Entre el glamour y la prohibición
El festival de Cannes es uno de los más importantes de la industria cinematográfica mundial. En la segunda quincena de mayo de cada año, el Palais des Festival, Palais Croisette, extiende su alfombra roja para dar paso a actores, actrices, productores, distribuidores… que presentan sus trabajos ante el público y ante unos 4.500 periodistas acreditados. Todo un acontecimiento que convierte Cannes en uno de los eventos más exitosos de los medios de comunicación y que reúne a muchas actividades más a menos ligadas a la industria cinematográfica como, por ejemplo, la moda.
Las escaleras que conducen al interior de la sala de proyección son el reclamo ideal para que los gurús de la moda presenten sus últimas creaciones en los cuerpos sobre todo de las aspirantes a la Palma de Oro. En Cannes, Dolce & Gabbana, Prada, Loewe, Armani, Balenciaga, Gucci, Chopard, Cartier, etc. tienen un buen escaparate. Pero no todo está permitido; algunas prendas eran tan aparatosas con grandes volúmenes o enormes colas que hacían complicado el movimiento de las que lo llevaban y difícil su acomodo en la sala de proyecciones. Solución: prohibirlo.
Menos justificada estaba la prohibición, hoy olvidada, de no llevar tacones pues el zapato bajo no parecía adecuado a la suntuosidad del evento; ya lo dice el refrán: Zapatos sin tacón, casa sin balcón. Últimamente la prohibición (la organización dice que por decencia) ha recaído en los naked dresses, es decir, vestidos desnudos, que existen a pesar de la paradoja. Telas transparentes, sutilísimas visten cuerpos desnudos. No hace falta indagar mucho para darse cuenta de que las prohibiciones recaen especialmente sobre las féminas, evidente “muestra del peso que el patriarcado continúa infligiendo sobre las mujeres” aunque también se puede argüir que lo que se persigue es “que el look no sea lo más importante”, sino que lo más interesante sean las actrices y sus trabajos.
Una historia viva
Desde las hojas de parra bíblicas hasta los impresionantes vestidos de los diseñadores de Cannes y otras pasarelas, la necesidad de cubrirse y resguardarse de las inclemencias del tiempo ha acompañado a la humanidad. Unido al deseo de la novedad, de lo diferente, se inventaron complementos y adornos que han dado por resultado la moda. Desde la Revolución Industrial la moda ha ido dejando de acompañar a las élites para llegar a todos los estamentos sociales. Pero antes de la Revolución Industrial las personas también cuidaban su indumentaria y variaban su forma de vestir según gustos y necesidades. El problema reside en que no es fácil encontrar tejidos y vestidos de siglos anteriores.
Situado en el recinto de la Ciudad Universitaria madrileña, al Museo del Traje de Madrid se accede a través de una amplia y luminosa escalinata. Pero una vez dentro hay que esperar a que los ojos se adapten a la penumbra en la que se exponen las piezas del museo. La oscuridad, al igual que la temperatura y humedad son claves para la conservación de tejidos entre cuyas costuras hay muchos años de vida. Los vestidos, y las telas con que se hicieron, son documentos históricos. Sirva como ejemplo el hecho de que, en ausencia de restos biológicos, gracias a la presencia de restos de prendas litúrgicas del siglo XVII, se pudo localizar la tumba de Miguel de Cervantes en el convento de las Trinitarias de Madrid.
A pesar de los problemas de conservación, en España hay unas 250 piezas de la época medieval procedentes, sobre todo, del monasterio burgalés de Santa María la Real de las Huelgas y los sepulcros de la familia Saldaña en la iglesia de San Pedro de Tordesillas (Valladolid). El Monasterio de las Huelgas, fundado en 1187 por Alfonso VIII y Leonor Plantagenet, fue durante los siglos XIII y XIV panteón de la familia real castellana y en su museo se puede admirar hoy una colección única en su género tanto por su cantidad como por su calidad; son ropajes civiles, no eclesiásticos, de seda muy bien conservados que muestran las técnicas textiles utilizadas procedentes de Oriente y llegadas a través de la Andalucía árabe, así como, motivos artísticos y heráldicos, tintes, etc. En la capilla de los Saldaña (siglo XV) se encuentran los sepulcros de Elvira de Acevedo, primera esposa de Fernán López de Saldaña, canciller y camarero del rey Juan II y otros parientes.
La moda se repite
Carolina Herrera, modista de la elegancia, dice que “la moda siempre ha sido una repetición de ideas” y, a poco que indaguemos, comprobamos su verdad.
