UN INSTANTE

ALLÁ ARRIBA

Es una hora incierta en la tarde de Madrid. Ir en autobús te permite ser viajero cosmopolita desde un transporte municipal que avanza, por ejemplo, de la calle Gran Vía hacia Princesa. Las ventanas de los autobuses ofrecen, en cierta manera, otra forma de mirar al mar; el mar de lo cercano, y no siempre valorado. Ese mar azul de Madrid, que hoy parece que tuviera olas de espuma como el cielo entre tormentas. Y, sin embargo, la luz se cuela, y deslumbra. A mi izquierda, grandioso, un edificio coherente, sólido, como un chulapo bien plantado. Los ojos se van arriba y es una suerte que el autobús se pare porque allí, en lo alto del Edificio Ocaso (Princesa, 23), dos figuras humanas se alzan sobre una esfera que todavía es gigante aun vista desde el suelo. Ese conjunto escultórico, Portador de Antorchas, obra de Antonio Cruz Collado se instaló allí, en lo alto, en 1955. Ellas, las figuras de bronce que bien pueden representar la guía y el conocimiento, como todos los seres, quieren estar menos solas. Pero los días, y sus noches, pasan, y hoy, en este mes lluvioso de abril, capté el instante que, pese a serlo, pudiera parecer eterno.

¿Qué vemos cada uno?

Abramos los ojos porque el paisaje urbano se expresa. En lo alto del edificio Ocaso, una antorcha que habla de iluminación, seguramente, trató de simbolizar la idea del progreso, la protección y el equilibrio. El bronce majestuoso sobre un tejado, con esos brazos abiertos, pudiera querer llamarnos la atención. Decirnos que el mundo, efectivamente, es universal, y pequeño.

Eh, mírame, estoy aquí arriba. Esa calle Gran Vía en 1955 era un símbolo de la modernización y el dinamismo cultural de Madrid. Tras los difíciles años de la posguerra en España, la Gran Vía recuperaba su esplendor como epicentro comercial, social y cultural. Hoy, como ayer, ese edificio, igualmente sólido, acoge las oficinas en su interior. ¿Qué ves? En la Facultad de Periodismo hacíamos prácticas de la realidad, según desde dónde mirara cada cual. Todo era muy básico. No es lo mismo opinar de algo si lo vemos de frente, por detrás, de canto, de lado, o si nos lo han contado otros. La realidad se compone de secuencias que han de ser vividas por uno.

Yo veo grandes ventanales. Me llaman la atención los tubos de neón sobre las mesas de oficina, seguramente. Cada ventana sus tubos de neón. Es el contraste entre lo monumental y lo cotidiano, esa otra luz con la que convivimos. Las miradas hacia abajo, imagino la funcionalidad, las tareas de cada rutina, la vida del interior. Lo mismo ocurre desde las ventanas del autobús hacia dentro; aunque sea de día la luz artificial convive en nuestros ojos desde los móviles, los rótulos, las indicaciones del recorrido.

Próxima parada, Plaza de España.

Es bueno distraer la mirada entre nubes, dejar que los ojos deambulen por el exterior.  Tal vez se encuentren con un sol naciente apelmazado bajo el friso de un edificio que sostiene algo grande, dos seres humanos que siguen con la fuerza suficiente como para mantenerse quietos o con los brazos alzados. Un aro simboliza lo olímpico, la circularidad de una vida en realidad. En la otra mano, la antorcha nos acerca la inspiración.

Una sola antorcha vence a unos cuantos tubos de neón. Tal vez es la ilusión óptica tras la ventana de un autobús, pero, se antoja creíble pensar que la inspiración, la esperanza o la persecución de un ideal, venza a la monotonía, el ritmo repetitivo y frío de unos cuantos tubos de neón.

A veces, cuando se elevan los ojos, se elevan también los ideales. De Madrid, al cielo; y de su cielo hasta más allá.