EL JUBILEO BÍBLICO, CONTENIDO Y HORIZONTE

EL JUBILEO BÍBLICO, CONTENIDO Y HORIZONTE

Este año 2025 es, para la Iglesia católica, un Año Santo. Los medios de comunicación se han hecho eco recientemente de algunos ritos vinculados al jubileo, como la apertura de la puerta santa de la basílica de San Pedro, el pasado 24 de diciembre. Desde Roma, el impulso celebrativo pretende alcanzar a la Iglesia universal a través de las comunidades locales, dando lugar a un movimiento de renovación y perdón. Resulta fundamental comprender que el contenido del jubileo no se limita a la realización individual de ciertos gestos religiosos; las raíces bíblicas de este acontecimiento permiten percibir su profundo alcance espiritual y social. Así lo pone de relieve la bula de convocatoria jubilar, Spes non confundit, promulgada por el papa Francisco, el 9 de mayo de 2024.

El trasfondo existencial del jubileo

El jubileo nace en el seno del pueblo de Israel y su regulación aparece consignada en varios libros del Antiguo Testamento, particularmente en el Levítico: «Entonces harás tocar fuertemente la trompeta (…). Y santificaréis el año 50, y pregonaréis libertad en la tierra a todos sus moradores; ese año os será de jubileo» (Lv 25,9-10). El sonido del shofar, un cuerno de carnero, resuena en los oídos de la comunidad judía como llamada a reavivar la conciencia de ser un pueblo santo, propiedad del Dios Santo, destinado a realizar obras también santas que restauren una identidad siempre amenazada por las grietas que causa el alejamiento del proyecto de Dios.

Aunque las dimensiones básicas del jubileo se encuentran codificadas con cierto detalle, su trasfondo último tiene un carácter netamente existencial. El sonido del shofar recuerda el sueño original del Creador, que el pueblo fisura una y otra vez pero que Dios mismo ha prometido llevar a plenitud con la libre adhesión de los israelitas. Más que de cumplir una serie de acciones de corte ritual, se trata entonces de hacer memoria y de actualizar la vocación auténtica del pueblo de la alianza.

Los primeros capítulos del libro del Génesis, en su intento de explicar el origen del mundo, dejan ver que la voluntad divina consiste en convocar a la vida a la diversidad de las criaturas, invitándolas a la complementariedad y a la comunión. Entre ellas no existe competitividad ni amenaza porque, en su diferencia, cada una tiene su propio espacio y todas ellas son reconocidas por Dios como esencialmente «buenas». El ser humano, creado en el día sexto, no solo es «bueno» sino «muy bueno» (Gn 1,31), y es quien recibe el cometido de llenar la tierra y de acompañar el crecimiento de los demás seres vivos.

Sin embargo, ya desde el principio varón y mujer comenzarán a situar sus opciones en una órbita diferente del encargo de Dios, de modo que la libertad humana empieza a poner obstáculos a la realización del plan divino. La historia de Israel, prototipo de la historia de la humanidad, va acumulando escenas de una violencia que provoca pobreza, opresión y servidumbre dentro del pueblo. La tierra, diseñada para ser casa de todos, se convierte en posesión de los más fuertes, que se adueñan también de aquellos bienes que habían sido destinados a cubrir las necesidades de la comunidad entera. De este modo se multiplican las situaciones de injusticia, de deudas impagables, de esclavitud entre hermanos.

Las cuatro claves del jubileo bíblico

Es precisamente en este marco donde el jubileo encuentra su sentido. Las cuatro claves de este acontecimiento tratan de ofrecer cauces concretos para recrear la relación con Dios a través de la relación con los seres humanos.

a) El descanso de la tierra

Una primera prescripción característica del jubileo consiste en deja descansar a la tierra: «Seis años sembrarás tu tierra, y seis años podarás tu viña y recogerás sus frutos. Pero el séptimo año será de reposo solemne para la tierra, reposo para el Señor; no sembrarás tu tierra ni podarás tu viña» (Lv 25,3-4).

A primera vista, puede parecer una norma fuera de lugar en una cultura agraria cuya supervivencia depende en gran medida de las cosechas obtenidas. Sin embargo, Israel sabe que su Señor es «amigo de la vida» (Sb 11,26), de modo que el pueblo ha de descifrar en este precepto una expresión, quizá paradójica, del amor que provee.

Dejar los campos en barbecho implica, en primer lugar, reconocer que la tierra es un don recibido al que es necesario cuidar, y no un derecho adquirido al que se pueda exprimir sin medida. Como consecuencia, las cosechas que se logran gracias al trabajo humano y al soporte de la tierra constituyen un recordatorio de que toda fecundidad procede de Dios. De hecho, incluso durante ese año jubilar en que las labores se detienen, los campos ofrecen frutos espontáneos que llevan a agradecer la providencia divina. Y, al mismo tiempo, esos bienes recibidos gratuitamente permiten a los más pobres disfrutar de ellos, de manera que las relaciones sociales encuentran un cierto reequilibrio.

b) Redistribución de las propiedades

Según relata el libro de Josué en los capítulos 13-21, cuando el pueblo de Israel conquista Canaán, Dios divide la tierra prometida entre las tribus: «El Señor les dio a los israelitas todo el territorio que les había prometido bajo juramento a sus antepasados y ellos se establecieron y vivieron allí. El Señor les dio paz con todos los pueblos vecinos, exactamente como lo había jurado a sus padres» (Jos 21,43-44). La tierra, así entendida, no es patrimonio personal sino de la comunidad, del clan. No obstante, a pesar de este proyecto de convivencia pacífica, desde el principio comienzan las desavenencias tanto entre hermanos como con los grupos circundantes, de modo que la propiedad de los territorios se ve alterada.

