes, o permanecen marginados en sus propios barrios y comunidades? ¿Pierden los países de origen cerebros y capacidades necesarias para su propio país, o se benefician de las remesas? ¿Son los inmigrantes una riqueza para los países receptores o una amenaza a sus valores y tradiciones o, lo que es peor, una amenaza terrorista? Quizá la respuesta a todas y cada una de las preguntas sea un simple “sí”, a pesar de las contradicciones aparentes.
Otra serie de preguntas, que a menudo pasan desapercibidas, trata de aspectos de infraestructura: ¿Hasta qué punto se pueden ampliar las capacidades de países receptores ante inmigraciones masivas? ¿Qué infraestructuras son necesarias para absorber dignamente estos enormes grupos humanos: vivienda, educación, salud, trabajo, seguridad… sin perjudicar injustamente a las poblaciones nacionales? ¿Hasta qué punto la generosidad y la buena voluntad de los países desarrollados se pueden estirar sin romperse? ¿Hasta qué punto las regularizaciones masivas se deben más a cuestiones electoralistas que a razones humanitarias?
Los países de destino parecen estar muy confusos sobre qué hacer con las comunidades inmigrantes. Se mueven entre la corrección política, los valores humanitarios, y el oportunismo político. Y existe una enorme desigualdad en políticas y reacciones, tanto de los estamentos políticos como de la población.
Los emigrantes como cuestión de identidad y de arma política
En una era de terrorismo, grupos de jóvenes de segunda generación pueden (y de hecho lo han hecho) radicalizarse y convertirse en terriblemente peligrosos. En Europa, los casos de crímenes, asesinatos y atentados a manos de radicales islámicos, o de mafias centro europeas o latinas, saltan a las noticias diariamente. Por otra parte, algunos gobiernos totalitarios han empleado a muchos migrantes como armas contra países percibidos como enemigos. Lo hizo Rusia permitiendo a grupos que se declaraban falsamente judíos, a emigrar a Estados Unidos; lo hizo Fidel Castro con la crisis del puerto del Mariel en 1980: la mayoría de los 125.000 cubanos que salieron del país entonces buscaban la libertad, pero entre ellos también el régimen enviaba a criminales y pacientes de psiquiátricos. Y lo mismo siguen haciendo algunos países del norte de África y de Oriente Medio enviando, entre quienes sinceramente necesitan sobrevivir, a quienes decididamente intentan invadir e imponer la yihad más radical, en una especie de Guerra Santa solapada. Algunos países receptores han hecho tratos con países emisores, para que no sigan enviando migrantes. Por ejemplo, en 2015, la Unión Europea acordó pagar a Turquía seis billones de euros para mantener a refugiados en Turquía. Y Turquía, como otros países, utilizó el tratado para hacer chantaje a los países receptores. Australia había firmado acuerdos similares con Indonesia, y ésta amenazó con enviar un tsunami humano cuando no le gustó alguna política australiana. Lo hizo también el dictador bielorruso Lukashenko colocando migrantes de Oriente Medio en la frontera con Polonia como presión para obtener reconocimiento a su gobierno.
Cada vez más, la Unión Europea parece dispuesta a usar a otros países para controlar la migración y la derivación de las políticas migratorias en el norte de África e ignorar los hacinados centros de detención, los elevados números de muertes en el mar, y la corrupción endémica. Y, en una era de economías globales interconectadas, los migrantes se pueden convertir en armas para acuerdos económicos. Si la presión o la diplomacia normal no funcionan, la amenaza de provocar olas masivas de migrantes puede resultar muy tentadora para algunos gobernantes.
El estado de la cuestión según un informe de Global Migrations
El cálculo global de migrantes internacionales se elevaba en 2024 a 304 millones, lo cual es igual a un 3,7% de la población mundial. Los avances tecnológicos y la mayor facilidad para viajar, junto con conflictos internacionales y corrientes demográficas han fomentado los desplazamientos. Muchas naciones tienen una población anciana, sufren desempleo y sostienen una pesada presión fiscal. Defienden algunos que los migrantes pueden ser fuente de trabajo y de contribuyentes. Por su parte, las poblaciones de países subdesarrollados son jóvenes, pero cuentan con escaso desarrollo de sus recursos. A todo esto, se unen las crisis humanitarias y bélicas responsables de que en el mundo haya 36,9 millones de refugiados, principalmente palestinos, venezolanos, sudaneses, ucranianos, afganos y sirios.
