El término antisemitismo fue inventado hacia finales del siglo XIX por Wilhelm Marr en un libro en el que el autor identificó a los judíos como miembros de una raza, la raza semita, en vez de simplemente seguidores de una religión, el judaísmo. Sin embargo, aunque el término es relativamente reciente, el fenómeno en sí es antiquísimo. De hecho, es uno de los prejuicios más antiguos y persistentes de la historia humana.
La figura de la mitología griega, Proteus, o el Viejo del Mar, era capaz de cambiar su forma para escapar de sus enemigos. Se emplea el término proteico para describir un fenómeno que cambia su apariencia exterior constantemente y carece de una forma estable. Es un término muy apto para describir el cambiante fenómeno del antisemitismo, un odio ancestral que ha demostrado su enorme capacidad de modificar sus formas y expresiones y adaptarse a las cambiantes circunstancias sociales e históricas.
En el segundo siglo antes de Cristo, en lo que puede ser el primer ejemplo registrado de persecución religiosa en la historia, el rey Antiochus IV desató un ataque feroz contra aquellos judíos que rehusaron aceptar una radical y totalitaria helenización e insistieron en seguir practicando su religión y en mantener sus tradiciones. Como otras versiones históricas de ‘ilustración’, la ilustración griega o helenística demostró una fundamental intolerancia al topar con una creencia religiosa que no encajó con su visión particular de la realidad. La victoriosa rebelión macabea salvó al judaísmo de este temprano intento de eliminar la religión monoteísta del mundo en el nombre de un supuesto progreso intelectual y cultural.
La persecución del pueblo judío basada en criterios religiosos volvió a manifestarse en los primeros siglos de nuestra era. Aunque los cristianos teóricamente siguieron a un líder carismático judío, cuya familia y todos sus tempranos seguidores eran también judíos, la Iglesia Católica pronto desarrolló una animadversión hacia los judíos, culpando a todo el pueblo judío de la ejecución de Jesús, una ejecución que en realidad era la consecuencia de la colaboración de unos líderes religiosos corruptos con las autoridades romanas. El antisemitismo promovido por la Iglesia cristiana, resultó en incontables atrocidades, incluyendo los pogromos o masacres de judíos en Rusia y los países del Este de Europa.
En 1096, cuando se inició la Primera Cruzada para liberar los lugares sagrados de la Tierra Santa del control de los musulmanes, los participantes aprovecharon la oportunidad para matar a un gran número de judíos en el norte de Europa, sobre todo en la zona noroeste de Alemania, antes de emprender el viaje hacia Palestina.
En la Península Ibérica, la Inquisición Española desató una persecución enfermiza y paranoica de la población judía y los conversos sospechosos de seguir practicando su fe judía en secreto, una persecución que culminó en su expulsión de España en 1492. Aunque esta expulsión ha contribuido a la leyenda negra española en el extranjero, la realidad es que otros países, como Inglaterra y Francia, habían expulsado su población judía antes que España. Las expulsiones se debieron a prejuicios religiosos pero también, ofrecieron a los monarcas europeos una espléndida oportunidad de no devolver el dinero que les habían prestado los judíos que vivieron en sus reinos.
Tristemente, el antisemitismo fue un factor importante en las iglesias cristianas durante muchos siglos. Martin Lutero era un antisemita feroz y, hasta hace relativamente poco, los católicos solían rezar por la conversión y salvación de los “pérfidos judíos.” Afortunadamente, hoy en día, la actitud de la Iglesia hacia el mundo judío ha cambiado radicalmente. La publicación en 1965 del documento Nostra Aetate marcó el comienzo de una nueva relación de amistad y mutuo respeto entre las dos religiones monoteístas. En una frase que hubiera sido inconcebible unos años antes, el Papa Juan Pablo II describió a los judíos como “nuestros hermanos mayores en la fe”.
En la Edad Media, la peste negra ofreció otra excusa para atacar a los judíos, esta vez una creencia médica totalmente falsa. Al observar que la incidencia de esta terrible enfermedad era un poco menor entre la población judía, los cristianos culparon a sus vecinos judíos de la pandemia y les asesinaron en masa. La realidad es que la menor incidencia de la peste negra entre los judíos se debió a los frecuentes lavados de manos prescritos por su religión. Los pobres judíos pagaron un precio muy alto por su superior higiene.
En el curso de la historia, los antisemitas han demostrado una capacidad asombrosa de encontrar motivos, muchas veces basados en fantasías o mentiras, para expresar su odio contra el pueblo judío. Durante la época medieval, los llamados libelos de sangre, rumores infundados sobre el sacrificio de niños cristianos por parte de los judíos con el fin de usar su sangre para fabricar el pan ácimo que comieron durante la celebración de la Pascua Judía, animaron a la gente a atacar y masacrar a sus vecinos judíos.
