En los últimos meses, hemos visto en todos los medios innumerables artículos y comentarios sobre la guerra en Gaza y en Ucrania. Titular tras titular informan (o desinforman) sobre esos conflictos. En 2024, The New York Times publicó 54 artículos sobre el Congo, abarcando temas como el medio ambiente y las elecciones, mientras que Ucrania fue objeto de 2.969 artículos. Si se miran otros medios aparece una relación parecida o incluso más llamativa.
Poco o nada se ha dicho, como indica Jason K. Stearns en Foreign Affairs de las 25.000 víctimas de abuso sexual atendidas por Médicos sin Fronteras, de los cientos de civiles ejecutados sumariamente, de las 165 mujeres violadas y posteriormente quemadas en una cárcel de Kivu, de los ataques a iglesias, de las desapariciones, desplazamientos de enormes grupos humanos a Goma.
Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, desde el 26 de enero de este año han muerto más de 3.000 personas y otras 3.000 han resultado heridas. En febrero de 2024 se descubrieron 70 cadáveres decapitados en una iglesia cristiana protestante en Kasanga, Kivu del Norte. Más recientemente, unas monjas impidieron el asesinato del obispo católico y la quema de un edificio cercano.
Esto no es nuevo
Durante más de 30 años, el país ha sufrido dictaduras y guerras. Su BIP, que en 2018 estaba ya en 445 dólares anuales, está en caída libre y su expectativa de vida está entre las más bajas del mundo. Ahora, los tribunales y hacienda de Congo están plagados de corrupción. Su policía y ejército son incapaces de controlar a las milicias. Además, en la mayoría de los países pobres, la corrupción real no podría alcanzar las simas de las del Congo, porque el país tiene trillones de dólares de cobre, cobalto (que se usa en baterías), coltán (para electrónicos), aluminio, diamantes y oro.
El conflicto lleva desarrollándose desde hace muchas décadas y, a partir del 26 de enero, se ha intensificado alcanzando unos niveles de crueldad insospechados y desencadenando una crisis humanitaria sin precedentes. La guerra tiene lugar en la región de Kivu Norte y Kivu Sur, alrededor de las ciudades de Goma y Bukavu. Después de la reciente toma de Goma, se ha tomado Bukavu, una de las ciudades más importantes de la región. El conflicto se puede extender a más regiones del país y ya se está temiendo una generalización de la guerra.
El conflicto en Congo tiene una historia larga y complicada. Cuando el dictador Mobutu (que sucedió a una época colonial no menos dolorosa) se encontró con el deseo y la presión democrática del pueblo, empezó a fomentar las divisiones étnicas para aferrarse al poder. En 1992 estalló el conflicto que se agravó en 1994 con el flujo de refugiados y soldados que huían del genocidio de Ruanda. Dos años más tarde, Ruanda y otros países invadieron la RDC para desmantelar a los grupos armados y derrocar a Mobutu.
¿Es esta una guerra con silenciador? ¿Por qué?
A primera vista, quizá se pudiera pensar que el conflicto actual es simplemente una cuestión de etnias enfrentadas, de venganzas o luchas tribales. Ciertamente, las tensiones étnicas contribuyen en gran medida a la fragmentación del país y al surgimiento de grupos armados, de los cuales el M23 es quizá el más notable y sangriento. Pero es mucho más que eso. La RDC es un país riquísimo donde el PIB es este: vastas reservas de minerales valiosos como el cobalto, coltán, oro y diamantes. Hay enormes intereses económicos, no solo locales, sino internacionales, en tales recursos. La explotación y comercio internacional ilegal de minerales financia a los grupos armados. Desde muy antaño los países occidentales, junto con China, se disputan el control de tales minerales. Y la guerra, por así decir, por poderes, conviene mucho a estos países. Es fácil y sale barato a los países interesados en adquirir estos recursos, permitir que peleen otros…
Hay una enorme demanda internacional de productos electrónicos cuyas piezas se fabrican con estos materiales. Los minerales cruzan las fronteras de forma clandestina para que otros se enriquezcan, aunque la población local permanezca en la pobreza. Los grupos armados se benefician del comercio de minerales, controlando las minas y exigiendo sobornos e impuestos a los transportistas, compradores locales e internacionales y controles aduaneros. Así, los países industrializados pueden fabricar su tecnología de manera más económica y, por tanto, la guerra resulta un gran negocio. Silenciarla resulta beneficioso. Pero ya no puede haber más silencio ante tanta sangre y tanta atrocidad.
La terrible complejidad de los grupos involucrados
En abril de 2012 emergió el movimiento M23 dirigido por soldados congoleños amotinados que acusaban al gobierno de romper una promesa de integrarlos en el ejército nacional y de no proteger a la comunidad Tutsi. Desde que volvió a emprender acciones en noviembre de 2021, el grupo ha sido responsable del desplazamiento de entre 600.000 y 800.000 personas, que viven en chabolas o campos de refugiados o en las calles de Goma.
En el último año, el M23 ha aumentado el territorio que controla en un 70%. Ha entrado en Goma, una de las ciudades más grandes del este del Congo y ha tomado el control de las carreteras. El M23 (Movimiento 23 de marzo) principal, pero no único, responsable de esta violencia es un grupo de milicias rebeldes, constituidas en su mayor parte por tutsis. Está en rebelión contra el gobierno y es apoyado por Ruanda, que busca el control de los recursos minerales. Ruanda ha negado que apoye al M23, pero cualquier observador puede ver la mano de Ruanda, que ha enviado entre 3.000 y 4.000 soldados al Congo y ha reforzado el grupo con drones y armas.
