CINE

LOS DOMINGOS ¿PRUEBA O DESMENTIDO DEL SUPUESTO REVIVAL CATÓLICO?

Pocas películas españolas de los últimos años han despertado tanto debate de ideas como Los domingos de Alauda Ruíz de Azúa. Algo en sí positivo en una sociedad marcada por una polarización tan fuerte que ya no se dialoga ni se pone el más mínimo interés en tratar de comprender las ideas del otro. Más de 600.000 espectadores han ido a ver la película, que ganó la Concha de Oro en San Sebastián, el Premio católico SIGNIS, el premio Feroz y el ¡Bravo! que concede la Conferencia Episcopal Española. Va camino de ser la tercera película más taquillera del año, solo por detrás de las de Santiago Segura y Alejandro Amenábar. Entre los católicos, algunos afirman que esta película y su éxito confirman un supuesto renacer de lo católico en la sociedad. Pero ni se trata de una película católica, ni la directora es creyente ni pretende hacer ningún guiño al mundo católico. Ni siquiera la motivación última de la película es hablar de la fe, sino de la relación complicada entre amor y libertad, algo que viven todos los padres de adolescentes en algún momento.

El argumento es muy sencillo. Ainara (Blanca Soroa) es una adolescente que vive con su padre (Miguel Garcés) y sus hermanas en Bilbao. Su madre murió, y su tía Maite (Patricia López Arnaiz) ha asumido en cierto modo el rol materno. Ainara va a un colegio de monjas y está en el último curso de Bachillerato.

Cuando todos esperan que diga en qué universidad quiere estudiar, ella se descuelga con que está haciendo un proceso de discernimiento porque cree que tiene vocación religiosa. En su familia, alejada de la fe, la noticia cae como una bomba y todos van a tener que definir su posición ante este inesperado anuncio. Las posiciones se irán extremando a medida que Ainara vaya dando pasos en su proceso de verificación. Especialmente las de su tía Maite, que considera que la fe es irracional, que han engañado a su sobrina y que es inaceptable su decisión.

La película no pretende demostrar nada y trata sencillamente de comprender y exponer con autenticidad las posiciones de cada personaje. La directora lo logra de tal manera que espectadores creyentes y no creyentes se ven reflejados de alguna manera en el filme, y hacen del mismo lecturas muy diferentes, incluso opuestas. También entre los críticos de cine encontramos valoraciones radicalmente diferentes. Por ejemplo, el crítico de la revista Fotogramas, Fran Chico, acierta cuando afirma que para muchos católicos practicantes Los domingos es una película positiva y que ofrece una imagen amable de la Iglesia y la vocación, y que para un no creyente puede ser la película de miedo más terrorífica de los últimos años, que retrata cómo una menor vulnerable y traumatizada por la muerte de su madre busca refugio en las promesas de la religión y se esconde autosugestionada entre los muros de un convento. La película ¿admite sendas lecturas tan antagónicas? El hecho es que sí, y ahí reside uno de los méritos de su directora. La ausencia de intención caricaturizante respecto a cualquiera de las posturas favorece esa ambigüedad o interpretación abierta.

Otra crítica de cine, Gemma Ribera, escribió en Cómoexplicararte que el filme “muestra la perplejidad de los no creyentes ante lo que consideran una rendición irracional”. Y Luis Martínez escribió en El Mundo que la directora “retrata la turbación de la adolescencia desde el lado más irreal, extraño y enajenado con una claridad demoniaca”. Por su parte, el escritor de cine Carlos Heredero afirmaba que la película es “fácilmente manipulable para reclutar vocaciones en las parroquias” y Rubén Téllez que el propósito del filme es “reforzar la fe de los creyentes”. Estas últimas son afirmaciones claramente equivocadas, puesto que nada más lejos de Ruiz de Azúa, no creyente, que evangelizar con su película, máxime cuando ha reconocido que al comenzar el proyecto ella ya se identificaba sobre todo con el personaje de la tía Maite. Pero son afirmaciones que demuestran la doble lectura que se puede hacer del filme.

