Desde 1978, leemos en el artículo 47 de la Constitución española: “Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación”.
Ya decía Napoleón: “No dictes una ley que no te veas capaz de cumplir” y, a pesar de la supuesta buena voluntad de los diferentes Gobiernos, los resultados no son visibles.
Aunque no sirva de consuelo, la mayoría de los países europeos mantiene como prioridad el derecho a la vivienda en unos momentos en que, debido a la inflación y a la caída de las rentas, las familias ven cada vez más difícil acceder a una casa tanto como propietarios, como inquilinos. Lo mismo podríamos decir del resto de los países, incluida la potente USA donde se estima que necesita más de cuatro millones de viviendas. A pesar de ser un derecho, cada vez más la vivienda está considerada como una mercancía.
Que el problema nos parezca cercano, no excluye que en otros países más alejados en espacio y en cultura se sufra la misma carencia. Algunos han encontrado soluciones atrevidas.
La pobreza de Camboya
En países más desarrollados económicamente, las personas sin hogar tienen más posibilidades de encontrar un acomodo: albergues sociales, servicios de acogimiento, organizaciones religiosas, oenegés… y, en última instancia, cualquier lugar con algunas mínimas condiciones, por lo menos, para pernoctar, ya sean terminales de aeropuerto, como recientemente en el de Madrid, o en cualquier rincón resguardado de la ciudad.
En Camboya algunos han encontrado otra solución muy alejada de los templos de Angkor y otras maravillas que extasían a los turistas. El río Bassac, ramificación del gran Mekong, nace en la ciudad de Nom Pen, la capital del país, y fluye hacia el sur cruzando la frontera con Vietnam. A Nom Pen, fundada en 1434, se le conoce como la Perla de Asia por sus bellos edificios coloniales franceses que la convierten en un próspero destino turístico.
Hacia 1990 la extracción de arena del río Mekong destruyó las casas de los que residían a su alrededor por lo que tuvieron que alojarse circunstancialmente en el vecino cementerio donde malviven desde entonces entre tumbas, dedicándose a la recogida de basuras con la esperanza de conseguir una vivienda, confiando no tanto en sus escasos medios como en la olvidadiza ayuda del Estado. La situación de sus habitantes es bastante penosa; también el cementerio está ruinoso.
El cementerio de los vivos
Manila North es el cementerio más grande y antiguo de Manila, la capital de Filipinas; alberga a cerca de un millón de muertos en más de cincuenta hectáreas de extensión. Con una extensión de 54 hectáreas, alberga a más de 6.000 habitantes, que viven allí desde los años cincuenta del pasado siglo. Por tanto, en la actualidad, muchos pertenecen a la segunda generación de residentes en el camposanto al que llegaron empujados por la pobreza y la superpoblación de la capital de Filipinas.
Entrar en Manila Nork es como visitar un curioso barrio de la ciudad; con sus calles bien cuidadas, limpias, por donde transitan coches, motos y bicicletas de los residentes y los turistas que observan con asombro jardines, plazas, fuentes, canastas de baloncesto e incluso alguna tiendecita con bebidas y comida. Todo como en un barrio normal, pero rodeados de tumbas, algunas cuidadas por personas contratadas por los familiares de los panteones; albañiles, sepultureros y algo de trapicheo de droga forman parte de esta curiosa solución habitacional.
Hace tiempo, los habitantes del cementerio solicitaron al alcalde la creación de una escuela; desgraciadamente la petición cayó en el olvido por lo que los habitantes decidieron instruir a sus niños en escuelas dentro del cementerio. Manila Nork se ha ganado el título de cementerio de los vivos.
La autopista asesina
El Cairo, como Manila, es una ciudad superpoblada, con una acelerada previsión de crecimiento que no va acompañada de unas buenas estrategias de desarrollo urbano. En 2022 la población egipcia aumentó 1,6 millones llegando a un total de cerca de 105 millones de personas.
Al oeste de la capital, en Guiza, se encuentran las pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos, y la Gran Esfinge, visita obligada de los turistas. Por tanto, es mejor hacer cualquier intervención urbanística hacia el este donde se termina en el desierto. Allí las autoridades han decretado crear una nueva capital administrativa a unos sesenta kilómetros del centro de la ciudad. Enormes rascacielos, resplandecientes mezquitas, centenares de viviendas esperando a los políticos y clases adineradas que ocupen los más de setecientos kilómetros habilitados para residir dentro de cinco años, según las previsiones.
Por ahora, los únicos que deambulan por los setecientos kilómetros de esa ciudad imaginaria son las personas que la construyen, unas 150.000. El gasto aproximado es de 23 millones de euros en un país que ha triplicado su deuda desde 2014 en que asumió el poder su presidente Abdelfatah Al Sisi.
Para llegar a la proyectada ciudad del desierto, la autopista ha arrasado la Ciudad de los Muertos, Qarafa, en árabe, una necrópolis a unos cinco kilómetros del centro de El Cairo cuyas algunas sepulturas datan del siglo VII y son patrimonio de la humanidad desde 1979.
La Ciudad de los Muertos albergaba en sus siete kilómetros cuadrados entre 500.000 a un millón de personas, cifra estimada y difícil de concretar, que llegaron allí buscando un lugar donde vivir huyendo de las guerras, las demoliciones urbanísticas y la pobreza. Los habitantes de esta singular ciudad viven en los panteones de sus antepasados o de otros difuntos acomodándolos a las necesidades cotidianas: televisores, cocinas de gas, por supuesto camas y lugares para la vida familiar. Cuentan con agua y electricidad conseguidas por medios no muy ortodoxos. Algunos panteones o mausoleos siguen en pie gracias a quienes los habitan, ya sean propietarios o inquilinos que pagan a los dueños su alquiler.
Desgraciadamente, la autopista hacia la nueva capital está desalojando a muchos de sus habitantes y destruyendo un rico patrimonio en un país que parece tener demasiados.
Los ciudadanos del cementerio tendrán que buscar nuevo alojamiento; ¿dónde? Quizás en uno de los pisos devaluados por la presencia de la autopista que no ha dudado en enterrar debajo de su estructura a miles de casas que se cruzaban en su camino. Ciertamente resulta inverosímil el trazado de la autopista: no importa lo que se pierde, el fin es llegar a la nueva ciudad.
La realidad y las leyes
En 1789 se aprobó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano; desde entonces las leyes han ido perfeccionándose y asumiendo más derechos, tan extraordinarios que en 2003 la Unesco los integró en la lista de la Memoria del Mundo donde se recogen los documentos de interés universal con el fin de preservarlos para el futuro. Sin embargo, no hace falta ser una mente privilegiada para ver dónde ha quedado tanta ley discutida y aprobada por unanimidad. Solo hace falta leer el periódico, ver los telediarios e incluso abrir los ojos hacia lo que nos rodea. Entre el papel y la realidad hay un abismo.
