ACTUALIDAD

EL CAUTIVERIO DE CERVANTES

En estos días, con el estreno de la película El cautivo de Alejandro Amenábar (2025), se empieza a hablar del cautiverio de Cervantes en Argel, de 1575 a 1580. Este hecho, muy conocido por filólogos, historiadores y lectores cultos, se ha mostrado generalmente ignorado por muchos españoles que se han encontrado con unos hechos y con una ficción, a la que se suele conceder más autoridad histórica (cuando se trata de una película basada en sucesos reales) de la debida.

Para empezar hay que confirmar que sí, que efectivamente Miguel de Cervantes Cortinas (explicaremos más adelante lo de Saavedra) fue capturado en 1575, con su hermano Rodrigo y otros caballeros, cuando se encontraba a bordo de la galera Sol, que navegaba, con otras dos naves, desde Nápoles, con destino a España. Hubo una tormenta que dispersó las naves. Las otras dos lograron ponerse a salvo y llegar a Barcelona, pero la Sol fue atacada por corsarios, que actuaban desde el norte de África bajo la protección del virrey de Argel. Cervantes y Rodrigo fueron hechos prisioneros y llevados a Argel, un centro clave del Mediterráneo, pero no lo era solo por su ubicación geo estratégica, como lo podemos entender hoy día, sino porque Argel, situada en el norte de África, era una ciudad dedicada al negocio del secuestro internacional, llevado a cabo por corsarios de Berbería, bajo el dominio turco. Un centro neurálgico de cautiverio, con hasta 25.000 esclavos cristianos en distintos momentos.

El Argel de Cervantes

En 1529, Argel se consolidó como una base ofensiva en el norte de África. La ciudad estaba dirigida por un beylerbey (virrey) designado por el sultán de Estambul. En la época de Cervantes, el poder lo ejercía Hassán Bajá, un veneciano renegado, que había escalado puestos de poder.

Argel era una fortaleza casi inexpugnable desde el mar. Sus murallas y su puerto fortificado servían de base a la flota corsaria. La ciudad se convirtió en un próspero centro comercial y cosmopolita, hogar de una variada población que incluía muchos cautivos cristianos, de los diferentes países mediterráneos, especialmente España.

Los corsarios eran navegantes autorizados por el gobierno de su nación mediante una patente de corso para atacar y apresar barcos mercantes de países enemigos en tiempos de guerra. A diferencia de los piratas, que actuaban por su cuenta para su propio beneficio, los corsarios estaban al servicio de un estado y debían entregar parte de su botín a las autoridades, lo que los convertía en una especie de mercenarios del mar.

Así actuaban pues, aquellos corsarios de Berbería o berberiscos (naturales de  Marruecos, Argelia, Túnez y Libia) bajo el mandato turco. Pero la mercancía que robaban eran personas, normalmente varones, aunque también había mujeres, que viajaban de una ciudad a otra del Mediterráneo. A toda esta población, hemos de añadir a los renegados; así llamados los cristianos europeos que renegaban de su fe, por diversos motivos. La palabra tenía un fuerte sentido de traición en la Europa cristiana, pero en Argel los renegados eran hombres prácticos y poderosos, integrados en la administración y el ejército que cumplían funciones clave. Muchos se convertían en capitanes de galeras o corsarios. Su conocimiento del idioma y las rutas europeas los hacía muy útiles en el mar. Algunos alcanzaron fama, como el caso también del mencionado Hasán Bajá.

Otros renegados servían como intérpretes o patrones de embarcaciones corsarias, puesto que al hablar lenguas europeas, podían negociar rescates de cautivos, redactar contratos y mediar entre musulmanes y cristianos. Otros se ocupaban directamente de los cautivos cristianos y su trato variaba: unos eran brutales y, otros mostraban compasión hacia sus antiguos compatriotas. Las razones para renegar eran variadas. La causa más generalizada, como se ha dicho, era escapar del cautiverio o de los trabajos forzados, o la ambición personal: muchos veían en el islam un medio para ascender socialmente. También había muchos que cedían a la presión ambiental o tenían pánico a las torturas. Por último, en algunos casos, se daba una auténtica convicción religiosa, pero esto era lo menos común. En el contexto de Argel, donde la esclavitud era brutal y las oportunidades para un cristiano libre eran escasas, la conversión solía ser una estrategia de supervivencia.

