GROENLANDIA es una isla situada en el Ártico, entre Rusia, Canadá y Estados Unidos. Que Rusia y Norte América casi se toquen por el estrecho de Bering resulta ser una ironía geopolítica del destino. La isla más grande del mundo es, en su mayor parte, hielo. Unos 2.500 kilómetros de largo por más de 1.000 kilómetros de ancho son puro hielo. La capa de hielo pierde unos 250 gigatones de agua cada año. El país tiene menos de 60.000 habitantes. ¿Qué interés podría tener el control de tal lugar?
Hay, por supuesto, razones geográficas estratégicas. Y también, como siempre, razones económicas. En las últimas semanas, la disputa por el control ha saltado a la palestra, pero no es nueva. En el plano global, la escasa población de Groenlandia se enfrenta a grandes desafíos globales. Uno es la defensa de su propia identidad indígena. Pero a nivel más amplio, está en el cruce del cambio climático, la política global y la transición económica (debida, a su vez, a los factores anteriores). Lo cual significa que lo que pasa allí, afecta de manera desproporcionada al resto del mundo.
Un poco de historia de Groenlandia La isla ha estado habitada por 4.500 años por pueblos árticos que emigraron desde el norte de América. Los Inuit son descendientes de la cultura Tule, y llegaron hacia el siglo XIII. Hacia el año 985 llegaron colonizadores escandinavos, pero desaparecieron debido a las condiciones climáticas, el aislamiento y las dificultades económicas. Según el tratado de Tordesillas de 1494, la isla debería haber pertenecido a Portugal, pero los exploradores y colonizadores portugueses probablemente se enfrentaron a enormes obstáculos climáticos y de acceso y pronto abandonaron su intento. Dinamarca tuvo el control colonial de la isla y su población indígena de 1721 hasta la Segunda Guerra Mundial. Aprovechó los recursos naturales de caza de ballenas y morsas, desarrolló actividad misionera proselitista. Durante este tiempo, hay manchas notables en el gobierno, con acusaciones, por parte de los inuit de abusos, intento de eliminación de la población y esterilización forzosa de las mujeres.
Después de la ocupación nazi en 1940, Estados Unidos construyó bases militares para defender la isla de los alemanes, y al final de la guerra, ya ofreció comprarla por 100 millones de dólares en oro. Dinamarca se negó, y en 1953, la colonia adquirió representación oficial en el parlamento danés. Hoy día, la isla tiene gobierno autonómico, pero aún pertenece a Dinamarca. Copenhague controla los asuntos exteriores y de defensa y paga unos 500 millones anuales en subsidios.
El movimiento por la independencia Aunque sean pocos, los habitantes de Groenlandia, por razones de identidad (y por viejos resentimientos del colonialismo), aspiran a la independencia a la que tienen pleno derecho reconocido. Se amparan para esto en el Acta de Autogobierno de 2099. Pero se enfrentarían a enormes obstáculos. Además de su escaso número y fuerza laboral limitada, un grave impedimento sería la dependencia económica de Dinamarca, cuyos subsidios constituyen un tercio de su presupuesto anual. Muchos consideran que necesitan el subsidio danés, pero les preocupa la dependencia resultante. Otros piensan que es una forma de reparación por antiguos agravios y abusos del colonialismo. Como sea, el subsidio cubre más de la mitad del gasto público groenlandés y por tanto, es indispensable.
La frágil economía de Groenlandia La pesca de gambas y merluza domina las exportaciones. Y una gran fuente de recursos, que Groenlandia está tratando de explotar muy activamente es el agua embotellada. Es un recurso abundantísimo por el derretimiento anual del hielo, que produce un agua de la más alta calidad. Es un paso hacia un progresivo distanciamiento económico de Dinamarca, pero queda la duda de que se consigan suficientes licencias para empresas de embotellamiento y comercialización del agua. En uno de los cinco lugares de la negociación, el hielo se derrite a una media de 4.16 gigatones, pero la recogida tiene un alto precio. El gobierno tendrá que buscar compañías que puedan hacerlo a un precio más barato. De momento, el país depende fuertemente de importaciones de alimentos provenientes de los países escandinavos. Y, en cierto modo, del turismo.