La llamada jubilar implica un ejercicio de memoria del plan primitivo, donde todos tenían lugar. Por eso, Dios exhorta a repartir nuevamente la tierra, reconstruyendo así el mapa primigenio. Esta medida pone a cero los contadores y abre de nuevo el futuro a quienes han ido quedado desplazados como consecuencia de la debilidad, la desgracia o la pereza. La redistribución de las tierras recuerda que su verdadero dueño es Dios, mientras que los seres humanos no hacen sino administrarlas, y al mismo tiempo posibilita que las relaciones entre tribus retornen a la igualdad querida por el Creador.

c) Liberación de los esclavos

Los dos aspectos anteriores, vinculados a la tierra, encuentran su correlato más personal en la tercera clave del jubileo bíblico: la liberación de los esclavos. Según el plan de Dios, si la tierra y sus cosechas estaban destinadas a todos, cada cual debía gozar de responsabilidad y libertad. La realidad, evidentemente, fue discurriendo por caminos muy diferentes, y así se generaron en el seno del pueblo relaciones de servidumbre. Por eso, el jubileo conlleva romper toda dinámica de opresión para que cada persona recupere la posibilidad de vivir como hija y hermana: «Pondréis en libertad a todo hebreo que se hubiere vendido a ti, el cual te habrá servido seis años; lo dejarás ir libre» (Jr 34,14).

Al liberar a los esclavos, los israelitas son exhortados a reconocer que todos ellos proceden de la misma fuente, como imagen y semejanza de Dios; por lo tanto, cada miembro de la comunidad ha de ser tratado como «sujeto», incluso aquellos que se encuentran más desfigurados, sea por la enfermedad o por otras circunstancias de la vida. Esta práctica alberga en sí misma la denuncia de formas de relación y organización basadas en el poder, que someten y cierran a otros el futuro.

d) El perdón de las deudas

El último elemento diferencial del jubileo bíblico representa un nuevo resorte del movimiento hacia la vida de toda la comunidad. No solo hay que redistribuir las tierras y sus frutos, no basta tampoco con otorgar la libertad a los esclavos; es necesario, además, que cada cual pueda verse libre del peso de las deudas contraídas, a fin de que el porvenir sea una posibilidad real y no un escenario inalcanzable en la práctica.

«Esta es la manera de la remisión: perdonará su acreedor lo que hubiere prestado a su prójimo; no lo demandará más a su prójimo ni a su hermano, porque es pregonada la remisión del Señor» (Dt 15,1-2).

La condonación de las deudas supone un indicador del carácter social y político de la libertad e implica una insistente llamada a promover la justicia. Pero, al igual que las claves anteriores, también aquí encontramos un subrayado particular del rostro bíblico de Dios: aquel que no lleva cuenta de los delitos, aquel que infunde respeto gracias a su perdón infinito y al derroche de su misericordia.

Una utopía que sigue atrayendo

Tal y como lo encontramos descrito en la Escritura, el jubileo bíblico funcionó como utopía pero no hay indicios de que llegase a existir plenamente. Constituía, sin duda, un horizonte hacia donde caminar para vivir de manera más acorde con el proyecto de Dios, un recordatorio cíclico de los aspectos personales y sociales que era preciso transformar para que la conversión diera frutos reales de justicia y de misericordia. No obstante, el contenido de los cuatro pilares mencionados es de tal calibre que no parece extraña la resistencia de Israel a la hora de poner en práctica los preceptos contenidos en sus libros sagrados.

Pasarán cientos de años hasta que un sábado aparentemente cualquiera Jesús de Nazaret entre en la sinagoga de su aldea y, al hacer la lectura, encuentre el pasaje del profeta Isaías donde está escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva. Me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19). Sigue narrando el evangelista que en la sinagoga todos le miraban con gran atención, y él se atrevió a decirles: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír» (Lc 4,21).

La existencia de Jesús, consumada en su muerte y resurrección, es la realización plena de la promesa a la que apunta el jubileo bíblico. Pero la realidad que su vida introduce en la historia es todavía un proceso que se va desarrollando lentamente hasta que alcance su plenitud.

En un mundo como el nuestro, marcado por el maltrato que infligimos a la tierra, la distribución injusta de los recursos, la tiranía económica, la deuda externa, la esclavitud infantil y tantas otras formas de servidumbre, el jubileo no puede reducirse a ciertos ritos espiritualmente confortables. Para los católicos, pero también para todas las personas que  trabajan por la justicia y la hermandad, esta tradición milenaria constituye un potente estímulo en la tarea inaplazable de construir un mundo más humano.