Otro factor que promovió el antisemitismo tuvo que ver con el tema del dinero. En la Edad Media la posesión de tierra por parte de los judíos estaba prohibida. Tampoco se les permitió practicar la mayoría de las profesiones. Uno de los pocos ámbitos que les quedó fue el mundo de las finanzas. Puesto que la Iglesia prohibió la práctica de prestar dinero a cambio de cobrar intereses, una práctica que la Iglesia consideró usura, alguien tuvo que asumir este papel para que la economía funcionara. Este rol fue asumido por los judíos, cuya religión no prohibió el préstamo de dinero y el cobro de intereses. Predeciblemente, la excepcional capacidad de los judíos de manejar las finanzas eficientemente provocó la envidia y odio de sus compatriotas cristianos, una envidia que aumentó la animadversión hacia este pueblo.
En el siglo XIX se añadió el tema de la raza al motivo económico del antisemitismo. El antisemitismo racial, la creencia de que los judíos pertenecieron a una raza inferior, culminó en el Holocausto Nazi. En el curso de esta persecución, la peor de la larga y dolorosa historia del antisemitismo, aproximadamente 60 % de los judíos europeos fueron asesinados en los campos de exterminio. A los Nazis les daba igual si un judío era practicante o no había pisado una sinagoga en su vida. Tampoco les importó si un judío era rico o pobre; su destino fue el mismo, la muerte.
Actualmente, parece que el mundo occidental ha perdido la vergüenza que mantuvo este odio antiquísimo tapado o silenciado durante aproximadamente setenta años tras el holocausto y, este prejuicio irracional está en auge otra vez. Como dijo el personaje de la obra de teatro de Bertold Brecht, La Resistible Ascensión de Arturo Ui, “la perra que le dio a luz está en celo otra vez.”
Ya el antisemitismo no se limita a la derecha política. Al contrario, hoy en día este fenómeno está quizás más extendido y es más feroz en la izquierda. Tampoco se limita a gente con un nivel cultural bajo. En el caso de cientos de miles de estudiantes de las universidades de élite de Estados Unidos, y los jóvenes de muchos países occidentales, la simpatía y compasión hacia las víctimas de la masacre del 7 de octubre de 2023, la peor matanza de judíos desde el Holocausto, duró pocas horas. En seguida, se manifestaron, gritando eslóganes como “desde el río hasta el mar, Palestina será libre”. Cuando unos entrevistadores les preguntaron de que río se trataba, no tenían la más mínima idea. Sin embargo, su asombrosa ignorancia sobre los complejos problemas del Oriente Medio y su enrevesada historia no les inhibió mostrar una abierta hostilidad hacia Israel, una animadversión simplista y agresiva que careció totalmente de matices. Aunque criticar el comportamiento del estado de Israel es totalmente legítimo, y de hecho, es compartido por muchos judíos, esta crítica, al principio aparentemente restringida hacia la política del estado israelí y su actividad militar en Gaza, Cisjordania y el Líbano se transformó muy rápidamente en un antisemitismo abierto. El aumento del número de episodios antisemitas en el mundo occidental es alarmante. En los primeros tres meses, tras la masacre de octubre 7, hubo un incremento del 360% de incidencias antisemitas en Estados Unidos. Se está notando el mismo fenómeno en muchos países europeos.
Es muy importante reconocer que la historia nos enseña que el antisemitismo es un aviso de que algo va muy mal en la sociedad, y es un fenómeno que suele extenderse a otras minorías si no se corta rápidamente. El peligro no suele restringirse a los judíos sino que se extiende, tarde o temprano, a otros grupos. Como dijo el pastor protestante Martin Niemöller, “primero vinieron a por los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. Luego vinieron a por los socialistas y no dije nada porque yo no era socialista. Luego vinieron a por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista. Luego vinieron a por los judíos y no dije nada porque yo no era judío. Al final vinieron a por mí y no quedó nadie que podía hablar por mí.”
Llama la atención la extraordinaria habilidad del antisemitismo de adaptarse a cualquier circunstancia histórica y de inventar constantemente nuevos motivos para justificarse. Más allá de las numerosas excusas aprovechadas por los antisemitas a lo largo de la historia, la tradición judía ofrece una explicación más profunda que subyace a este odio milenario. Observando la cercanía entre la palabra que significa odio en hebreo (sina) y el nombre hebreo del monte donde Dios reveló los diez mandamientos (sinai), la mística judía sugiere que el odio exhibido hacia el pueblo judío representa, en el nivel más profundo, el rechazo de Dios y de cualquier limitación moral.
El mismo Adolf Hitler compartió esta opinión. En sus propias palabras: “La conciencia moral es una invención judía. Como la circuncisión, mutila al hombre.” Si queremos que la luz del monoteísmo ético, el regalo inestimable que recibimos de los judíos, no se apague nunca, tendremos que defender al pueblo judío contra la agresión e intolerancia de los antisemitas, una violencia que está dirigida no solamente contra los judíos sino contra nuestra civilización entera, una civilización basada en los valores judeocristianos.
