Gani Mirzo desafía el miedo de atravesar kilómetros en zonas de guerra. Nacido en Rojava en el Kurdistán de Siria en 1968, se sintió atraído por la música desde pequeño. Como kurdo, su música y cultura estaban prohibidas en Rojava y Siria, pero él se formó en Alepo. Después emigró a Barcelona en 1993 donde estudió en el Conservatorio del Liceo. Desde el estallido de la guerra y de la violencia desatada por el Daesh (Isis), la música cesó. Él decidió tomar partido desafiando cualquier peligro. Desde el 2017-2018, con el apoyo del músico vasco Fran Lasuen, ha recogido instrumentos para llevarlos a pueblos y ciudades devastadas. Se han creado escuelas de músicos. Donde se escuchó el ruido de la muerte, hoy se abren paso rendijas de esperanza.
Lourdes Durán: ¿Vino a España a estudiar música, por motivos políticos?
Gani Mirzo: Llegué como emigrante. Realmente vine para estudiar música. Me quedé seis años sin papeles, no conocía el idioma. A pesar de esa fase dura pude estudiar. En el 94 empecé en el Liceo de Barcelona y acabé en el 2000. Hice buenas amistades. Formé un grupo pequeño de músicos, la Gani Mirzo Band. Soy compositor. A finales de los 90 hice una gira por Galicia. Grabamos un CD en directo, Roni. A pesar de mi situación económica dramática, fue una etapa muy alegre, creativa, siempre de fiesta. Era joven. Elegí España porque en Alemania, donde estuve antes becado para estudiar historia de la música y psicología, no me sentí conectado. Durante mis estudios estudiaba flamenco y sentí que era algo aproximado a nosotros. Sentí un vínculo. Tuve un contacto con España, viajé aquí. Estudie en Madrid, aprendí castellano. Quería estudiar música y el único sitio oficial que te daban título era en Barcelona. Tuve buena vibración con el profesor en el Conservatorio del Liceo. Nunca estás como en casa pero me sentí bien. En Europa no me sentía tan cómodo como en Barcelona. Soy kurdo y medio catalán (risas).
L. D.: Hay un antes y un después tras la guerra en Siria. Hábleme de su etapa anterior antes de convertirse en activista.
G. M.: A finales de los 90 al acabar en el Conservatorio, empecé a dar clases y abrí un departamento de Música Oriental y de África con la asignatura Música de Oriente Medio y norte de Africa, enfocada a la música de Al Andalus, a la interpretación con el laúd, el jazz. Saqué un disco, Totico. Este disco sigue sonando. Después el grupo de teatro Els Comediantes me llamó en 2004 para su espectáculo Mil i una nits. Yo al principio no me veía componiendo en la obra. Estuvimos dos años. Compuse la banda sonora y fui el director de la banda. Sacamos un CD con la compañía, Harmonia de Mundi, fue finalista de los premios Max. ¡Ni sabía lo que eran! Nuestra competencia era con la obra Mar i cel, de Dagoll Dagom. Ganaron ellos. Era una orquesta. Nosotros cinco músicos. Fue reñido. Nos dieron el mini Max. Después con mi banda actué en Europa. Hasta la guerra en Siria…
L. D.: ¿Qué le pasó?
G. M.: En 2013 fui al campo Domis, donde vivían los refugiados kurdos de Siria. Me estremeció lo que vi. Miserable. Al regresar pensé qué puedo hacer. Ahí empieza mi historia con la gente que lo ha perdido todo. Sentí que tenía que hacer algo. Surge mi primer proyecto como activista. Grabamos un disco que titulamos Campo Domis y los beneficios de las ventas fueron para ayudar a los enfermos, a los niños, algo simbólico. En 2014 Isis invadió todo el territorio kurdo, mató a miles de personas. Yo viajaba a la zona y veía como era la situación.
