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HA LLEGADO “EL COCO”

Y ahora, ¿qué va a hacer? La sorpresa de la victoria de Trump que no resultó tan sorpresiva

“Estoy mirando el mapa de resultados y estoy muy preocupada; ¡se ve tanto rojo!”, me comenta una amiga pro-Harris en la noche de las elecciones (rojo es el color republicano, mientras que el azul es el de los demócratas). Otros, trataban de darse a sí mismos esperanza asegurando que era todavía muy pronto para declarar vencedor y, que la carrera estaba muy empatada… Lo cierto es que, por mucho que los medios se habían empeñado en presentar a Kamala Harris como una opción que podría provocar ilusión y entusiasmo, se daba, incluso entre demócratas, una profunda desconfianza de una candidata a quien nadie había votado, que era el resultado de una situación imposible con el actual presidente, al que se veía como no idóneo para un segundo mandato. Una persona que, como vicepresidenta, no había ofrecido grandes, ni pequeños logros. 

Harris, en definitiva, no había logrado despertar el entusiasmo ni la movilización necesaria para una victoria. La candidatura, al fin y al cabo, no se basaba tanto en posiciones políticas, cuanto, en el hecho de ser mujer, de color e inmigrante. O en el hecho de no ser ni Trump ni Biden. Pero la realidad de que Harris provenga de una familia privilegiada, que en realidad no ha sufrido las penurias de la inmigración, hace perder fuerza a su argumento. Es negra, pero no tanto; inmigrante, pero no tanto. El hecho de que nadie supiera qué había hecho (si había hecho algo) durante su vicepresidencia, tampoco ayudaba demasiado. En fin, que toda la campaña se basaba, más bien, en lugar de pro-Harris, en un contra-Trump. Y eso no era suficiente. 

Un amigo mío, que es enlace sindical, trabajó en la campaña de Harris. Cuando se le pregunta qué es lo que pasó y qué es lo que explica la derrota, asegura que hace tiempo que el partido demócrata se ha olvidado del pueblo. En lugar de los valores tradicionales de las clases trabajadoras y rurales, se defiende un conjunto de doctrinas que reflejan la ideología woke: ideología de género con sus políticas LGTBQ, etc., el seguimiento fiel e incuestionado de la agenda 2030. Se han olvidado del pueblo, las víctimas de la globalización: zonas rurales, educados en valores familiares y profundamente cristianos. Por mucho que proclamen su defensa de la mujer, la promoción a ultranza del aborto va, en realidad, contra la mujer más pobre: la afroamericana y la hispana. Y contra esos grupos étnicos que tienden a tener más hijos y, cuya multiplicación podría suponer una amenaza a la cultura dominante, wasp (blanca, anglosajona, protestante). Mujeres privilegiadas y ricas, tales como Hillary Clinton, Michelle Obama o Kamala Harris no parecen representar a la mayoría de las mujeres hispanas o negras que se sitúan en el otro lado de la escala social. 

Además, la limitación de la natalidad no se limita a estos grupos, sino que también las propias clases altas, en su afán por “no traer a este mundo incierto más hijos”, contiene en sí un peligro demográfico latente pero ya visible en las sociedades más avanzadas. Tampoco las políticas que favorecen a los trans protegen a mujeres en lugares especiales como, las cárceles o los deportes, por poner sólo un par de ejemplos. 

La concentración azul en las dos costas y en ciudades donde viven las élites más profesionales, de clase social y económica más alta, de mayor nivel de educación, habla por sí sola. El gran partido demócrata del pueblo y de los trabajadores durante muchas décadas, enfrentado a “los ricos y poderosos” republicanos, lleva ya bastantes años dando progresivamente una vuelta hacia lo progresista y liberal, que accidentalmente olvida los valores tradicionales de aquellos a quienes precisamente profesaba defender. Y contra el partido se ha vuelto, además, su propio desprecio declarado, sutil o abiertamente, hacia los “hillbillies”, es decir los “paletos” de zonas rurales con menor nivel de educación académica. 