En tiempos de la Grecia clásica, los actores de teatro se subían en unas altas plataformas, coturnos, para que los espectadores los vieran bien cuando actuaban. Siglos después, las venecianas las usaban para andar por las sucias calles de su ciudad sin manchar los bajos de sus faldas. Pero ese deseo higiénico se desbordó y algunas aumentaron sus plataformas hasta llegar a los 50 centímetros lo que les obligaba a llevar acompañantes que impidieran los frecuentes tropezones y caídas. Los chopines, así se llamaban, eran también un signo de poder porque no todas las mujeres podían dedicarse a sus tareas calzadas con semejantes zancos.
Los chopines, que se llamaron en España chapines, debían su nombre al ruido que hacían al andar pues la plataforma de corcho que daba altura estaba revestida en la parte que tocaba el suelo por una lámina de metal. Los chapines, como se ve en el ejemplar del Museo del Traje, se podían convertir en una joya si se adornaban con telas y piedras preciosas. El diseñador italiano Salvatore Ferragano, a mediados del siglo pasado, recuperó la moda de los zapatos de plataforma, moda que resurge cada poco tiempo y que aún hoy sigue calzando los pies de algunas y algunos.
Ellas y ellos
Pudiera parecer que la moda es exclusiva para las mujeres, pero también los hombres siguen sus dictados, aunque con menos exigencias. En el Museo del Traje nos asombramos ante el verdugado, una falda que se sobreponía a un armazón de madera o de aros llamados verdugos que daban una apariencia cónica a sus usuarias.
Esta moda inventada en España se extendió por toda Europa entre las clases pudientes pues su fabricación era costosa. Las exageraciones de la moda ampliaron el verdugado hasta convertirlo en guardainfante. En principio, como su nombre indica, para ocultar o cuidar embarazos, pero pronto adoptado hasta por menores como vemos a la infanta Margarita en Las meninas de Velázquez.
No contentos con semejante ampulosidad, el guardainfante fue sustituido posteriormente por el tontillo en el que la amplitud por medio de aparatosos armazones o ballenas se fijaba en las caderas dando al cuerpo femenino una forma de campana frente a la apariencia redondeada del guardainfante.
En siglos posteriores el polisón exageraba la parte posterior de la falda desde la cintura y el corsé aplanaba el vientre, reducía la cintura, realzaba el pecho y sometía a las mujeres a un sacrificio muy poco saludable. El modista francés Jean Paul Gaultier los ha ido adaptando a las necesidades de la vida actual y forman parte importante en sus colecciones.
Si la moda intentaba que las mujeres disimularan su figura, no ocurría lo mismo con los hombres que procuraban resaltar sus atributos de fuerza y, por supuesto, no mortificaban tanto su físico. Jubón, calzas, zaragüelles o calzones, chupas (chalecos con adornos) y casacas eran los nombres de los actuales, chalecos, camisas, chaquetas, pantalones, abrigos, etc.
La elegancia del negro
Ante los cuadros de los pintores flamencos, admiramos los colores que resaltan la belleza de las telas de los personajes representados. En las telas medievales conservadas no es fácil encontrar esa viveza del color porque se ha ido degradando con el tiempo. Papel importante en la preparación de una tela era el de los tintoreros. Gracias a ellos que solían agruparse, como otros muchos gremios, en lugares especiales de la ciudad, los vestidos adquirían las tonalidades que se podían conseguir con los tintes, algunos de origen vegetal como el glasto o añil, el azafrán, la rubia e incluso las cáscaras de nueces para conseguir azules, amarillos, rojos y marrones.
También acudían los tintoreros a animales como la cochinilla, un insecto que proporcionaba el rojo, o la sepia para el marrón; existía también un caracol del que se obtenía un rojo púrpura muy apreciado, pero carísimo por su difícil obtención.
Es muy raro encontrar en los pintores anteriores al siglo XVI toques de color negro puro; tampoco la gente se vestía con ese color hasta que Felipe II lo puso de moda y lo exportó a todos sus territorios. El traje a la española, alabado por Castiglione, autor de El cortesano, era serio, sobrio, de corte militar y negro. Lo que hasta entonces era imposible, el descubrimiento de América y del árbol de campeche, originario de Méjico, consiguió que Felipe II, su corte y toda Europa se vistiera de negro y tuviera que comprar a la Corona española esa planta que conseguía telas con un negro intenso, color ala de cuervo.
El negro significa desde entonces elegancia; hoy muchas mujeres conservan en sus armarios une petite robe noire (vestidito negro) como el que llevaba Audrey Hepburn en la película Desayuno con diamantes siguiendo el dictado de su inventora, la diseñadora francesa Coco Chanel. Aparte de negro, el modelo debe ser lo más sencillo posible que sirva tanto para la vida diaria con una chaqueta o para una fiesta adornado con joyas.
