En junio de 2023, traía a esta sección unas palabras que no dejan de impresionarme, las de John Donne quien, en 1624, en sus Devociones para circunstancias intermitentes, en su capítulo XVII, reflexionaba sobre el misterio de la muerte cuando oía el tañido de las campanas que anunciaban el fallecimiento de un ser humano, porque “ningún hombre es una isla, ni se basta a sí mismo; todo hombre es una parte del continente, una parte del océano. Si una porción de tierra fuera desgajada por el mar, Europa entera se vería menguada, como ocurriría con un promontorio donde se hallara la casa de tu amigo o la tuya: la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy parte de la humanidad; así nunca pidas a alguien que pregunte por quién doblan las campanas; están doblando por ti”.
Nuccio Ordine, en su obra Vivir para los otros: Literatura y solidaridad humana, comentaba que esta meditación sobre la enfermedad y la muerte era “un himno a la fraternidad, un elogio a la humanidad concebida como el cruce inexplicable de una multitud de vidas”. Y hoy, en septiembre de 2024 me pregunto de nuevo: ¿por quién doblan las campanas? Y tengo que decir con Donne, doblan por mí, porque cuando alguien muere, muero yo también. Demasiadas e inexplicables muertes en nuestro mundo en tantas guerras, violencia y muerte en el interior de las familias. Cada día los medios nos traen imágenes desgarradoras de los enfrentamientos que nos sacuden y el miedo nos invade y nos cierra en un aislamiento que nos condena a la soledad. Demasiadas muertes de jóvenes que no soportan esta sociedad del miedo.
Pero, de repente, en el horizonte, a través de densos nubarrones, surge la luz y esta luminosidad la encontramos en la reflexión y propuesta que la editorial Herder nos brinda en las palabras de Byung-Chul Hang, quien en su obra El espíritu de la esperanza, nos dice que es posible, con ese espíritu, escapar de la cárcel del miedo.
Su reflexión viene precedida de dos textos, el primero de Gabriel Marcel: “La esperanza es un afán y un salto”; el segundo, de Paul Celan: “Mientras aún le quede luz/a la estrella/nada estará perdido”. Son dos buenas pistas para orientarnos por una buena propuesta hacia la recuperación de la esperanza en una sociedad presidida por el miedo. Un miedo que crea un ambiente depresivo donde los sentimientos de angustia y resentimiento “atizan el odio” y llevan a la pérdida de solidaridad, cordialidad y empatía. Un aumento del miedo que provoca “un embrutecimiento de la sociedad” y que acaba siendo una amenaza para la democracia que solo prospera en una atmósfera de reconciliación y diálogo. Es más, llega a decir: “Quien absolutiza su opinión y no escucha a los demás, ha dejado de ser un ciudadano”. Y expresa que los discursos de odio y los linchamientos digitales, que claramente atizan el odio, impiden que las opiniones puedan expresarse libremente”. Esta situación frena el pensar, “nos da miedo pensar y, sin embargo, el pensamiento, cuando se hace empático, es el que nos abre las puertas de lo totalmente distinto”. “El miedo, dice, solo instala señales de advertencia. La esperanza, en cambio, va dejando indicadores y señalizadores de caminos”.
Afirma que la esperanza es la única que nos hace caminar, que nos brinda sentido y orientación y nos ofrece la etimología de la palabra esperar, offen, en alemán. Cuando uno quiere ver más lejos o trata de ver mejor, se estira hacia delante. Por tanto, esperanza significa mirar a lo lejos, mirar al futuro. Y concluye “La esperanza nos abre los ojos a lo venidero […] quien espera mira dónde ponerse y qué dirección tomar”. Y eso significa saber de dónde partimos, de nuestras sombras, de nuestras fragilidades y nos propone el texto de san Pablo a los Romanos: “Nos gloriamos incluso de los sufrimientos, porque sabemos que el sufrimiento da firmeza para soportar, y esa firmeza nos permite ser aprobados por Dios, y el ser aprobados por Dios nos llena de esperanza. Una esperanza que no defrauda”. Rom. 5, 3-5.
Y también nos manifiesta la relación dialéctica que establece Nietzsche entre esperanza y desesperanza. La describe como arco iris que se despliega sobre el manantial de la vida que se precipita en una vertiginosa cascada; un arco cien veces engullido por el espumaje y otras tantas veces rehecho de nuevo con tierna y bella audacia. Preciosa metáfora en la que destacan los calificativos bella y audaz. Por lo que afirma el autor que quien tiene esperanza obra con audacia y no se deja confundir por los rigores y crudezas de la vida.
Toda la obra es un impulso para transitar lo intransitado, para poner rumbo a lo que está por nacer. Porque este espíritu de la esperanza crea un nosotros, vincula y reconcilia. Quizá su lectura rompa las cadenas de esta cárcel del miedo.
