UN INSTANTE

EL INSTANTE ETERNO

Hay veces que los instantes no se nota que lo son porque el instante en sí mismo es algo ya quieto, petrificado. Lejos de congelar un movimiento podría ser un conglomerado de muchos, muchos minutos, horas, incluso años, todos congelados. Se capta una imagen, por ejemplo ésta, en la tienda de una gasolinera, como robando tiempo al tiempo y nada hace pensar que se paró ese instante sólo para ti. Y sin embargo, sí. Es nuestra mente la que lo detiene y, definitivamente, convierte un detalle en un instante eterno.

La Epifanía es una espera en sí misma, una revelación. Algo tenían en común esos pequeños reyes que nos adelantaban otro párvulo descubrimiento, cuando se despojaba el papel de plata y aparecía el chocolate. Ahí terminaba un poco la magia, es verdad. Por eso, a veces, se quedaban vestidos, sin comer, permanentemente colgados del árbol de navidad. Al final, uno recibe muchos ejemplos en la vida de que lo imaginado, lo que se postpone, a veces es mejor que la realidad. Estos reyes, envueltos siempre en papel plateado o dorado, eran los dulces asequibles que prometían mayores tesoros que habrían de llegar en la noche del cinco al seis de enero. Su origen no es tan lejano, comenzaron a venderse en las pastelerías de barrio a mediados del Siglo XX en España.

Sí, son algo muy nuestro que se extendió en países de América Latina como México, Argentina, Uruguay, Colombia, Puerto Rico… Son esos mismos reyes sonrientes sin camello, como estos que nos miran ahora mismo, desde un reluciente papel y con capas cada uno de diferente color. Esa era la clave de lo extraordinario, porque el brillo del papel de plata llevaba a pensar en algo precioso, mágico y real; algo que nos anunciaba la fiesta, y elevaba el porte de los chocolates en una industria que en esos años 40 y 50 del siglo pasado comenzó a abaratarse en nuestro país. Realmente el chocolate se convirtió en un dulce asequible, era otra forma de ofrenda, algo barato bajo el papel, pero deseado. Igual que los Reyes, que traían oro, incienso y mirra, objetos preciosos, cargados de significado pero no de primera necesidad, así estos otros Melchor, Gaspar y Baltasar, los de chocolate, se ofrecían en sí mismos como un lujo prescindible. Un alimento no básico y, sin embargo, lleno de magia.

Magia es lo que necesitamos en este momento. Tal vez quedó derretida como un chocolate manoseado en las manos de una persona sin ganas de dulce, ni de brillo, ni papel de plata. Por eso vienen aquí estos reyes, en este instante, porque tal vez ellos puedan entender más rápidamente nuestros deseos, esos que no quedaron escritos en carta, pero son golosos, magníficos, y tremendamente reales. Pueden ser deseos baratos, como el chocolate de la panza de un rey mago. Su corona, además, es de cartón pero ellos sonríen, y mucho, y miran de frente.

En este momento tienen tiempo, no están cansados, tal vez ni estén cerca de sus camellos. Están ahí, de pie, antes de ir a otro lugar. Aprovecha este instante. A ellos se les puede pedir lo que salga de tu corazón porque te miran y te escuchan. Se les puede pedir incluso un nuevo talante para aprender a mirar y escuchar como ellos; ganas de chocolate si eso para ti simboliza la ilusión.

Si es así, pídeles ganas de mancharte la cara, muchas ganas de embadurnarte las manos y los carrillos, ganas de reír y volver a reír con los demás.