L. D.: ¿No tenía miedo?
G. M.: Siempre pero tienes que hacer algo o quedarte mirando noticias. No podía hacerlo. Cuando se liberó la zona de Isis, había un caos total. No había escuelas, ni instrumentos y empecé a hacer recogida de instrumentos. Ayudar a los niños, a los artistas, que puedan olvidar el ruido de la guerra, del secuestro, escuchar algo noble como es la música. Para mí lo es todo. Con la ayuda del músico del País Vasco Fran Lasuen, entre 2017 y 2018, recogimos casi 400 instrumentos. También se involucraron Músicos sin Fronteras. Les agradezco la voluntad.
L. D.: ¿En qué consiste el proyecto?
G. M.: Recogemos instrumentos usados que nos regalan adultos. Algunos son los instrumentos que usaron de pequeños. Hay violines, guitarras… Los llevamos desde Barcelona a Alemania y de ahí van a las zonas devastadas por la guerra y el ISIS. El Conservatorio del País Vasco nos ha ayudado mucho, también en Cataluña, y el pueblo de Olivenza en Badajoz.
L. D.: Es metafórico, el viaje de los instrumentos al corazón de las tinieblas. Debe haber historias preciosas, ahí. ¿Puede contarnos alguna?
G. M.: Sí. Estuve en la ciudad recién salvada de Kovan, donde todo estaba destruido. Dos hermanos gemelos, Mustafá y Ahmed perdieron sus instrumentos. Eran pobres. Tenían un don especial. Le pregunté a Mustafa, ¿qué sueño tienes en tu vida? Me dijo: Mi hermano me había regalado un violín en Alepo, pero el Daesh lo destruyó. Mi sueño es tener un violín. Llamé a Fran Lasuén y él me dijo: ¡Ya tienes un violín! Es un violín francés de principios del siglo XX que Fran compró en Burdeos. Lo arregló un poco y me dijo. ¡Ya tienes un violín!
Otra historia bonita. Yo estaba repartiendo instrumentos y me llega un mensaje de un violinista de Shingal, donde fueron invadidos en 2014, secuestradas 3.000 mujeres. Una zona horrible. Un genocidio del que no se habla. Yo tengo buena formación de la zona. Este chico me dijo que necesitaba un violín pero yo ya no tenía ninguno. Se inició una amistad. Me dijo que fuera a Shingal. Mi viaje es una película. En 2018. Isis, secuestros. Yo pasé con un contrabandista para poder llegar. Un viaje con un coche, cambiando cada tantos kilómetros, yo sin visado. Podría haber sido encarcelado y también estaba la amenaza de los terroristas. Por los dos lados. Pero mi decisión era firme: llegar a Shingal. Nunca olvidaré los rostros de la gente, como nubes negras. Pasó una máquina de destrucción. Pensé ¿qué puedo hacer? Dando vueltas por el pueblo, medio habitado y medio destruido y ahí están también los refugiados de otros pueblos. Decidí hacer un espacio para los niños que están en la calle. Ahí nació la idea de montar escuelitas de música en lugares de guerra. No hay ninguna familia que no tenga una persona secuestrada, con una tragedia. Me llamó un médico alemán para decirme que ellos salvaban una vida pero que yo salvaba más con esta escuelita de música. Decidí que Hargo (el chico ciego) fuera el encargado de la escuelita. La del músico armenio sirio Haroud es otra historia. Rodamos en sitios que olían a muerte. El Daesh entró en su casa de Raqqa. La destruyó. Él no había vuelto. Le convencimos.
Al entrar en su casa no la reconoció, todo destruido, la huella de las balas en las paredes. En su casa vivió un oficial del ISIS, esta casa pertenece al Estado Islámico. Se quedó en shock. Rodando el documental Harmony: Music Returns to Rojava vino una patrulla de policía. Este edificio aún no lo hemos limpiado, chequeado. Puede haber bombas.