Desde el establecimiento del autogobierno, se han identificado distintos caminos hacia la independencia económica. La mayoría de ellos, incluyendo proyectos de minería en tierras raras, de fuentes de lito, grafito y neodimio, uranio, hierro, o petróleo no se han materializado, debido a que son muy difíciles de alcanzar por debajo del mar y Groenlandia no cuenta con una gran fuerza laboral o con capacidad de procesamiento. Estas fuentes de recursos resultan de gran interés a las potencias empeñadas en controlar la enorme isla de hielo. No es solo Trump. China y Rusia ya controlan las rutas comerciales y otros países tienen también fuertes intereses en el país.
Una curiosa e irónica consecuencia del famoso calentamiento global es que el derretimiento del hielo puede favorecer la construcción de carreteras para el transporte por tierra en lugar del sistema actual que depende totalmente del transporte marítimo o aéreo. El impacto del calentamiento (o más bien, recalentamiento, porque Groenlandia ya fue en periodos entre eras glaciales, un país verde) es bastante paradójico. Por un lado, la erosión de la costa amenaza las poblaciones. Pero por otro, algunas áreas se hacen más accesibles para la minería, pero a un coste medioambiental. El negocio del agua embotellada supone también una enorme ironía para los ecologistas que declaran la guerra al plástico…
La evolución del transporte comercial es uno de los mayores cambios que se están realizando en el país. En 2018 hubo un movimiento de expansión de los aeropuertos de Nuuk (la capital) e Ilulissat, que no tenían pistas lo suficientemente grandes para vuelos transatlánticos. El gobierno también expresó interés en establecer una oficina de representación en China, y Estados Unidos anunció la apertura de presencia diplomática permanente en la capital del país.
Para Groenlandia, el futuro ideal sería un reemplazo de su actual dependencia de Dinamarca, aprovechando en cierta medida el calentamiento global, por medio de la pesca, una minería selectiva, un turismo más posible, aunque aún a pequeña escala, y el establecimiento de centros de investigación ártica y climática provenientes de universidades y centros de datos.
Para su difícil independencia, Groenlandia necesitaría primero acrecentar su capital humano por medio de la educación política, las profesiones técnicas y del campo de la salud, la diplomacia, reduciendo su dependencia de profesionales extranjeros. Habría entonces que tratar la educación como parte de la seguridad nacional. Debería tener una mayor representación en Washington, Bruselas y Reykjavik.
Además del dinero… El tema económico es siempre el gran motor, pero hay también graves motivos de equilibrio geopolítico para el interés y las declaraciones de la Administración Trump sobre la “imperiosa y absoluta necesidad de poseer o al menos controlar Groenlandia”. Situada entre Norte América y Europa, la isla es un punto estratégico esencial para la defensa del Ártico, lo cual interesa tanto a Estados Unidos como a Canadá y a Europa. Estados Unidos ya tiene una base militar (la Pituffik Space Base) para advertencias de misiles y supervisión del espacio.
En este momento, sin embargo, las rutas comerciales marítimas están muy controladas por Rusia y China. Groenlandia busca no convertirse en peón de la competición de los grandes poderes. Pero es evidente que el país no puede sobrevivir por sus propias fuerzas. Necesita su soberanía indígena, pero también necesita la cooperación internacional. Groenlandia no puede financiar fuerzas armadas ni supervisión marítima o del espacio. Necesita tratados de defensa con Dinamarca y la OTAN, así como la presencia continua de fuerzas estadounidenses.
El primer año de la Administración Trump ha visto una actividad sin precedentes para controlar el tráfico de drogas y la inmigración por todas las fronteras de Estados Unidos, incluyendo la más porosa, que es la canadiense. Gran parte de toda la guerra de aranceles está también motivada por esto mismo. El interés de Trump de adquirir Groenlandia ha empujado a Dinamarca a destacar un gran número de fuerzas militares por tierra, mar y aire, aumentando la presencia en territorio anteriormente no patrullado y poniendo a Rusia y China sobre aviso sobre la pugna por el control del Ártico. El empeño de Trump no es repentino, accidental o caprichoso: se trata de una parte del plan global de defensa contra el avance comercial, tecnológico y nuclear de China. Es decir, como ha proclamado la Administración Trump: los intereses de seguridad nacional de Estados Unidos son demasiado importantes como para ignorarlos. No entrar en acción ahora (y quizás ya tardíamente) significaría entregar el Ártico a China y Rusia. Durante muchos años, Rusia y China han estado trabajando por el control de las rutas comerciales, mejorando sus capacidades militares y científicas y refinando sus tácticas de guerra híbrida, mientras que Estados Unidos no prestaba tanta atención. Ahora, Estados Unidos necesita aumentar su presencia militar, económica, científica y diplomática en el área.