Cervantes  y su hermano se embarcaron en Nápoles, como se dijo anteriormente, en 1575, con rumbo a España. Habían pasado cuatro años desde aquella “más alta ocasión que vieron los siglos”, la batalla de Lepanto. Miguel de Cervantes, tras seis meses de permanencia en un hospital de Messina, recuperándose de sus heridas, reanudó su vida militar. Tomó parte en varias expediciones navales y recorrió varias ciudades italianas. Finalmente pasó dos años en Nápoles hasta 1575.

Hasán Bajá, el veneciano y los baños de Argel

Cuando Miguel de Cervantes se embarca hacia España, lleva dos cartas de recomendación del propio D. Juan de Austria y del Duque de Sessa. Los corsarios que abordan la Sol y hacen prisioneros a sus tripulantes, creen que Miguel de Cervantes es una persona importante, a juzgar por los documentos que lleva y, en consecuencia, se podrá pedir por él un buen rescate: 500 escudos de oro, una suma muy elevada. Su dueño fue Hasán Bajá (o Azán Bajá), gobernador otomano de Argel; un renegado probablemente veneciano, es decir, un cristiano europeo convertido al islam. Su nombre de nacimiento era Andrea Celeste.

De joven, fue capturado por los turcos y adoptado por Uluch Alí (Uchalí), un famoso corsario calabrés (otro renegado) que llegó a ser almirante de la flota turca. Hasán se convirtió en su protegido y heredó su cargo y fortuna en Argel. Fue gobernador de la ciudad durante casi todo el cautiverio de Cervantes. Controlaba las rentas del corso, el comercio de esclavos cristianos, tanto su compra como su rescate y las prisiones y los baños (lugares donde se retenía a los cautivos).

Hablemos ahora de los baños de Argel, un aspecto esencial para comprender el cautiverio de Cervantes y el mundo de los esclavos cristianos en el siglo XVI. El nombre puede confundir: no eran lugares de aseo, sino prisiones para cautivos cristianos. En origen, muchos se situaban cerca de antiguos baños públicos romanos o árabes, y de ahí tomaron el nombre. Con el auge de la piratería, se convirtieron en espacios de reclusión masiva, mezcla de cárcel, almacén y taller.

Argel contaba con varios baños principales: el Baño del Rey, el Baño de los Trinitarios y otros privados. Eran edificios cerrados, de piedra y cal, con patios interiores, celdas comunes, talleres y un pequeño oratorio clandestino. Los cautivos dormían en el suelo, encadenados por grupos, y solo salían bajo vigilancia para trabajar o negociar su rescate. En las noches frías del invierno argelino, el suelo de piedra se volvía casi insoportable, y en verano el aire era sofocante y húmedo.

Los prisioneros se clasificaban según su valor y utilidad: los más valiosos, como Cervantes, podían ser retenidos aparte o en casa del amo. Los cautivos de corsarios particulares podían ser vendidos o alquilados para trabajos forzados, bajo condiciones durísimas. Por último, los cautivos de bajo precio vivían en los baños comunes, usados como mano de obra o rehenes sin esperanza de rescate.

La jornada típica de estos cautivos se desarrollaba:

Al amanecer, se producía el recuento y la salida de cuadrillas para trabajar en obras públicas, huertos o barcos.

Durante el día los cautivos trabajaban hasta la extenuación, bajo la vigilancia de la guardia turca o renegada.

Por la tarde, se regresaba al baño (prisión) donde se comía pan negro, agua y, a veces, garbanzos.

Por último, durante la noche, volvía el encierro y los prisioneros rezaban (clandestinamente), se contaban relatos, se cantaba o se proyectaban fugas, más o menos realistas o fantasiosas.