L. D.: ¿Cómo sigue el proyecto y cómo se financia?
G. M.: Construí la escuela pero tenía animo de hacer algo para este niño pero con la esperanza de que vinieran más niños… Cuando arreglamos la escuela, después de unos meses, el día de la inauguración me mandó un whatsapp. Aquí casi 200 niños que querían estudiar. Me emocioné mucho. Mi decisión era tener un profesor y una profesora. En mi pueblo las mujeres no cantaban en público. Era como música terapia. Toda la población estaba contagiada. Hay clases de niños para cinco años hasta más mayores. Mezclados. Niños y niñas. Han pasado cientos de niños, rehabilitación psicológica. Se han conocido entre ellos. Miedo tremendo.
Más de medio millón de personas en la población y con la guerra se quedó con menos de 100.000. Ahora está como antes porque hay muchos refugiados, de todos los pueblos destruidos. El gobierno no hace nada para que la gente vuelva a su casa. Ni la ONU ni nadie hace nada. Es una zona autónoma. La escuela está en territorio de Irak, son zonas en las que se está discutiendo a quién pertenecen. Nuestros refugiados están en Kurdistán. Nuestra escuela pertenece al gobierno de Irak. A mí no me han detenido pero me han interrogado muchas veces. En cuanto a la financiación al principio recibí ayuda de Músicos sin fronteras, luego me quedé solo.
Intento conseguir apoyo aquí en Cataluña pero no he tenido respuesta. Lo financio a través de conciertos y del bar Narin, que regento en Barcelona. Los miércoles hacemos conciertos y la taquilla va para seguir sufragando la escuela y el envío de instrumentos. Me gustaría que se establecieran vínculos entre esos niños, entre esos adultos, que la música fuera su nexo de unión. Además de recuperar las ganas de vivir, también se busca recuperar el patrimonio musical de mi país, que se está olvidando y es muy rico.
L. D.: ¿No hay eco entre los músicos occidentales?
G. M.: Sí, a través del Instituto Goethe han visto un proyecto único. Nos preguntan y van. Hace un año un chico inglés se comunicó conmigo. Él trabaja en una tienda de pianos. Y quiere llevar uno allá. Pero ¿cómo lo llevo? le pregunté. Él me ha dicho que vendrá de Inglaterra a Barcelona, vendrá con su novia. La idea es llevarlo a Alemania con una empresa de transporte. Una vez allí yo iré a seguir el transporte del piano.
L. D.: Menuda aventura. Eso es otra película. ¿Ha sido amenazado?
G. M.: El problema allí es la seguridad. Es un país en guerra. Mi vida es un riesgo pero no puedo parar de hacer algo porque estoy convencido del poder terapéutico de la música. Te cuento otra historia. Un niño de 10 años, ciego. Los padres nos lo trajeron. Nos dijeron que estaba muy deprimido. El niño estaba muy triste. Le enseñamos un instrumento, el tambur, él canta muy bien y toca muy bien. El director de la escuela me pasó en mensaje de este pequeño. “No hay palabras, mi vida no tenía sentido. Ahora siento que valgo para algo”. No es que salves a un persona. Es que das vida. Ahora tiene 16 años.
L. D.: ¿Qué opinas del nuevo estallido de violencia en la zona?
G. M.: La población está con mucho miedo. Rojava. Hay más de 100.000 entre carceleros de Isis y ahora en manos del gobierno sirio, y se han trasladado a Irak. Hay miedo de que vuelva el fanatismo a la zona. Este conflicto genera malestar entre alumnos, entre los kurdos en Irak. Todo viene de la mala gestión de Estados Unidos en la zona. Ha quitado ayuda a los kurdos y ha hecho amistad con el gobierno sirio. Creemos que va a haber un caos en todo Oriente Medio. Siria es un polvorín. Este caos tendrá efecto a corto plazo también en Europa y en EEUU.
L. D.: ¿Sigue creyendo que la música puede pacificar?
G. M.: Creo que el arte, la música puede dar una esperanza, un espacio de seguridad, de sensibilización a las personas. Veo que es la única herramienta que nos puede ayudar. Por eso hace una semana he mandado 100 instrumentos. Para que sigan tocando. Expresando su dolor a través de los instrumentos.
