El matemático, científico y filósofo francés del siglo XVII, Blaise Pascal, estaba convencido de que el hombre intenta eludir las preguntas existencialistas, las preguntas más fundamentales e importantes sobre el sentido de nuestra vida, a través de una hiperactividad, entreteniéndonos con un sinfín de divertimentos y distracciones. En sus propias palabras: “El hombre no encuentra nada tan intolerable como estar en un estado de reposo total, sin pasiones, sin ocupación, sin diversión.”
Según este pensador, el hecho de vivir frenética y distraídamente, sin dedicar algún tiempo a interrogarse sobre el sentido último de su vida condenaba al ser humano a una existencia absurda y sin sentido. Su opinión al respecto coincidió con la del filósofo ateniense, Sócrates, para quien la vida humana no examinada no valdría la pena vivirla.
Aunque Pascal vivió en el siglo XVII, su idea sobre los efectos negativos de una vida llena de distracciones sigue siendo muy relevante. De hecho, hoy en día la oferta de distracciones es mucho más amplia y variada que en su época. La tecnología moderna nos ofrece tantas posibilidades de distraernos que el peligro de reducir nuestra vida a una hiperactividad constante es más grande que nunca. Vivimos rodeados de televisiones, teléfonos móviles, ordenadores y otros aparatos fabricados por la industria tecnológica.
El efecto de estos aparatos sobre el ser humano está provocando una importante preocupación entre los profesionales de la salud. Mucha gente está tan enganchada a su smartphone que llega a convertirse en una adicción y retirarlo provoca un mono fuerte y, en el caso de los jóvenes, a veces una respuesta agresiva o violenta. La disponibilidad de tantas distracciones electrónicas ofrece a los jóvenes una alternativa inmediatamente más atractiva que el estudio o los deberes escolares. También hay una creciente evidencia de un declive alarmante en la capacidad de concentración de una generación de niños y adolescentes que pasan horas con la vista fija en pantallas electrónicas. Las consecuencias negativas en cuanto a la educación son incalculables.
Vivimos bombardeados por una cantidad abrumadora de información a través de los medios sociales, una información que muchas veces en realidad es desinformación. Los algoritmos empleados por estos medios nos animan a comunicarnos con gente que generalmente comparte nuestras opiniones y nuestros prejuicios.
Restringir nuestros intercambios de opiniones a interacciones en los medios sociales con gente que piensa lo mismo que nosotros elimina el debate real, un debate que es imprescindible si queremos mantener un sistema democrático sano y viable, y una sociedad tolerante y pacífica. El contacto constante con gente cuyas opiniones son muy parecidas a las nuestras, opiniones a menudo mal informadas pero muy dogmáticas, facilita la conversión de nuestros adversarios políticos en nuestros enemigos. Hay una creciente tendencia a considerar que las personas que piensan sobre temas sociales, sexuales, morales o políticos de manera distinta a la nuestra son malas, y no simplemente están equivocadas. Montar una cruzada contra ellas, sea una cruzada meramente verbal o, a veces, violenta, nos parece un deber moral.
Desafortunadamente, los medios de comunicación tradicionales tampoco ofrecen una alternativa más seria. De hecho, son parte del problema. El primer director de la BBC declaró que sus tres principales fines, en orden de su importancia, eran, primero, informar, segundo, educar y, tercero, entretener. Este orden de importancia ha sido invertido. Hoy en día la mayoría de los canales de televisión concentran sus esfuerzos en entretener y anestesiar a su público. Las noticias ya forman parte del entretenimiento y suelen carecer de un análisis en profundidad de los eventos o problemas. Nos entretienen, y muchas veces nos asustan, con una noticia durante unos días y luego cambian a otra noticia sin haber analizado seriamente la noticia anterior.
La pensadora alemana Hannah Arendt estaba convencida de que la incapacidad de pensar críticamente era una de las causas más importantes del auge del totalitarismo en el siglo XX. El que no es capaz de pensar críticamente queda a merced de la propaganda y puede caer fácilmente bajo el hechizo del demagogo de turno. El pensamiento crítico brilla por su ausencia en nuestros días y, esta ausencia se debe en parte a la velocidad con la que vivimos nuestra vida.
Como dijo Arendt: “El pensamiento crítico auténtico es lento por naturaleza. Requiere tiempo para examinar premisas, considerar implicaciones, explorar conexiones no obvias. Cuando nos presionamos para responder rápidamente activamos patrones mentales automáticos, recurrimos a respuestas prefabricadas, repetimos lo que hemos escuchado antes.”
