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LA OTRA ESTRELLA

Complejo el idioma español, el verbo ser y el verbo estar. Ahí está la clave de lo que somos. Por ejemplo, podemos comprender por qué no es extraño que podamos ser felices, pero estar tristes. O al revés. El verbo ser y estar es el columpio de nuestra existencia, tal vez no sólo gramatical; ese galimatías con el verbo encierra un misterio no siempre acertado por quien tiene que examinarse de nuestro idioma, ese adorado y bien hablado devenir de palabras no extraviadas en la boca de nuestro Quijote, y nuestro Sancho.

El caso es que, ver un árbol ramplón y, aparentemente, necesitado de cuidados, me hizo muy feliz. Tal vez resulte extravagante lo que digo. Me encontraba en la tarde del 24 de diciembre de 2020 en Hiuntsville, Alabama, Estados Unidos. En un parque, había una exhibición de árboles de Navidad decorados de diferentes maneras. Hacía frío, caía ya la tarde. El viento trastocaba ligeramente alguna puesta en escena, como las cajas huecas de cartón envueltas en papel de regalo a los pies de algún pino. Otros ornamentos, permanecían regios, sin problema, transmitiendo color a través de espumillón de colores brillantes, y exhuberante decoración que hasta incluían grandes alas a la espalda de un abeto o lo invadían de piruletas gigantes o lazos, siempre grandes. Y siempre regalos. Había árboles temáticos, tristes, sin duda. Uno recreaba la silla vacía tras el fallecimiento de un hijo, otro estaba dedicado a todos los que habían fallecido en el año, en Alabama, por sobredosis de drogas. Sobrecogían esos árboles con los nombres pendidos de las ramas o la foto de un niño alegre en medio de una instalación, al lado de un árbol precioso y un pequeño sillón vacío. Los árboles del parque se mezclaban con los pinos navideños, la mayoría repletos de bolas, estrellas, paquetes de colores, como viene siendo habitual en las imágenes de la Navidad.

Este pino real, maltrecho como el burro de Sancho Panza tras una paliza, este árbol que sufre las inclemencias de los días duros, como si fuera un humano, tiene una gran bola que logra su equilibrio desde la base. Una bola bien quieta, segura de sÍ misma, y sola, como solo las bolas de navidad únicas y los humanos saben estar desde que nacen hasta que mueren. Solos, en busca de compañía, y color. Esa bola, sin embargo, casi feliz, me pareció, simplemente perfecta. Ukeire, es un concepto japonés que nos transmite que no se necesita ver el brillo en todo momento sino, en primer lugar, la aceptación. Se decía adiós al difícil año 2020. Por un momento, ese árbol nos mostró la situación, tal cual era, ganas de felicidad, sin que existiera del todo. Reivindicaba vivir el momento, en paz, con calma, y en pie, no de guerra sino desarmado, expectante, dispuesto a volver a empezar; preparados para un nuevo comienzo se hacía llamar ese árbol de la exposición. Sin artilugios, ocupaba su espacio. Por un momento, esa bola grande puede ser esfera, pero también estrella, como si lo fuera; lo es, y está. Una brillante estrella camuflada y única allá arriba del arbolito maltrecho, a los pies del cielo.

En esta boyante Navidad, me acuerdo de ese árbol. Ahora que la gente se envía buenos deseos de paz y sobre todo, prosperidad, lanzo desde aquí también mis buenos deseos para este año nuevo. Que sea un año de memorables historias y extraordinarios momentos, instantes que recordar.