El proyecto de Jurgen Habermas, ¿un noble fracaso?

El día 14 de marzo del 2026 murió, a la edad de 96 años, uno de los filósofos más importantes e influyentes del último siglo, el pensador alemán Jurgen Habermas. Nació en Dusseldorf en 1929 y pasó su juventud bajo la tiranía Nazi, una experiencia que marcó su vida y su proyecto filosófico y político. Tuvo la determinación de fortalecer el estado liberal democrático, un estado que, en su juventud, él vio caer en manos de gente siniestra y fanática, con consecuencias desastrosas para Alemania y para el mundo entero.

Era un miembro destacado de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt donde trabajó durante varios años como ayudante de Theodor Adorno, uno de los fundadores de esta escuela. Los pensadores de esta escuela intentaron explicar cómo la promesa emancipatoria de la Ilustración y, la esperanza de que el progreso iba a resultar inevitablemente una mejora de la vida de toda la humanidad, había acabado en una hecatombe. En su importante obra La Dialéctica de la Ilustración, los líderes de la Escuela de Frankfurt, Theodor Adorno y Max Horkheimer, describieron elocuentemente este fracaso: “La Ilustración, en su más amplio sentido de pensamiento en continuo progreso, ha perseguido desde siempre el objeto de liberar a los hombres del miedo y constituirles en señores. Pero la tierra enteramente ilustrada resplandece bajo el signo de una triunfal calamidad”.

La razón humana para los pensadores de la Ilustración

Para estos pensadores la Ilustración había promovido una versión estrecha y limitada de la razón humana; la razón instrumental, una razón tecnocientífica que busca encontrar soluciones eficaces y eficientes a retos técnicos. En cuanto a las tareas técnicas y científicas el uso de la razón instrumental nos ha permitido conseguir enormes éxitos en lo que se refiere a aspectos materiales y técnicos de la vida, pero su aplicación a zonas de la vida humana, donde la razón instrumental no es un instrumento apropiado, un fenómeno que Habermas más tarde describiría como la colonización del mundo de la vida, resultó en una sociedad altamente burocratizada, calculadora y fría, una sociedad que el sociólogo Max Weber describió como “una jaula de hierro”.

Habermas estaba de acuerdo con el diagnóstico de los pensadores de la Escuela de Frankfurt. Efectivamente, una versión estrecha y limitada de la razón humana había llegado a dominar el escenario moderno, a costa de otros tipos de razón. Sin embargo, él pensó que un diagnóstico correcto era condición necesaria pero insuficiente para mejorar la situación en la que nos encontramos, habría que proponer un tratamiento o una solución al malestar moderno. La solución propuesta por Habermas era reconocer y desarrollar otros aspectos de la razón humana, aspectos que habían sido en gran parte ignorados o dejados de lado en la era moderna.

Para Habermas, no se puede reducir la racionalidad al pensamiento lógico, pero tristemente esto ha sido el resultado no intencional de la Ilustración. Él insistió que nuestro concepto de la racionalidad tiene que incluir también la comunicación y colaboración entre seres humanos. Él acuñó el término Racionalidad Comunicativa para describir este fenómeno. La razón no se limita a buscar soluciones eficaces y eficientes a retos técnicos, sino que incluye nuestra capacidad de entender a los demás y alcanzar acuerdos razonables y mutuamente beneficiosos con ellos.

Habermas estaba convencido de que adoptamos mejores decisiones si participamos colectivamente en debates abiertos y sinceros en el espacio público. Cuando este filósofo alemán habló del espacio público no se estaba refiriendo a un espacio físico, sino a cualquier circunstancia en la que los seres humanos se ponen en contacto para debatir temas de interés general, no temas privados o estrictamente personales. Este fenómeno empezó en el siglo XVIII en las cafeterías y salones de ilustradas mujeres francesas, pero el acceso a tales actividades estaba limitado a una minoría educada y privilegiada. Hoy en día, estos debates pueden suceder en reuniones de vecinos, en mítines políticos, en internet y están, en teoría, abiertos a todos.

En tales debates es importante escuchar opiniones divergentes, comparar posibles soluciones a problemas comunes a todos, y buscar soluciones eficaces y justas. Las posibles soluciones ofrecidas deben ser justificadas por argumentos racionales y convincentes y deben buscar el bien común y no intereses personales o egoístas. En un debate ideal, todos tendrían la oportunidad de expresar su opinión y nadie sería criticado por expresarla ni se sentiría presionado para aceptar la opinión de los demás, ni incluso, de la mayoría. Habermas entendió perfectamente que los diálogos en el mundo real no suelen llegar a este nivel de perfección, pero las características del debate ideal representan algo a lo que debemos aspirar y que nos permite evaluar hasta qué punto nuestros debates actuales distan del ideal, y orientarnos sobre qué podemos hacer para mejorarlos.

