Todavía en el retrogusto los poemas de Memoria o no (Huerga y Fierro, 2024), Rafael Soler (Valencia, 1947) nos dispara en la nuca, ahí detrás, buscando nuestro hipotálamo, con La pistola de mi padre. El autor de El último gin-tonic (2008), entre otras siete novelas publicadas (y otros tantos poemarios), va urdiendo frase tras frase un texto que desafía las categorías narrativas tradicionales. Inclasificable en la taxonomía de los géneros.
En esa ineludible manía que tenemos por reducir cualquier realidad a la manejable dicotomía, encontramos dos tipos de escritores: quienes agarran un tema y se ciñen a su oficio al modo de un burócrata o aquellos otros que encuentran en la escritura, no sin lecturas ni sin vida, la necesidad de purgar alguna desazón existencial. Sin obsesión no hay genio. Los grandes escritores no han sido los productores de novela histórica, Memorias de Adriano, o Yo, Claudio son mucho más que novelas históricas, las escritoras de sagas cursis, el deformador de la vida de otros escritores, aquellos que regurgitan lo leído sin que aparezca en su obra un ápice de memoria humana, de nudo existencial, de propuesta metafísica. Rafael Soler escribe desde el centro mismo de su propio nudo gordiano; se aprecia un yo que se purga, poiesis mediante. En sus poco convencionales 31 capítulos, desde un punto de vista orgánico, hay algo más que una tendencia a la generación de una estructura fija: a. diálogo convencional introducido por guiones largos; b. voz de narrador y c. apuntes personales (diario de Isabel, hija, cintas de Rosario, madre). Aunque breves, cada capítulo se debe a esta norma constructiva.
Matizamos: en primer término, a. El diálogo convencional no tiene nada de convencional; conversaciones vibrantes, juegos de palabras, hipérbaton naturalista, redundancias, “tradicionales tradiciones”; “Está hecho un chaval. Cascarrabias, pero un chaval está hecho tu padre”; “Lo bueno de ser de la familia, es que eres de la familia”; diálogos de línea corta, mordaz, coloquial, los cuales, rizando el rizo, podrían recordar perfectamente a diálogos de novela picaresca o de La Celestina, porque en la buena literatura retumban las voces de los clásicos, merece la pena la cita larga:
“Cobardón. / Bueno. / El cobardón de mi hijo, que le gustan las distancias cortas y luego se acojona. / Moscardón del padre buscándome las vueltas. / Las que hagan falta. Y si pica, te rascas. / Ya me rasqué bastante, papá. Dejémoslo. / Ahora no, ahora seguimos hasta el final. / Ya me gustaría. / Tú que eres tan listo, no te quejes y pregunta. / Mira que voy. / Mira que vengo. ¿A qué esperas? Distancia corta, sin faltar, adelante, aprovecha”.
Así que, desde la misma apertura del primer capítulo, desde el primer diálogo se sitúa al lector en el centro de la dinámica familiar de los Cortázar. En segundo lugar, b. La voz de narrador omnisciente, un narrador omnisciente, narradora de hecho, por más señas, que es sorpresa dilatada hasta casi el final de la novela y que desde luego no se desvelará en esta reseña; pero los párrafos narrativos se ven trufados de diálogos fragmentados, estilo directo sin marca tipográfica ni locución conjuntiva, en ocasiones, casi un torrente de conciencia, sin una extensión suficiente que lo consume, excursos narrativos, introspecciones psicológicas y episodios de estilo indirecto libre que desdibujan las fronteras entre el autor omnisciente y los pensamientos de los personajes. A través de la historia de los Cortázar, burgueses ma non troppo, por las excentricidades que iremos descubriendo, ¿de costumbres conservadoras?: “domingo de misa y sesiones de radio Telefunken”, p. 32, la novela entreteje reflexiones sobre la familia, la memoria y la identidad, mientras juega con los límites de la forma narrativa y el lenguaje, en un despliegue pletórico de recursos bien encubiertos, nunca cansinos o groseramente visibles.
La tercera parte de los capítulos, c. “Apuntes personales”, está reservada en su mayoría a fragmentos del diario que va escribiendo Isabel (hija), en una progresiva disgregación discursiva que no es otra cosa que el reflejo de la propia disgregación psicológica, caos y dislocación. O bien, a las cintas que graba su madre, Rosario, también a modo de diario. O se reserva esa última parte del capítulo para interpolar, entre otros textos en apariencia más o menos pertinentes, un fragmento de guion escrito por Carlos, porque el hijo de los Cortázar es escritor, sin que sepamos hasta dónde alcanza; en ocasiones teoriza: “… poema desahogo, que son los mejores” o se nos transcribe un poema en notación paragráfica: “Un cántaro cualquiera puede salir de su tristeza / y con un brindis darse a la bebida // de trago en trago recobrando la estima que perdió…” Se nos aclara: “Un poema con intención, quizá un poema escrito desde las bambalinas del alma de Carlitos, porque la poesía así funciona”; las llamadas directas al lector escasean: “Tú con eufemismos, con metáforas, con prisas que inquieten al lector para que siga leyendo” (p. 182).