Y ahora, los temores: guerra y paz, inmigración, ecología

Con todo, la campaña anti-Trump anterior a las elecciones, animada por sus propias declaraciones, algunas veces desorbitadas y bravuconas, ha sembrado, tanto entre las élites como, entre la población inmigrante, temores y angustias.  ¿Qué va a pasar ahora con las guerras de Oriente Medio y Ucrania? ¿Qué va a pasar con los millones de inmigrantes que temen una deportación inmediata?  ¿Y qué va a pasar con la protección del planeta en asuntos ecológicos? 

El primer temor podría ser la especie de regalo que le ha hecho Biden a Trump en sus últimas semanas de mandato, con la autorización a Ucrania para utilizar misiles americanos en tierra rusa. Algunos consideran esto como una terrible amenaza de tercera guerra mundial, dado que, aunque las armas sean americanas, están dentro de la OTAN y eso arrastraría a toda Europa al conflicto. 

Algunos comunicadores afirman que quizá sea un movimiento pactado para dar un poco de poder a Zelensky en la negociación con Putin. Pero, las primeras declaraciones de Putin parecen sombrías y amenazantes; además, en política, quizá no se pueda nunca asegurar con certeza ninguna intención de los mandatarios.  El primer mandato de Trump (que no inició ninguna guerra), se caracterizó por la capacidad de negociar. Si bien endureció su posición frente a Cuba, Venezuela e Irán, visitó Corea del Norte, consiguió que varios países árabes reconocieran a Israel en los Acuerdos de Abraham y no invadió ningún territorio. Más que político, Trump es un hombre de negocios, y probablemente hará tratos con todo aquello que le ayude a fortalecer su política de “América Primero” sobre todo en asuntos económicos. Lo que es cierto, además, es que más y más americanos se oponen al uso de fuerza militar para alcanzar objetivos en política exterior.  

A menudo se ha mostrado favorable a la negociación, más que a la continuación de la defensa ucraniana para salir del conflicto. Además, la política exterior debe observar las pistas que le da el resultado de las elecciones. La política exterior debe, pues, ser controlada y priorizar los intereses americanos, más que mantener la hegemonía de los valores liberales a nivel mundial. 

En opinión de muchos estadounidenses, Estados Unidos ha sacrificado miles de vidas americanas y ocho billones de dólares en guerras en el Oriente Medio que no tienen mucho que ver con los intereses nacionales. Miran también con desconfianza las tensiones con Rusia, y el surgir de China como competidor económico y militar a la hegemonía americana. Por tanto, la posición de Trump cuenta con la amplia aceptación de muchos votantes, incluyendo a moderados e independientes. 

Es también esencial reconocer que Estados Unidos se encuentra en una situación de fuertes limitaciones. La deuda nacional pasa de los 35 billones, con los pagos de intereses superando al gasto en defensa. La economía ha tenido que luchar con la inflación, lo que mina la disposición de los votantes a subsidiar a aliados ricos y financiar guerras extranjeras. Además, el ejército americano no logra reclutar suficiente personal y el equipamiento esencial está gastado; casi ha agotado ya la reserva de munición y armas por su apoyo a Ucrania e Israel. Y la capacidad industrial limitada hace difícil que tales reservas se puedan reemplazar. Así y todo, Estados Unidos no puede seguir una política totalmente aislacionista, porque eso pondría en riesgo su posición estratégica en el mundo, así como su capacidad económica. Es un difícil equilibrio. 

En cuanto a la inmigración, las declaraciones inmediatas sobre las deportaciones masivas no han podido ser más contundentes. Lo que podría mitigar los temores que se despiertan con tales declaraciones, es la constatación de dos realidades innegables: las deportaciones de millones de personas no se pueden hacer de la noche a la mañana; indispensablemente, se harían de manera escalonada, comenzando con delincuentes, criminales y personas que de alguna manera han abusado del sistema. 

Eso, que es en sí una buena noticia tanto para nacionales como para los propios inmigrantes, podría llevar muchos meses, si no años. Presentan, además, un enorme desafío logístico. Por otra parte, las deportaciones masivas exigirían un desembolso económico enorme en administración, fuerzas de seguridad, alojamiento temporal, o transporte, a lo que se añadiría el daño económico a innumerables empresas y particulares que contratan a personas sin documentación. 

