Un instante en el espacio es una paradoja fascinante. Este pensamiento me llegó en el legendario Observatorio de Mount Wilson, en las Montañas de San Gabriel, en California. Inaugurado en 1904, este lugar ofrece la atmósfera estable para abrir los ojos, y mirar. Siempre hacia arriba, mirar. Al sumergirse dentro del gigante armatoste, esa cápsula desde la que se observa parece un submarino, hermético; hierro. Sin embargo, al llegar la noche, el gran caparazón, se abre allá arriba y no es agua sino cielo lo que entra a raudales. Frío. El telescopio, ahí en medio, es inmenso. Hay que subirse a un andamio para poder llegar a ese mirador que aparece en la imagen sobre un círculo gris. Y los expertos te muestran la luna, y ahí está. Una cara blanca invadida de cráteres, como si fueran acné. Aparece Saturno, casi en plano, como la hoja de un viejo cuento infantil que habla de fantasías en color blanco, negro y gris. Así es su apariencia, un cuento, un cromo; Saturno, así fue. Júpiter, inmenso, con sus propias lunas alrededor. Los cuerpos celestes hacen sentir que la mente y la complexión de uno mismo, es eso, un conjunto ignorante ante toda aquella inmensidad que te dice a la cara, de bruces, que no tienes vidas suficientes para comprender ni siquiera lo más aparente del baile de las galaxias y el recuerdo de las estrellas en la profundidad.
Aquí, en este Observatorio, se descubrió en 1920 que galaxias como la nuestra existen más allá de la Vía Láctea y que el Universo, como si fuera una ciudad dormitorio, está en expansión. Dentro de ella, se descubrió incluso que las galaxias se alejaban unas de otras. Aquí, en el mismo lugar de este fabuloso descubrimiento, un siglo y cuatro años más tarde, este telescopio que me hizo descubrir la paradoja del instante, fue el único que ignoró lo que ocurría aquí en la tierra: Donald Trump arrasó en las elecciones. Conocer esto desde un observatorio que busca la comprensión de las profundidades del cosmos, enmudece. Y entonces uno prefiere seguir ilusionándose con la proximidad del universo mientras avanzan los resultados electorales.
“Esto es lo que somos”, dice alguien por ahí.
La democracia nos muestra, con la fiabilidad de un telescopio, lo que somos. Y esto es lo que desilusiona. Esto es lo que somos, así es, y lo hemos de respetar. Programas electorales son lo que menos se ha escuchado en la campaña electoral de Estados Unidos; quedaron encubiertos por la mentira, las alusiones a lo que significa ser grande de nuevo, y de nuevo el odio, el desprecio, y la tremenda separación de las propuestas, como si fueran galaxias. No cuestiono el voto popular sino la consecución de cómo hemos llegado a ser lo que somos, personas que hacen propio lo que les cuentan los que chillan más fuerte. El sueño americano que llama a la acción es el gran flotador que ayuda en todas las tormentas. Al menos eso ocurre en la tierra que pisamos. Sin embargo, alzada sobre un andamio y mirando frente a frente a Júpiter, pensé, en mi pequeñez, que la grandeza, no es eso. En ningún sitio lo es. Tal vez fue el reflejo de una ilusión cósmica que ocurrió a una distancia colosal, a millones o miles de millones de kilómetros. Entonces, el instante se hizo sempiterno, una palabra del castellano que podría, quién sabe, dar nombre a otro planeta. Ese planeta en el que la perplejidad, por siempre, deja de ser algo triste.
