VERÓNICA ARANDA
Es doctora en Estudios Artísticos, Literarios y de la Cultura por la Universidad Autónoma de Madrid (especialista en copla y fado) y docente. Ha recibido los premios internacionales de poesía: Antonio Carvajal, Antonio Oliver Belmás, Miguel Hernández, Ciudad de Salamanca, Luis Feria, Leonor, Ciudad de Pamplona y el accésit del Adonáis. Entre la docena de poemarios que ha publicado, destacan: Tatuaje (Hiperión, 2005), Épica de raíles (Devenir, 2016), Dibujar una isla (Reino de Cordelia, 2017) y Cobalto oscuro (Cénlit, 2020). La antología La rosa contra el lino (Polibea, 2023) reúne una amplia selección de su obra.
Traduce poesía portuguesa y brasileña contemporánea y a autores como António Ramos Rosa, Maria do Rosário Pedreira, o Salgado Maranhão. Además, cultiva el ensayo y colabora como crítica literaria en revistas especializadas. Dirige la colección Toda la noche se oyeron. Poesía Latinoamericana de ahora en la editorial Polibea.
Algunos de sus poemas han sido traducidos al francés, inglés, gallego, portugués, italiano, árabe, rumano y hindi.
Su palabra a la intemperie es “… contagio; cruza fosos, avanza hacia las fortalezas, /busca nuevos sentidos/entre los/crisantemos, /las tormentas de nieve…”.
En su última intervención, su voz y la música de un fado llenaron O_Lumen de belleza y sensibilidad.
Poética I
Yo domo las palabras
en este territorio de esplendor
que se abre a lo posible
y al lúdico avatar de algunos dioses
que juegan a los dados.
Mi oficio es similar al que realiza
el domador de monos:
hay algo irracional y la energía
del ónix negro. Tras la multitud,
la herida de la niña
supura en el umbral de las chabolas.
Ni el cuerpo ni el dolor son suficientes
para atrapar el colibrí del rito,
el cereal que gesta el tiempo nómada
de toda creación, porque la duda,
medida en el azar de los cuartetos,
siempre acaba por ser politeísta.
Ítaca desde el aire
Sobrevolamos Ítaca.
Penélope se arropa con dos sábanas.
Un viejo mapamundi
reposa sobre el lado
vacío de su lecho.
De Dibujar una isla. Reino de Cordelia, 2017.
Oficios
Pasaban las muchachas con cestas de granadas;
supe de los oficios más humildes.
Y abrazarte en la aurora
fue perder la partida de ajedrez,
sacrificar la sombra del baniano
donde estaba el asceta sosegado en sí mismo.
Te sostuve, insegura, bajo el cuarto creciente,
y amarte fue también mi oficio más humilde,
como trenzar el mimbre o moler el centeno,
cuidar de los rebaños, picar piedras,
ser barquero en un río caudaloso.
Y amarte fue también mi oficio más humilde,
como el del mercader de marionetas
en un poblado árido o el lastre
de los porteadores de estación.
Y amarte fue también mi oficio más humilde,
como tejer guirnaldas durante treinta noches,
ser acróbata en ferias polvorientas
o intuir otras vidas por algunas monedas
en la choza precaria del astrólogo ciego.
De Cortes de luz. Rialp, 2010.
Inventario
Todas las pertenencias del marino
caben en la cabina de un pesquero.
toda la luz de julio
desgasta las maderas de los barcos
donde están retratadas
las sirenas.
© Verónica Aranda