Aunque la mayoría de la gente emigra por razones económicas, familiares o de educación, otros muchos deben salir de sus países debido a la violencia o la persecución. Y todo eso sin contar las políticas que animan a la gente a poblar países de distinta cultura o religión. Y sin contar, tampoco, los desplazamientos domésticos que hacen de las grandes concentraciones urbanas focos de desempleo y desigualdad y convierten a los migrantes internos en los más vulnerables. Miles de vidas humanas se han perdido en el mar o en el desierto. Innumerables mujeres han sido violadas. En el mar son las mafias de tráfico humano (a veces ayudadas por ciertas ONGs que se esconden detrás de fachadas humanitarias para hacer sus propios negocios). En el desierto, que cruzan tantos hispanoamericanos en condiciones peligrosísimas, son los coyotes y los traficantes de drogas quienes a menudo, además de robarles sus escasos ahorros y recursos, esclavizan a muchos y los fuerzan a entrar en su negocio.
¿Favorecen a alguien las migraciones?
Con todo esto, parecen favorecer principalmente a quienes no deberían y se aprovechan de la situación. Y a quienes, con mucha lucha y sufrimiento, consiguen integrarse y salir adelante en un país distinto. Y hay también ciertos países que sobreviven económicamente gracias a las remesas de sus emigrantes. El Banco Mundial recoge los datos globales de las remesas internacionales, con cifras altísimas incluso sin reflejar las cantidades que se realizan por canales informales. En 2024, India, México, Filipinas, Francia y Paquistán eran los países receptores de remesas más altas. El dato de Francia podría resultar sorprendente, pero se refiere principalmente a los salarios de trabajadores que cruzan a Suiza, pero siguen residiendo en Francia. Por eso, muchos países no desean que regresen sus nacionales, (a no ser que hayan hecho una gran fortuna) porque la economía del país se vería muy perjudicada.
La implicación internacional
Hace ya varios años, la ONU lanzó una propuesta de cooperación internacional sobre migraciones, llamada el Global Compact. La propuesta se apoya en la Agenda 2030, y como ésta, tiene diversos objetivos que, a primera vista, parecen muy laudables. Al mirarlos más detenidamente, y sobre todo al ver el camino de ocho años que se ha hecho y los pocos resultados aparentes, parecen el ideal más que la meta alcanzable. Algunas de esas metas son: minimizar las causas adversas que obligan a la gente a emigrar; proporcionar documentos de identidad legal; caminos para la regularización; proporcionar un trabajo digno; reducir la vulnerabilidad; erradicar el tráfico humano; controlar las fronteras; discernir las entradas; eliminar la discriminación; una repatriación y reintegración dignas; cooperación internacional.
Lógicamente, nadie podría oponerse a tales nobles objetivos. El problema es que llevarlos a cabo supondría para algunos (o muchos) países, cambiar de rumbo, hacer planes realistas y ceder en muchos aspectos. En el foro de la ONU, cada país parece defender sus propias políticas y exaltar su propio mérito, con poca intención de ceder, negociar y buscar soluciones reales, humanas, justas y dignas para una migración legal, controlada y segura, o lo que sería mejor, buscar las condiciones de seguridad y estabilidad de los países que pudieran garantizar la permanencia de las personas en su propia tierra.
Y el problema va en aumento, en lugar de resolverse. A nivel mundial, las políticas migratorias parecen ser bastante erráticas, y van de las estrictas y exigentes acciones de la Administración Trump con las redadas masivas, a las deportaciones injustas a terceros países que proponen algunos países, pasando por precipitadas regularizaciones masivas que en realidad podrían provocar muchos más problemas sociales y de infraestructura que lo que tratan de solucionar.
El fenómeno es demasiado complejo y, aunque sea muy antiguo, sus manifestaciones e impactos hoy son más dolorosos y problemáticos. Y hoy, más que nunca, hay una llamada internacional a buscar soluciones y caminos realistas, viables, legales y humanos a esta situación y, a ofrecer la posibilidad de que se respete el derecho a permanecer en el propio suelo, con la propia cultura, identidad, religión, y posibilidades de una vida digna. Los recursos existen; falta, en primer lugar, voluntad. Y remover tantos obstáculos e intereses políticos y económicos opuestos a una perspectiva auténticamente humana y justa.