La falta de pensamiento crítico explica la tendencia actual de buscar soluciones simplistas a problemas complejos y de recurrir a eslóganes baratos en vez de a debates sinceros y análisis rigurosos. Este comportamiento contribuye a la peligrosa polarización social y política que estamos experimentando en las sociedades actuales. Aparte de los efectos nocivos sobre la convivencia social, el estilo de vida actual tiene un impacto importante sobre nuestro planeta.
En parte, quizás, como una reacción a los meses de confinamiento impuestos por la pandemia del Covid-19, estamos experimentando actualmente una frenética hiperactividad turística. Se trata de un tipo de consumismo desenfrenado en el que la gente está consumiendo febrilmente paisajes y ciudades.
Las aerolíneas de bajo coste han permitido una explosión del turismo masivo, un turismo que llega a los más remotos rincones de la tierra. En palabras del filósofo coreano Byung Chul Han, “vivimos en un estado de distracción permanente, corriendo de un estímulo a otro, y la atención, esa mirada sostenida y contemplativa que es necesaria en la vida del espíritu, ha sido sustituida por una voracidad que consume sin detenerse.” Tanta hiperactividad turística está causando mucho daño a los destinos turísticos más plagados y está haciendo la vida difícil o incluso imposible a los nativos de las zonas sometidas a esa invasión. En ciudades como Venecia, por ejemplo, la gente que nació allí se está trasladando a otros lugares, empujada por la inconveniencia de vivir rodeado constantemente de masas de turistas. Se habla de la posibilidad de que Europa se convierta en un gran parque temático o en un enorme museo si esta tendencia sigue.
También tiene un efecto muy negativo sobre la capacidad de la gente joven a acceder a una vivienda asequible. En muchas ciudades resulta mucho más lucrativo para los propietarios dedicar sus pisos o casas al negocio del turismo, un fenómeno que está excluyendo a la gente joven del mercado inmobiliario.
Los efectos nocivos del turismo masivo no se restringen a las zonas directamente afectadas ni a los problemas graves del mercado de la vivienda, sino que tienen también consecuencias más generalizadas. Los incontables viajes tienen un impacto ecológico negativo sobre nuestro pobre, maltratado planeta.
A la vista de los resultados catastróficos del turismo, puede que Pascal tuviera algo de razón cuando dijo “todos los problemas de la humanidad provienen de la incapacidad del hombre para sentarse solo y en silencio en una habitación.” Hoy en día el silencio es una joya rara, aunque cada vez más gente reconoce su importancia y acude a retiros de silencio o practica la meditación o mindfulness.
En el fondo, toda esa hiperactividad que caracteriza el mundo en el que vivimos actualmente no se explica simplemente como la búsqueda de entretenimiento, sino, según Pascal, representa un intento de eludir las grandes preguntas existenciales de la vida humana; Pascal diría lo mismo sobre la necesidad que sentimos de estar rodeados constantemente de ruido: no amamos el ruido, sino que tememos el silencio.
El silencio representa una amenaza para mucha gente hoy en día, una amenaza que hay que evitar a toda costa, porque el silencio nos pone cara a cara con las preguntas fundamentales sobre el sentido del mundo y de nuestra existencia. Es demasiado fácil silenciar estas preguntas hoy en día, rodeándonos de ruidos, entreteniéndonos con viajes incesantes y tapando el hambre de sentido, que según el psicólogo Viktor Frankl es una necesidad absoluta de cualquier ser humano, con objetos de consumo, objetos que pierden su encanto rápidamente y necesitan ser reemplazados por otros estímulos nuevos que resultarán igualmente efímeros.
La religión es, en gran parte, la respuesta a las preguntas existenciales. Obviamente, si evitamos enfrentarnos a estas preguntas, la religión pierde su atractivo y su razón de ser y parece cada vez más una reliquia irrelevante de una época anterior.
Nuestra incapacidad de quedarnos quietos y en silencio contribuye de una manera importante a la creciente indiferencia religiosa. No tenemos ni el tiempo ni el silencio necesario para darnos cuenta del enorme vacío existencial que es característico de la vida moderna, una vida en la que el centro comercial ha usurpado el lugar de la catedral y la iglesia. Esta sociedad solo puede volver a Dios si la gente vuelve a aprender a callar y a parar. Como dice el salmo 46, verso 10, “estad quietos y conoced que yo soy Dios.”