Ya durante la Guerra Fría, el Ártico era la ruta más rápida para potenciales ataques con misiles y vuelos de bombarderos. Tanto Estados Unidos como la Unión Soviética trabajaron con submarinos en la región, compitiendo por el dominio mundial. Un acuerdo firmado por Dinamarca y Estados Unidos en 1951 permitía a Estados Unidos “construir, instalar, mantener y operar” bases en la isla. Pero, por el momento, solo existe la base estadounidense de Pituffik.
A medida que se van abriendo nuevas rutas comerciales y acceso a los recursos naturales, Estados Unidos y sus adversarios tratan de situarse con poderío en la región. En 2015, Rusia puso en marcha un plan con sus aspiraciones para la zona, incluyendo el establecimiento de la soberanía sobre la ruta del norte, la revitalización de las bases militares y la creación de una infraestructura comercial. Por su parte China lanzó un documento sobre el Estado del Ártico próximo como una afirmación de sus intereses. En cambio, Estados Unidos ha sido más lento en sus declaraciones de intención y por eso parecen ahora tan repentinas. La oficina del Pentágono para el Ártico había reunido a líderes de la agencia para planificar las políticas de manera que el gobierno tuviera acceso a la comunicación, inteligencia e instrumentos de vigilancia para la defensa. Pero tal oficina tuvo una vida muy corta. Al regresar Trump a la presidencia, se habló de reestructurarla, pero los planes no se han llevado a cabo. Por supuesto, los gobiernos de Dinamarca y Groenlandia han manifestado su oposición a la posible adquisición, con dinero o por la fuerza, de la isla por parte de los Estados Unidos. Se ha creado ahora un grupo de trabajo para negociar posibles soluciones al conflicto.
Y ¿qué pasaría con la OTAN? Algunos analistas afirman que la posesión por la fuerza de Groenlandia por parte de Estados Unidos significaría el final de la OTAN… Si un país de la OTAN ataca a otro miembro (en este caso, Dinamarca), la organización quedaría inutilizada. Y a nadie se le escapa tampoco el poco aprecio de Trump por la organización, o más bien por la participación europea en ella. Y sin embargo, Mark Rutter, el actual presidente de la organización, se expresa en términos totalmente positivos sobre la actuación de Trump. En realidad, si es la OTAN quien defiende a Groenlandia, tiene que estar Estados Unidos también proporcionando la mayor parte de los fondos…
El Pentágono, por su parte, afirmaba que la Estrategia Ártica debería significar más bien, un momento fuerte de cooperación internacional, sobre todo con los “altamente cualificados aliados” Dinamarca, Noruega, Finlandia y Suecia. Pero recientemente, tales alianzas han sufrido una fuerte tensión. La insistencia de Trump en adquirir Groenlandia ha provocado una reacción furiosa entre los gobiernos europeos. El esfuerzo por adquirir la isla, como hemos dicho, no es invención de Trump. Ya se intentó en 1910, 1946, y 2019… Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos expandió su presencia en el Ártico por medio de alianzas regionales y proyectos de infraestructura. Con los aliados de la OTAN, las fuerzas estadounidenses patrullaron las aguas y el espacio aéreo del Atlántico norte en especial cerca de Groenlandia, Islandia y el Reino Unido para detectar submarinos y bombarderos rusos. Acuerdos recientes con los países nórdicos y la adhesión de Finlandia y Suecia a la OTAN, han fortalecido la defensa colectiva en el Ártico. Pero Washington había descuidado sus infraestructuras para la defensa de la región.
Es tiempo ahora de una acción concertada con los países miembros de la OTAN, no de su desmantelamiento. Groenlandia es mucho más que un gigantesco cubito de hielo. Y Estados Unidos ya va tarde.
