UN INSTANTE

LA AUSENCIA

El ordenador me pregunta si quiero concentración y al accionar la tecla con el sí todo se vuelve negro alrededor, salvo el folio en blanco. Vuelvo al barullo, no me gusta aislarme ni del propio desorden de mi escritorio, y me encuentro esta silla extraña que fotografié un día al volver de una boda entre coreanos. El pañuelo acoge las lágrimas de la madre del novio antes justo de salir con su hijo hacia el pasillo central de la iglesia. También un resto de las flores que ella misma rescató del ramo de la novia. Cierta pena y emoción alegre en un mismo escenario.

Me gustan las sillas pequeñas, encuentran acomodo en cualquier lado, hasta encima de una mesa con mantel y sirven para todo, salvo para sentarse uno en ellas. Esta silla, en este instante resume para mí todo lo grande, que siempre es pequeño, por eso cabe en una silla de pequeñas dimensiones. Al habla con ingenieros y expertos en inteligencia artificial y física cuántica, defendíamos todos el valor de los caminos para llegar a los sitios. Sin embargo, la concreción de los resultados, la rapidez de las conclusiones nos separaban.

-¿Dónde quedan los matices? Preguntaba. ¿Cómo resumir un pensamiento inconcluso, cómo interpretar un silencio, los huecos de la memoria? ¿Qué hacer ante una pregunta aún sin interiorizar? Más aún, ¿por qué abortar ese proceso personal todavía inconcreto?

La rapidez, tan sobrevalorada, puede ser crucial en componendas científicas, resoluciones que salven vidas, mejoren procesos fundamentales, pero no hemos de olvidar que también la inteligencia artificial puede robarnos de cuajo todas nuestras intrigas, y no sólo eso, puede volcarnos a vivir dentro de una vida resumida, condensada; no propia. ¿Y cómo se vive una vida no propia en la que sabemos de todo sin interiorizar nada? El rigor ante la vida lleva tiempo, al menos el tiempo de calidad al que uno aspira. Pongamos otro ejemplo. Desde el ordenador, este que me anima a concentrarme en negro, se puede rápidamente accionar una tecla, y borrar un concepto, una idea. Sin embargo no todas las maquinas cuánticas, ni la inteligencia artificial unida, ni un simple ordenador doméstico son capaces de hacerte olvidar algo. Borrar no es olvidar.

Esta es la grandeza del ser humano, que no olvida, que reflexiona, vuelve la mirada atrás y aún trata de comprender. Por eso me gusta la palabra ausencia, ese anhelo inmaterial, esa nostalgia pendiente de clasificar, porque ayuda a reírte del olvido, te aúpa para hacer presente todo cuanto ya no existe. Tal vez eso sea también la escritura.  Es emocionante dar a luz un nuevo libro después de tanto tiempo yo misma ausente. Años diferentes, dedicados a la investigación hasta defender mi tesis doctoral y vivir entre dos países, todo ha influido. Sin embargo, nunca se deja de escribir porque la escritura está en la mirada; es una forma de estar en el mundo, y observarlo, como bien sabemos aquí, instante a instante. Y cuando muere un padre, a veces, no se puede evitar. Así nació Viaje a la Ausencia, un viaje extraordinario, sin mapas ni coordenadas, el más lejano que he hecho nunca. Con él he querido sentir la ausencia desde la alegría, como si mi corazón fuera esta silla, que contiene un pañuelo de lágrimas y algunas flores. En el duelo nos reconocemos todos los humanos como seres contentos que, por una vez y sin complejo, miramos de frente a la pena. Y nos unimos defendiendo los matices, y la nostalgia, y los millones de huecos no registrados en la existencia y, sin embargo, tan importantes.

– ¿Qué me dijo el ordenador al recibir las galeradas de mi propio escrito?

– Este documento parece muy largo, ¿Quieres que te haga un resumen?