La religión, según muchos de los pensadores de la primera mitad del siglo XX

Habermas era un ateo convencido (dijo en una ocasión que le faltó el oído musical para la religión) y, en la etapa temprana de su larga carrera como filósofo, pensaba que la religión no debería jugar ningún papel relevante en la vida pública o la actividad política de un país democrático moderno. Para Habermas y muchos otros pensadores de su generación, la religión debía estar restringida a la vida privada de los creyentes. En un mundo cada vez más globalizado y plural, un mundo en el que ninguna religión ni creencia moral particular es aceptado por todos, Habermas intentó construir un fundamento sólido sobre el que se puede basar la ética y la política. Para Habermas, dicho fundamento tenía que ser la razón, la razón entendida en un sentido muy amplio, subrayando especialmente la razón comunicativa.

Sin embargo, en el curso de su larga vida, empezó a revisar radicalmente su opinión sobre el posible papel de la religión en el fortalecimiento de la base ética de nuestra sociedad y la estabilización y promoción de la cultura política liberal. Los avances espectaculares en la biotecnología, con la posibilidad alarmante de crear seres humanos artificialmente en un futuro no muy lejano, le preocuparon. Siendo todavía ateo, Habermas reconoció que el concepto judeocristiano del ser humano creado a la imagen de Dios y, por eso, portador de una dignidad inviolable, podría ofrecer una barrera importante capaz de frenar el hubris tecnocientífico que él empezaba a temer. En una sociedad más y más apática, desorientada y desilusionada con la política y con los políticos, Habermas empezaba a pensar que la religión y la razón pueden colaborar como aliados en el proyecto de fomentar una sociedad más justa y equitativa. “El estado liberal tiene un interés en escuchar las voces religiosas en la esfera pública. Si no lo hace estaría perdiendo el acceso a recursos claves en cuanto a la creación de identidad y significado”.

En un mundo éticamente a la deriva, Habermas estaba dispuesto a recurrir a cualquier fuente que pudiera fomentar una sociedad más estable, moral y justa. “Las intuiciones morales de las grandes tradiciones religiosas pueden aportar algunas verdades que pueden ayudar a fomentar una vida humana digna.” Otros pensadores también dejaron de ver la religión como una reliquia irrelevante en las democracias liberales modernas o incluso, un obstáculo a su plena realización. Un ejemplo de esta nueva visión post-secular es el hecho de que hubo varios debates entre líderes religiosos y pensadores importantes.

En 2004 hubo un debate famoso entre Habermas y el entonces Cardenal Ratzinger. El título del debate era Sobre las Bases Pre-políticas del Estado Liberal Moderno. Los dos grandes intelectuales estaban de acuerdo sobre muchos puntos fundamentales, pero Ratzinger indicó que la razón, como cualquier capacidad humana, tiene límites que hay que tener en cuenta, evitando una confianza ciega en ella. Explicó que tanto la religión como la razón humana pueden padecer patologías, patologías potencialmente peligrosas en cuanto a la convivencia y paz social. Para el Cardenal, estas dos ramas del pensamiento humano deberían trabajar juntas y corregir estas patologías mutuamente. Este diálogo abrió la posibilidad de una colaboración fructífera entre la religión y la razón, superando así siglos de un falso enfrentamiento entre ellas, promovido en gran parte por una veneración de la razón tecnocientífica que a veces rozaba la idolatría.

¿Hasta qué punto el pensamiento de Habermas sigue siendo útil y válido en las sociedades de hoy?

En los últimos años de su vida Habermas se dio cuenta del deterioro del debate público, reducido a veces a tuits y manipulado por intereses políticos y económicos que tendieron a encerrar a los usuarios de los medios sociales en sus prejuicios, mediante la aplicación de algoritmos que aseguraron que en internet encontramos gente que piensa igual que nosotros. La progresiva burocratización de la sociedad y el auge de partidos políticos extremistas y demagogos y gobiernos dictatoriales ponen en duda la utilidad del pensamiento de Habermas en el mundo actual. Sin embargo, si su pensamiento ha fracasado, ha sido, sin duda, un fracaso noble y todavía cabe la posibilidad de recuperar unas de sus ideas más prácticas y, en colaboración con la sabiduría de las tradiciones religiosas, revertir las tendencias negativas de los últimos años y trabajar juntos para construir un mundo mejor y más justo.