UN INSTANTE

EL TREN PARALELO

En Seúl hace mucho frío cuando empieza el año. El metro es casi un lugar donde resguardarse y avanzar bajo tierra a toda velocidad, sin resbalones en las aceras heladas del exterior. Estoy de pie y observo frente a mí. Puedo hacerlo, e incluso tomar una foto sin cuidado porque nadie percibe mi curiosidad. Hay junto a mis pies un suelo que podría ser color césped gallego, o asturiano, cuando no ha habido lluvia en tiempo pero la hubo, y la tierra fértil saluda al rocío de la mañana, y todo está fresco alrededor. Arriba, frente a mí, cuelgan unos tiradores que bailan solos, perfectamente alineados, como los cuerpos sentados vestidos en negro mirando hacia abajo. Los mapas pegados en las paredes muestran las estaciones del tren. Más allá, hay ventanas y puertas cerradas que van a dar a un exterior interno, sin luz, apenas un pasadizo por el que transcurrir velozmente hacia otro lugar. Todo es real.

Podrían ocurrir muchas cosas en este escenario anodino, pero no. Eso es lo triste en este instante: la aventura que uno pierde en vivir porque, sin más, la mente y la realidad ocupan lugares distintos. Cada persona está viajando en un tren paralelo, uno que no se mueve entre túneles de hormigón sino por laberintos de pantallas e información infinita. Ahí está la risa de las personas de negro, su risa y lo que les queda de curiosidad está en las aventuras de los demás.

El metro avanza con una velocidad medida, pero la mente, en contraste, no tiene límite: salta de pensamiento en pensamiento, recorriendo distancias emocionales y virtuales en segundos. Es una carrera desigual. Mientras el cuerpo está fijo, la mente queda atrapada en un movimiento perpetuo que llena vacíos. Y así es, todo está vacío hasta el agotamiento, como la chica que se apoyó en el hombro de su pareja.

– Hola, ¿Cómo te llamas? Imagino decir. ¿Qué tal va el día?

– Estoy cansada, me diría. O tal vez no encontraba un adjetivo, sólo emitiría un sonido sordo.

Todas las ciudades hiperconectadas del mundo se parecen, como si fueran las familias felices de un cuento de Tolstoi. Les une esa forma única de despegarse de la realidad, olvidarla, ningunearla, y sin embargo, todo ello deriva en aislamiento, incomunicación, sueño, y entonces la felicidad y la infelicidad en la sociedad global pierde sus márgenes, tal y como los conocemos.

¿Hasta qué punto somos conscientes de lo que ocurre a nuestro alrededor? La realidad física se convierte en algo irrelevante, es más, desaparece, se vuelve borrosa cuando las mentes consumen los micro dramas digitales e imágenes de otras situaciones alternativas. Nadie sabe de la textura del asiento, el sonido del vagón o cómo está el vecino de enfrente.

La vida es lo que ocurre a la velocidad del tren en el que estamos sentados. El vagón nos lleva de un punto a otro por un trayecto claro y finito. Pero el tren mental no tiene una dirección, puede acelerar hacia la ansiedad o la distracción, o frenar en el refugio de algo que puede parecer una pequeña ilusión. ¿Estamos preparados para convivir con esta dicotomía?

Corea del Sur enfrenta una crisis de aislamiento social, especialmente entre los jóvenes.

Se estima que más de 350.000 personas entre 19 y 39 años viven recluidas en sus hogares, muchas veces sin contacto significativo con otras personas. Este fenómeno, conocido como hikikomori, está vinculado a factores como la presión académica, el desempleo juvenil y la ansiedad social. Es esa ansiedad social de lo que hablamos.

La destreza en la conexión virtual es más fácil que la socialización real porque, como en esta secuencia incipiente que vemos, se olvida qué es interactuar con los demás. Se mira hacia abajo, sin ver que el verde es el color de la esperanza y está ahí mismo, tocando los pies, que quieren empezar a caminar de otra manera.