“No se veía que fuera un bosque, pero lo era, y sentía que había alguien que quería decirme algo, aunque ese alguien no podía hacerlo.”
Mercè Rodoreda, La mort i la primavera
Hay libros que siempre regresan, quizá porque su complejidad deja una huella indeleble que nos impulsa a volver a ellos. ¿Quién ha podido olvidar las angostas y opresivas calles de La Plaça del Diamant, los jardines crepusculares de Mirall Trencat, o los personajes a medio camino entre lo real y lo onírico de una Barcelona que parece respirar a cada paso? Adentrarse en el universo de la autora es abrazar la inocencia perdida, la soledad existencial, el lenguaje simbólico, y por encima de todo, el protagonismo femenino.
Como tantos autores de su generación, la obra de esta escritora universal está marcada por la Guerra Civil española y el exilio, experiencias que vertebran su narrativa en torno al desarraigo, la infelicidad y la destrucción. Sus personajes, vulnerables y en una búsqueda constante de equilibrio, muestran igualmente una fuerza interior que los hace indestructibles.
Bajo el título Rodoreda, un bosque, el Centre de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) acogerá hasta el día 26 de mayo una exposición que profundiza en el imaginario de la escritora catalana Mercè Rodoreda (Barcelona, 1908 – Romanyà de la Selva, 1983), considerada la autora más relevante de la literatura catalana del siglo XX. Comisariada por la ensayista y crítica literaria Neus Penalba, la muestra utiliza el símil de un bosque como eje vertebrador para conectar los distintos espacios con los grandes temas de su obra.
Lejos de ser una muestra biográfica, la exposición propone una revisión crítica de la imagen de la escritora, tradicionalmente asociada -según Neus Penalba- a la célebre protagonista de La Plaça del Diamant, interpretada en el cine por la actriz Silvia Munt, una mujer excesivamente cándida y alejada del personaje principal, mucho más rico en matices. Desvincularla de esta percepción almibarada es hacer justicia a esta escritora universal cuya narrativa está sembrada de afinidades involuntarias y correspondencias secretas, capaz de conjugar lo infantil con lo perverso, lo realista con lo fantástico, y la belleza con la crueldad. En su literatura, la inocencia no es un recurso, ni siquiera un refugio, sino un prisma desde el que observar el horror en un mundo de contrarios.
Concibiendo el espacio como uno de esos bosques que inspiraron su literatura, el itinerario se articula en torno a seis ámbitos temáticos: Inocencia, Deseo, ¡Cuánta guerra!, Casas y calles, Metamorfosis y Alma, un ecosistema de imágenes y símbolos recurrentes que, como organismos vivos en constante mutación, nos conecta con las obsesiones vitales y poéticas de la escritora. Las raíces simbolizan el desarraigo provocado por el exilio, mientras que los troncos hacen referencia a los desastres provocados por la guerra. Las ramas que se elevan por encima de las copas, evocan a los grandes escritores de la cultura occidental, y las semillas simbolizan la inspiración: aunque tarden en germinar, finalmente florecen y dan fruto. El primer ámbito, Inocencia, se adentra en la mirada limpia y casi infantil de los jóvenes y los ancianos. Deseo profundiza en el amor y el erotismo, entendidos no como una idealización romántica, sino como un territorio complejo marcado por la tensión entre la ternura y la violencia, la dominación y la vulnerabilidad.
¡Cuánta guerra! y Casas y Calles recrea el conflicto de la guerra desde la retaguardia así como la reconstrucción literaria de una Barcelona distorsionada por la nostalgia del exilio en Ginebra. Metamorfosis, establece una conexión con la naturaleza mediante personajes que anhelan transformarse en elementos del entorno como vía de liberación. El recorrido se cierra con Alma, el ámbito que recoge los ecos más espirituales de la escritora.
Ver el mundo con los ojos de niño, en un asombro constante, no es ser ingenuo: es, quizá la forma más seria de mirar. Así arranca la muestra, un recorrido a través del cual se despliegan más de 400 piezas, entre obra plástica, esculturas, fotografías audiovisuales y documentos de artistas como Pablo Picasso, Leonora Carringtron, Dora Maar, Tura Sanglas, Pina Bausch, Remedios Varo, Fina Miralles, Francesca Woodman o Marc Chagall, junto a voces contemporáneas que han creado piezas específicas para la exposición, como Cabosanroque, Mar Arza, Èlia Llach, Carlota Subirós y Oriol Vilapiuig por encargo de Martí Sales, responsable del proyecto.
Rodoreda, un bosque propone una nueva mirada, exhaustiva y sin prejuicios, a la literatura de Mercè Rodoreda, la escritora en lengua catalana más importante del siglo XX. La muestra rompe todos los clichés atribuidos a la autora, especialmente los de cursilería, y reivindica la contemporaneidad formal y temática de su obra mediante una metáfora que va mucho mas allá de un simple jardín. Adentrarse en la exposición es adentrarse en su escritura. Es constatar que, en los jardines de nuestra infancia, aún crecen cactus indomables, glicinas gigantes, flores venenosas, bosques suicidas y toda clase de misterios. Después del pecado original, un bosque brota, crece, se expande, e incluso a veces se quema, pero siempre rebrota y su espesura es capaz de albergar varios mundos.