Hay, además más de 100 grupos armados en lucha, por fines distintos. Congo respondió al éxito del M23 con una mezcla de grupos de milicianos llamado wazalendo (patriotas) y pidiendo ayuda a Burundi, Malawi, Sudáfrica y Tanzanía, elevando así el conflicto a escala más intercontinental.
Existe, además, otro grupo compuesto por jóvenes, llamado LUCHA (Lutte pour le Changement). Empezaron por defender derechos humanos y denunciar las deplorables condiciones humanas. Pero, con el tiempo, se han convertido en algo más abiertamente militante y armado. Aunque es todavía pequeño, es capaz de movilizar a la población. Recientemente, junto con otros grupos rebeldes, se ha iniciado una estrategia de escape de presos de cárceles que han sembrado aún más violencia, ejecutando a civiles y violando a mujeres.
Las razones de Ruanda para esta guerra son complejas. Las fuentes oficiales dicen que tienen que proteger a los tutsis que viven en Congo. Pero eso es un argumento muy débil. Para Ruanda, Congo es un escenario importante para competir militarmente con Burundi y Uganda. Ruanda ha estado incursionando en Congo durante mucho tiempo, pero ahora más intensamente. Según algunos analistas, el presidente Kagame parecía haber estado molesto porque los líderes de Burundi, Congo y Uganda habían ignorado a Ruanda en unos planes de transporte. Pero además, algunos comentaristas notan un discurso de Kagame en una visita oficial a Benin en el que dijo que las fronteras marcadas en tiempos coloniales habían dejado a partes del pueblo de Ruanda fuera de su país y adheridos a Congo y a Uganda. Eso podría indicar la intención de Kagame de expandir sus actuales fronteras. Existen, sin embargo, motivos mucho más bajos: Congo es una mina de oro para Ruanda, ya que el país recibe enormes cantidades de oro de contrabando desde Congo. Ruanda también gana muchísimo exportando aluminio, tántalo y cobalto, también extraídos de minas de Congo.
El M23 es el mayor proveedor, lo cual mantiene a Congo demasiado débil para detener el robo. Ahora se ve que es muy probable que la intención de Kagame sea seguir avanzando hasta Kinsasha y tomar el poder total, como ya hizo Kabila en 1990 deponiendo a Mobutu. Con todo esto, el conflicto es de muy difícil solución. Las razones políticas y económicas son poderosísimas. Ninguno de los agentes implicados va a buscar la paz.
¿Qué hace Occidente?
Ni a occidente le interesaría tanto la paz. En 2022, la Unión Europea prometió 22 millones de dólares en apoyo a fuerzas militares ruandesas en Mozambique. Al año siguiente, los donantes europeos ofrecieron 320 millones de dólares para asuntos climáticos y 960 millones en otras inversiones. Y Washington, aunque ha limitado algo los programas de formación militar en el país, sigue siendo el mayor donante. Ruanda, por su parte, defiende la reputación de los países ricos y provee a Estados Unidos de fuerzas militares que se contraponen a los mercenarios rusos y además, protegen los intereses económicos de los países occidentales en la región.
Bélgica, Francia, Alemania, España y Estados Unidos así como la Unión Europea y las Naciones Unidas han pedido a Ruanda que detenga su apoyo al M23, pero su propio interés les ha impedido a todos emplear restricciones y embargos.
La ONU envió fuerzas pacificadoras, el cuerpo MONUSCO, pero su reputación entre la población está muy dividida. Por un lado, pudo proteger a muchos civiles, pero otras personas los ven como excesivamente pasivas, porque a veces se alían con el ejército congoleño, que no goza de popularidad. Una crítica frecuente es que mientras que gran parte de la población todavía vive en medio de guerras y masacres, no se notan los 18 miles de millones de dólares que ha gastado desde su fundación, y que se ha convertido en una institución en sí misma con sus instrumentos de propaganda, sus fiestas y sus actividades que nada tienen que ver con el mantenimiento de la paz.
Además, el personal de la MONUC resultó involucrado en 140 casos de acusaciones de abuso de explotación sexual. A pesar de la declaración sobre tolerancia cero, algunas de las misiones de la ONU se han enfrentado a acusaciones similares, en algunos otros países africanos.
¿Hay solución?
Muchas voces ya se han levantado pidiendo una presión y acción internacional para detener la sangría. La administración de Trump está heredando tendencias contradictorias de atención (por motivos estratégicos y económicos) y falta de atención por parte de Estados Unidos. Las primeras actuaciones de Trump en el marco internacional parecen indicar que se seguiría el mismo patrón de transacción para África.
Pero una estrategia así, dicen los analistas, haría más difícil la competición por influencia en el área, ya que se enfrentaría a Rusia, China o incluso los Emiratos Árabes. Tales países ya han estado trabajando para construir relaciones con las élites africanas. Y Washington necesita también mantener un difícil equilibrio de relaciones con estos países, por lo que afecta a otros conflictos internacionales. Sin embargo, el énfasis que probablemente ponga Trump en negocios a corto plazo, podría hacer más difícil para Washington hacer lazos permanentes en el continente.
Por otra parte, tal enfoque transaccional podría forzar a evaluar los intereses específicos, tanto políticos, como humanitarios y económicos. Pero históricamente no hay un record muy sólido de tales relaciones y por lo tanto, la Administración Trump tendría poca base sobre la que construir. Y además, en este momento están los grandes titulares de Ucrania, Gaza, asuntos de inmigración, que oscurecen de alguna manera a los conflictos silenciados. ¿Seguirá el silencio?