El monopolio del palo del campeche no fue la única vez que la política o la economía se encuentran con la moda. A mediados del siglo XVIII el marqués de Esquilache, ministro de Carlos III, deseoso de adecentar y embellecer Madrid, decidió erradicar de la vestimenta de sus ciudadanos la capa larga donde era fácil esconder armas y mantener el anonimato, y el chambergo o sombrero de ala ancha sustituyéndolo por el de tres picos que dejaba ver el rostro.
Esta imposición de una moda que consideraban extranjera dio lugar a un movimiento popular, el motín de Esquilache, en el que no contaba tanto la moda como motivos políticos de lucha de poder y económicos por la carestía del pan cuyo precio no estaba al alcance del pueblo.
Recientemente, la más universal empresa de ropa española se vio obligada a pedir perdón al Gobierno israelí y retirar todas las existencias de una camiseta de rayas que se adornaba con una estrella amarilla en el lado izquierdo porque recordaba extraordinariamente a la indumentaria que debían llevar los judíos por imposición de los nazis, durante el Holocausto.
Doña Alda y sus acompañantes
“En París está doña Alda,/ esposa de don Roldán/ trescientas damas con ella/ para la acompañar”; así empieza este romance de los siglos XV-XVI, y continúa: “Todas visten un vestido, todas calzan un calzar pero no doña Alda que era la mayoral”. Así es la moda que por un lado unifica y por otro aleja. No todos los rotos de los pantalones vaqueros son iguales; los que llevan personajes públicos, artistas variados o simples influencers venidos a más, no son como los que hacen sus seguidores con tijeras caseras imitando lugares y formas de sus ídolos.
Como siempre ha sido la moda, una cadena de imitaciones en que se va perdiendo glamour según se bajan escalones. Uno de los retos a los que se enfrentan los grandes diseñadores de moda es el de las imitaciones que con los medios actuales son muy fáciles de conseguir. Podemos creer que todas las imitaciones vienen de los talleres clandestinos de Oriente, pero no es así, a veces el enemigo está en el mismo sector. Por eso algunas cadenas importantes de venta de ropa, por ejemplo Zara, Mango, Primark, han sido acusadas de plagio. A veces, ciertamente no es fácil hacer valer los derechos de autor ante unos modelos que, si no copiados, están demasiado inspirados en los originales de las pasarelas.
En la industria de la moda no solo trabajan personas directamente relacionadas con ella como, diseñadores, patronistas, costureras, zapateros, modelos o ingenieros textiles, sino que también incluye especialistas en marketing, en comercio electrónico, en sostenibilidad, en periodismo y publicidad, en fotografía y hasta en relaciones sociales. Es una industria, tanto la de alta costura como la informal, que significa mucho en la economía de algunos países. Por ejemplo, en España supone el 2,7% del PIB y sus ventas pueden alcanzar en el 2025 más de 28.000 millones de euros.
Hace 50 años que un modesto trabajador español Amancio Ortega que empezó cosiendo y vendiendo batas de guata, creó Zara que desde la localidad coruñesa de Arteijo se ha extendido hasta tener 256 tiendas, más otras 800 incluidas, como Bershka, Stradivarius, Pull&Bear, Oysho, Zara Home o Massimo Dutti, en la marca Inditex presente en 96 países tan distintos como París, Nueva York, Chipre o Israel.
Su éxito consiste en poner en sus tiendas nuevos diseños continuamente a un precio asequible favoreciendo los deseos de una clientela siempre dispuesta a llenar sus armarios de una ropa que quizás vaya a la basura incluso sin ser estrenada. Probablemente ninguna llegue a las vitrinas de un museo, aunque, desgraciadamente permanezca por años contaminando la tierra y el mar porque la moda es variable, pero permanece.
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Decálogo: https://intered.org/es/recursos/decalogos-de-recomendaciones-para-trabajar-desde-el-pensamiento-critico-sobre-los-discursos
Investigación: https://intered.org/es/recursos/diagnostico-participativo-sobre-percepciones-y-actitudes-de-la-juventud-en-torno-los
Fancine: https://drive.google.com/file/d/10S19iZJ5mZ-JqvALwSdn_o44ZE9-kF_U/view
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Decálogo: https://intered.org/es/recursos/decalogos-de-recomendaciones-para-trabajar-desde-el-pensamiento-critico-sobre-los-discursos
Investigación: https://intered.org/es/recursos/diagnostico-participativo-sobre-percepciones-y-actitudes-de-la-juventud-en-torno-los
Fancine: https://drive.google.com/file/d/10S19iZJ5mZ-JqvALwSdn_o44ZE9-kF_U/view