Es cierto que es ilegal que las empresas contraten a personas sin documentos y sin embargo, tales prácticas raramente son penalizadas, mientras que suponen un ahorro enorme en salarios y seguros sociales. El descalabro al funcionamiento del sector de servicios sería de una gran magnitud. Si es posible acometerlo o no será cuestión de tiempo y que la realidad se imponga. 

Más temores vienen a raíz del negocio climático. Trump y su posible gabinete ya han anunciado el rechazo de propuestas del New Green Deal como la descarbonización, la eliminación de coches de motor de combustión, la reducción del cultivo de tierras, la eliminación del fracking (la práctica de cavar para la extracción de combustibles fósiles), o el proceso de limitación de energías nucleares, o de presas y pantanos. 

Va a hacer lo que anunció

Todos estos temores o esperanzas se avivan con la constatación de que el partido republicano no ha logrado solamente la presidencia, sino también el control del Senado y el Congreso. Además, se ve ya el tipo de nombramientos que se han ido haciendo rápidamente. Los nombramientos tienen un marcado tono de premio a los leales a Trump, y también a quienes se han señalado por sus prácticas o convicciones, particularmente en las áreas mencionadas. Para muchos críticos demócratas, tales nombramientos pueden ser catastróficos, por tratar de eliminar las políticas más recientes y regresar a prácticas que ellos consideran reaccionarias. 

Han despertado inquietud nombres como John Thune, nuevo líder republicano del Senado, Matt Gaetz como próximo fiscal general, de quien se espera, en palabras de Trump, que “desmantele las organizaciones criminales y restaure la fe y la confianza de los estadounidenses en el Departamento de Justicia…”; Pete Hegseth, secretario de defensa que se propone terminar cuanto antes con la ideología woke dentro del ejército. Tulsi Gabbard, nueva directora nacional de inteligencia (DNI), tiene solo 43 años y ha sido reservista del ejército de los Estados Unidos. Fue demócrata hasta 2022, cuando se declaró independiente y en agosto pasado apoyó formalmente a Trump e ingresó en el partido republicano. Y el próximo secretario de Estado será Marco Rubio, hijo de exiliados cubanos y en algún momento opositor de Trump, que pasó a ser uno de sus más importantes promotores durante la campaña presidencial. Kristi Noem, directora del departamento de Seguridad de fronteras, es bien conocida por sus posiciones conservadoras. 

También dirigirá la agencia de respuesta a los desastres, el servicio secreto y la administración de seguridad en transporte aéreo. John Ratcliffe será el director de la CIA. Ratcliffe sirvió en esta posición al final de la primera administración de Trump, y durante la crisis de coronavirus.  Elon Musk y Vivek Ramaswamy formarán un grupo exterior de asesores para la eficiencia del gobierno. 

Por su parte, Michael Waltz (no relacionado con Tim Waltz, el candidato a la vicepresidencia con Kamala Harris), será asesor de Seguridad Nacional. Waltz es veterano de guerra que mira a China como enemigo a batir, pero su primera misión será apagar fuegos. Elise Stefanik, la congresista de Nueva York que logró la dimisión de las rectoras de las universidades Harvard y Pensilvania por su tolerancia de las universidades antisemitas, será la embajadora ante la ONU. Mike Huckabee, exgobernador de Arkansas, gran defensor de Israel y figura muy popular entre los cristianos evangélicos, será embajador en Jerusalén.  La primera mujer en llevar las riendas del gobierno en posición de jefe de gabinete será Susie Wiles, responsable del éxito de la campaña electoral de Trump.  Lee Zeldin, que fue congresista por Nueva York, se ocupará de la Agencia de Protección Medioambiental. Sin mucha experiencia en este campo, pertenece al grupo de fieles a Trump. Entre sus planes, “restaurar el predominio energético estadounidense, revitalizar la industria del automóvil y hacer de EEUU el líder global en Inteligencia Artificial”. Todo ello, asegura, vigilando la limpieza del agua y del aire.

En algunos sectores probablemente sí haya razones para temer al coco. Pero en otros, se ven también las luces que pueden llevar al fin de lo que para muchos ha sido pesadilla en temas morales, económicos y de política exterior. Faltan menos de dos meses para la toma de posesión, pero ya se perciben claramente algunas de las transformaciones que van a tener lugar en el país.