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ENTRE EL BARRO Y EL CARTÓN

En nuestra tradición navideña, el nacimiento nos mostraba a los animales que se dirigían o estaban tranquilamente en el portal de Belén. Hemos crecido observando la paciencia inquebrantable de la mula y el buey, andamios casi de la tradición, representantes de la humildad y la constancia en su acompañar al niño en el pesebre. Así las ovejas, acompañaban a los pastores, los camellos y dromedarios eran los animales sobre los que se asentaban los Reyes Magos y posibilitaban la magia del acercamiento, la ilusión. El burro, peregrinaba con José y María, así las cabras, las gallinas, las aves en general. Los perros, acompañando a los pastores desarrollaban su faceta de guardianes del rebaño. Cada cual tenía su misión.

El nacimiento me hizo pensar en los animales ahora, aquellos de las ciudades que no viven domesticados, por ejemplo, los gorriones, las palomas, las ratas y los ratones, los insectos, los peces… Luego, menos presentes, las gaviotas, las ardillas, los zorros o los mapaches, los murciélagos… Pero, en realidad, los animales de referencia en las ciudades son aquellos que se han adaptado al contexto humano. No hablamos de los perros y los gatos callejeros sino de los que cohabitan y comen comida de supermercado.

Estamos acostumbrados a verlos pasear en cochecito, son animales a los que se lleva a socializar en actividades con otros perros y gatos, a razón de 50-70 euros la sesión. Tienen piscinas de bolas, parques para ellos, hoteles con habitaciones individuales y cámara de vigilancia a distancia; disponen de lugares de diversión, complementos de lujo y hasta terapeutas. Se calcula que en 2027, en todo el mundo, los dueños de animales domésticos se gastarán en comida para sus mascotas un total de 359.000 millones de dólares.

En los cuentos, los perros, a veces siguen siendo callejeros, comen las sobras; los gatos adornan escenas de tardes de costura y manta en la casa de una vecina. Eran, igual que los seres humanos, más fuertes, menos frágiles. Los animales del nacimiento, en cambio, siguen siendo lo que eran, las figuritas más cercanas. Tal vez, en su pequeñez, agrandaban aún más, si cabe, la proximidad de todo cuando ocurría, y al tiempo que acercaban un misterio, lo llenaban de cotidianidad. La belleza entre el polvo, los regalos y el asombro, el frío y la búsqueda de acomodo en un portal de Belén. La infancia también, en su pequeñez, empatizaba sin problema con la gallina y el cestito de los huevos, la oveja y las cabras; el río y su caudal, en papel de plata o con agua de verdad. Una escena de la vida que fluye; movimiento. ¡Qué algarabía! Tal vez este escenario en Belén cobra especial relevancia en el inicio de este año 2025. ¿Qué ocurre cuando es fuego lo que trae el aire, por ejemplo, en Los Ángeles? Todo se quema. Los seres vivos e inertes se confunden. Caen calcinadas las paredes de una casa, y de su interior, las jarritas de porcelana y los vasos de papel, los tejados, los televisores, también las mascotas, y hasta uno mismo. Hoy, tal vez, al guardar las figuritas hasta el año que viene, el calor del fuego y el desastre de la naturaleza nos hace pensar en la vida de los animales comunes, esos de la calle que no tienen gafas de sol ni collares pero se ponen muy contentos cuando un anciano les tira migas de pan, casi como en los tiempos del portal de Belén.