En las obras de Cervantes aparecen escenas de los baños con gran humanidad: “los cautivos cantan, bromean, conspiran y, pese al sufrimiento, mantienen una fe obstinada en su liberación”. Sin embargo, los rehenes que vivían en casa del bajá eran esclavos domésticos o privilegiados. Vivían en el palacio y podían tener trabajos de confianza. La comida y el trato eran relativamente mejores; la libertad de movimientos era limitada, pero posible y la esperanza de rescate era más alta.

Las órdenes trinitaria y mercedaria eran las más activas en reunir dinero para rescatar a los cautivos. Pero no solo recaudaban dinero, sino también alimentos y medicinas. También hacían registros de los nombres de los cautivos y negociaban sus rescates, en oro, plata o mediante trueques. Por lo tanto, había frailes que vivían en Argel, atendiendo, dentro de lo posible, a los cautivos. También porque había religiosos prisioneros, como se muestra en la propia prisión de Cervantes.

Cinco años de cautiverio

Los años en Argel constituyen lo que dicen varios biógrafos cervantistas del siglo XX y XXI: “un hecho que divide su vida en dos mitades”. Sobre todo, José Manuel Lucía Megías, catedrático de la UCM y asesor de Amenábar, autor de la trilogía biográfica cervantina más reciente, deduce lo mismo. Los años de cautiverio están presentes en la obra cervantina, en su vida posterior, en su fantasía literaria.

Durante los años de encarcelamiento, Cervantes, hombre nada acomodaticio y con un fuerte espíritu y motivación, trató de escapar en cuatro ocasiones organizando él mismo los cuatro intentos. Para evitar represalias en sus compañeros de cautiverio, se hizo responsable de todo ante sus enemigos y prefirió el castigo a la delación. Gracias al Informe sobre Argel; un documento que data de 1581-1582, dirigido a las autoridades para obtener un cargo público y/o una encomienda en Indias; así como al libro del benedictino Antonio de Sosa: Topografía e historia general de Argel (1612), se tienen noticias importantes sobre el cautiverio. Tal información se complementa con sus comedias El trato de Argel y Los baños de Argel y el relato Historia del cautivo inserto en la primera parte de El Quijote, entre los capítulos 39 y 41.

Los baños de Argel eran, para Cervantes, una imagen de la esclavitud del cuerpo frente a la libertad del alma. Esta idea se repite en toda su obra: la fe, la imaginación y la dignidad personal, como última forma de libertad.

Ahora bien, Cervantes nunca sufrió tortura ni represalias por sus intentos de fuga. Al menos, ningún castigo importante, a pesar de la reiteración de los hechos o de la crueldad de Hasán Bajá. Además, gozó de cierto respeto entre los demás cautivos y era hombre de muchas relaciones. Algunos biógrafos modernos, notan que el Bajá mostró interés personal por Cervantes y han especulado, sin base documental, con que ese interés pudo tener un componente erótico. Un autor que escribe abiertamente sobre este tema (desde la ficción, no lo olvidemos) es Fernando Arrabal en 2016. Este hecho de las relaciones homosexuales, posible, en el contexto de la ciudad-prisión de Argel es el que Amenábar muestra en su película y que ha sido objeto de controversia.

Sin embargo, no hay testimonios directos ni indirectos fiables de este hecho. La lectura homoerótica es una proyección moderna, interesante como análisis cultural, pero sin base biográfica.

Lo que sí sabemos con certeza es que su estancia en Argel fue un periodo de heroísmo, sufrimiento y observación profunda del alma humana, que luego se reflejaría en su literatura. Más aún, desde mi punto de vista, el cautiverio dio lugar a una visión diferente del mundo y de sí mismo. Cuando Cervantes llega a España después del cautiverio, la sociedad no tenía sitio para él. Tenía 33 años y era demasiado mayor para empezar cualquier oficio. Aunque intentó muchas cosas, lo único que podía hacer en verdad era darse a sí mismo, escribir. Ya no podía ser soldado, estaba estropeado. Y esa palabra, que en árabe se dice shaibedraa (brazo tullido, estropeado) que probablemente fuera su apodo en Argel, pasó a ser su segundo apellido: Saavedra.