GAUDÍ VUELVE 100 AÑOS DESPUÉS

Después de 26 años sin recibir la vista de un papa, Barcelona vivió el pasado miércoles una jornada papal sin precedentes. La última vez fue en 2010, cuando Benedicto XVI realizó un viaje relámpago para consagrar la Sagrada Familia y elevar el templo a la categoría de basílica menor. España, al igual que otras grandes naciones europeas, nunca figuró entre las prioridades geográficas de su sucesor, el papa Francisco, que prefirió dar visibilidad a países más desfavorecidos, estrategia que algunos interpretaron como una muestra de discrepancia con los sectores más conservadores de la iglesia española.

La vez que vino Ratzinger era otra época; aún existía el bipartidismo y WhatsApp apenas era una una realidad. De hecho, algunos de los los temas que hoy preocupan a Robert Prevost no habían adquirido la relevancia actual. A diferencia de las anteriores, esta ha sido una visita de notable cariz político, como quedó patente en su histórico discurso ante el Congreso, en el que se abordaron los tres grandes ejes de su pontificado: la celebración religiosa, el encuentro institucional y la atención a la realidad social, con especial énfasis en la juventud, la pobreza y la migración. No en vano, uno de los destinos de este viaje son las Islas Canarias, puerta de entrada para muchas personas migrantes que llegan a nuestras costas por la ruta atlántica, una de las vías migratorias más mortíferas de Europa en la que cada año pierden la vida miles de personas.

Si Madrid -aprovechando el fin de semana y los espacios abiertos- ha destacado por su marcado carácter institucional, con las grandes multitudes como protagonistas, Catalunya, en cambio, ha adquirido una dimensión mucho más espiritual, con una cuidada puesta en escena que evidenciaba el profundo simbolismo de esta conmemoración. No es casualidad que la efeméride más destacada del año -el centenario del fallecimiento de Antoni Gaudí-, haya coincidido con la visita del Santo Padre, algo que en Barcelona se ha tenido muy presente, al igual que su merecida designación por la UNESCO como Capital Mundial de la Arquitectura 2026.

Desde su llegada a España, el pasado sábado, Robert Prevost se ha revelado como un papa del siglo XXI, dando sobradas muestras de su habilidad para interactuar con la sociedad en todo tipo de escenarios públicos, ayudado tanto por su dominio del castellano -que aprendió durante su estancia en Perú-, como por sus tímidas incursiones en el catalán. De la polémica lingüística no ha habido ni rastro, aunque tampoco ha rehuido el tema. Habló en el Palacio Real de “unidad y autonomía” y también ha pedido a los catalanes esa misma unidad.

La unidad y el amor han sido el leitmotiv del Sumo Pontífice durante su visita. El mensaje que pronunció contra la guerra en presencia de los Reyes, del presidente del Gobierno y de la Generalitat, del alcalde de Barcelona y de varios ministros más, durante la solemne homilía celebrada este miércoles en la Sagrada Familia, es una muestra más de los principios que vertebran su doctrina: “No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria”.

La misa en la basílica culminó con la bendición de la Torre de Jesucristo, pieza central del proyecto de Gaudí que, con sus 172’5 metros de altura, convierte el templo en la iglesia más alta del mundo.

La construcción del remate arquitectónico comenzó hace ocho años, con la colocación de los primeros paneles, fabricados fuera del templo. La estructura, de 29 metros de altura, se halla dividido en dos partes: una base de 12 metros decorada con inscripciones de alabanzas a Cristo, y una gran cruz de 17 metros, de estructura tridimensional y cuatro brazos, revestida de vidrio y cerámica blanca esmaltada, concebida para ser visible desde cualquier punto de la ciudad.

El conjunto entra así en su fase final: 12 campanarios dedicados a los apóstoles, cuatro torres para los evangelistas y una para la Virgen María, presididos en el centro y por encima de todos ellos por esta torre, que ocupa el centro geométrico y espiritual de la basílica.

Gaudí fue plenamente consciente de que no llegaría a verla terminada, por lo que dejó indicaciones muy precisas sobre sus intenciones constructivas, entre ellas la de no superar la elevación natural de la montaña de Montjuic, en coherencia con su idea de que la obra humana no debía imponerse a la naturaleza. La única torre que llegó a ver en vida fue la de San Bernabé, culminada en 1925, un año antes de su muerte. Que la torre central se complete precisamente en el centenario de su fallecimiento en 2026, añade una potente carga histórica y emocional a este acontecimiento.

El Virolai, interpretado de forma magistral por 50 niños de la Escolanía de Montserrat, puso el broche de oro a la jornada en la basílica. Con muceta y estola para la ocasión, León XIV fue el último en abandonar la comitiva por la puerta del Padre Nuestro, mientras las luces del templo se iban encendiendo.

Pero lo realmente impresionante vino después: cuando el cielo dejó de ser cielo para convertirse en memoria. Sobre las torres de la basílica, el mismo día en que Gaudí falleció cien años antes, la luz, la música y los drones dibujaron un sueño que parecía imposible: el encuentro entre el genio que imaginó el templo y las generaciones que lo hicieron posible. El rostro de Gaudí apareció suspendido entre las estrellas, como parte de un escenario irreal, mientras contemplaba embelesado la “Biblia en piedra” que había soñado, junto a una de sus reflexiones: “Primero el amor, después la técnica”.

El espectáculo que presenciaron aquellas 120.000 personas congregadas en torno a las inmediaciones del templo fue mucho más que una inauguración; fue un homenaje a la fe, al arte y a la perseverancia. Una de esas imágenes que no pertenecen a una ciudad ni a una época, sino a la historia.

El día había tocado a su fin tras una larga jornada pastoral, en la que el pontífice se había  desplazado por la mañana hasta la prisión de Can Brians 1, en la localidad de Sant Esteve Sesrovires para infundir un mensaje de esperanza a los reclusos: “Los errores de la vida no determinan la identidad de una persona”. Después se dirigió a la Abadía de Montserrat, un lugar que el Santo Padre conocía bien debido a su etapa como prior general de los agustinos.

Durante las dos horas que duró la visita, León XIV se saltó el protocolo al asomarse al balcón del monasterio para saludar a los más de 8.000 fieles allí congregados. Degustó la cocina catalana preparada por los cocineros de la abadía; probó los vinos de la tierra; habló catalán; vitoreó al Barça y volvió a dejar constancia, ante la imagen de la Moreneta, de la necesidad de desarmar la agresividad instalada en la convivencia cotidiana.

La comitiva se trasladó después a la iglesia de Sant Agustí del Raval -un barrio conocido por la inseguridad ciudadana en un contexto de fuerte complejidad social- para acompañar a medio millar de voluntarios de entidades dedicadas a la caridad. Prevost, que durante 12 años fue prior general de esta orden religiosa, volvió pronunciar un discurso, esta vez sobre el perdón, que conmovió a los allí congregados: “Perdonar significa no dejar que el odio se convierta en dueño de nuestro corazón”.

La visita del papa ha supuesto una excelente oportunidad para reflexionar sobre qué tipo de sociedad e iglesia queremos ser: si una iglesia y una sociedad cerradas, dominada por el miedo, o por el contrario, una sociedad e Iglesia abiertas, capaces de acoger y de convivir en la diversidad. Ha sido una ocasión única para renovar esta mirada y para recordarnos, como él mismo nos dice en la exhortación Dilexi te, que en lugar de levantar muros, debemos construir puentes.