En el capítulo 23, la pistola recién descubierta en la narración comienza a cobrar su dimensión; dialogan hijo y padre: Carlos: “Es, es… ¡una pistola!” Aníbal: “Mi pistola. Procedo a las presentaciones”. “Mi pistola, Carlos”.
Referencias culturales se esparcen o se aglutinan en un párrafo: en un fragmento del diario de Isabel (la hija anglicana que termina renegando de cualquier religión) nos topamos con La Guerra de las Galaxias, Blade Runner. Y el siguiente capítulo (21) referencias políticas y culturales: las olimpiadas de Barcelona, Iñaki Gabilondo, Francisco Molina, Santiago Carrillo. Los Shadow se citan en varios momentos, convirtiéndose casi en soundtrack de la narración. La canción Wonderful Land. La cantante Sylvie Vartan. Referencias políticas (Suárez, González…), hechos concretos que servirán, como veremos, de marcadores temporales como, la entrevista hecha por Milá a Suárez (p. 125); Diario 16, Alfonso Guerra. En 1986 Chus Viana fue el encargado de dirigir la campaña electoral del CDS en las elecciones generales de España de 1986. En texto interpolado al final del capítulo siete, TRÍO DE MIRLOS, en cursivas, como todas las interpolaciones de final de capítulo: “le gustaría… vivir un lance parecido al que con tanta solvencia remató Robinson en El rey del juego, sus ojillos de bribón anticipando un farol que resultó ser escalera de color, la jota de diamantes por verdugo y Cincinnati Kid a la cuneta“. Nos refiere a la película de Norman Jewison (1965), con Steve Mc Queen y el citado Edward G. Robinson, cuyo título original es Cincinnati Kid y que en español se tradujo como El rey del juego (p. 72).
En este caso el póker, en otros, el alcohol, ayudan a generar la atmósfera: “Dime cómo bebes y te diré quién eres”. El Jefe, Aníbal (padre de los Cortázar), “se aficionó al coñac”, “Doña Rosario está abonada al anís. Lo descubrió en Castellón, cuando llegaron a casa tres botellas con una felicitación por tanta venta de colchones, enhorabuena, don Aníbal siga así”. “Carlitos frecuenta la fuerza tranquila, y frecuenta la ginebra… en vaso ancho y acompañada por tónica, porque los gin-tonics de Carlitos son siempre un anticipo de cuanto llegue luego, el teclado listo, la inspiración ausente pero que me pille trabajando” (p. 115).
El tiempo narrativo, sus giros, las analepsis y prolepsis, nada obliga al lector a ningún esfuerzo, porque los sucesos históricos nos ubican pertinentemente: el plebiscito de la Constitución española (1978), el fallido golpe de Estado del 23-F de 1981), los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York (11 de septiembre, 2001) este último hecho cobra una dimensión alegórica en la novela, etc. La intrahistoria de los Cortázar queda enmarcada en la Historia, así, con mayúscula, como provocadoramente se usa en la novela. El humor, humorismo habría que decir, inteligente, ácido y hasta vacilón transita de cabo a rabo en este texto, en lo intrahistórico y en lo histórico, sin dejar de ejercer su transfiguración ni en los hechos más controvertidos. Lo grave cobra dimensión de ingravidez. Provocación.
Soler juega constantemente con el registro coloquial, que a menudo se convierte en un medio para rescatar palabras en desuso, donde lo presuntamente vulgar se reinterpreta en una suerte de neotecnicismo. Expresiones como “la murga de vivir” o términos como “ozonopino” se transforman en descubrimientos léxicos que catapultan la memoria de una generación.
El diálogo, con su inmediatez y mordacidad refuerza el realismo de las interacciones familiares, las digresiones narrativas y los fragmentos poéticos introducen una dimensión reflexiva y literaria. En este sentido, la obra funciona también como una meditación sobre el acto mismo de narrar. Imposible pasar por alto la raigambre poética del autor, su amasar el lenguaje con la maestría con la que muy pocos autores y autoras de relumbrón editorial saben o pueden hacer.
Rafael Soler crea una obra que es al mismo tiempo un retrato íntimo y exploración universal de la memoria, la identidad y la herencia emocional. Invita a ser leída con atención, paladeando cada línea, convirtiéndonos en cómplices o intrusos. En las dieciséis líneas del último capítulo, el 31, colofón sin la estructura de los treinta anteriores, desde el fondo de su caja, la excéntrica narradora nos lo advierte: “La vida es un atropello consentido” cláusula que había aparecido en momentos anteriores de la novela, como en boca de Carlos (p. 82).