El gran crítico de cine católico André Bazin (1918-1958), uno de los más respetados teóricos franceses del realismo cinematográfico, defendía que el cine respetara la ambigüedad de lo real, y no forzase al espectador a tomar una determinada postura. Que mostrara hechos antes que demostrar ideas. En ese mismo sentido, el famoso cineasta ruso Andrei Tarkovski afirmaba: “Uno no debería esforzarse por plantearle al espectador una idea; es mejor mostrarle la vida y él ya decidirá qué hacer con ella”. Si esta ausencia de un programa ideológico es una de las principales virtudes de Los domingos, muchos piensan que donde hace más aguas la película es en algunos aspectos del personaje de Ainara. Y no porque Ruiz de Azúa no se haya documentado con seriedad, abochornando a todos aquellos guionistas y directores españoles que tiran de brocha gorda cuando tienen que representar a la Iglesia en sus películas, incurriendo en los anacronismos más ridículos y desternillantes.

Ella se ha documentado de manera ejemplar, pero quizá eso no basta. No les bastó a Ray Loriga o a Paula Ortiz cuando hicieron sus películas sobre santa Teresa de Jesús. A veces es necesario entender a los personajes desde dentro, desde la experiencia cristiana vivida, no solo desde la lectura de la doctrina o la documentación histórica. Y en ese sentido la naturaleza y el origen de la vocación de Ainara no le quedan muy claros al espectador. Aunque todo es posible en esta vida, su vocación, tal como se nos muestra, no parece muy verosímil en una adolescente española de 2025. Salvo una intervención casi milagrosa de Dios, en una sociedad hipersecularizada –y a menudo anticlerical- como la nuestra, una vocación religiosa suele nacer en el seno de una comunidad cristiana fuerte y viva. Pero Ainara solo tiene al sacerdote y la madre superiora como referentes puntuales en su camino vocacional. En ese sentido puede parecer una “iluminada”.

Quizá por todo ello, el crítico de cine Rubén Tellez escribía en su reseña durante el Festival de San Sebastián: “Cuando la película comienza, Ainara ya tiene decidida su entrada en el convento: Ruiz de Azúa les niega a los espectadores la posibilidad de escrutar el origen de su fe”. Pero no se trata de un ocultamiento estratégico: es que la cineasta no es capaz de explicar más de lo que explica, ella tampoco sabe ni entiende la realidad de la fe, como si se tratara de una especie de noúmeno kantiano. Esta ignorancia sobre la fe cristiana en general es compartida por muchos críticos de cine que no dudan de que Ainara representa la irracionalidad fundamentalista y su tía Maite la sana razón. Autores que siguen pensando que la fe en Dios es en sí irracional, y que desconocen todas las estanterías repletas de libros escritos por algunas de las cabezas más brillantes de nuestra historia que demuestran lo contrario, que fe y razón no son antagónicas, no se niegan la una a la otra, sino que se necesitan mutuamente.

Pero volvamos al personaje de Ainara. Aceptemos, con reservas, que sí pueda darse una vocación así, por generación espontánea, hoy en día. Lo que es más difícil de entender es que cuando ya está en un momento avanzado de discernimiento Ainara se enrolle con un chico sin que ello le lleve a un cuestionamiento profundo sobre lo que realmente quiere en la vida. Al menos la película no lo cuenta. Y es poco creíble.

Recordemos la película Ida (P. Pawlikowski, 2013), en la que una novicia pasa la noche con un hombre. En aquel caso, se trataba de una verificación de sentido contrario. Ida había nacido en el convento y, antes de profesar, la superiora la manda pasar un tiempo “en el mundo” para verificar, purificar y hacer madurar su decisión. Y ciertamente lo hace. Y confirma su vocación religiosa. Pero el escarceo sexual de Ainara es muy superficial, muy inmaduro, no le lleva a una honda revisión de su camino. Y esa inmadurez tampoco parece muy aconsejable para ingresar en un convento. Ella, su director espiritual y la superiora parecen banalizar el suceso. Esta indefinición ha llevado a no pocos espectadores católicos a sospechar de la vocación de Ainara y a dejar la puerta abierta a la hipótesis de que ella esté huyendo, buscando un refugio afectivo.

Desde la posición atea, muchos espectadores se sienten incómodos con el maltrato que sufre la tía Maite por parte de la guionista: al final la convierte en un personaje desagradable, rencoroso, definido por la ira y la rabia, y por tanto irracional. La misma irracionalidad que Maite reprocha a su sobrina. Estos espectadores consideran, por tanto, que la cinta se inclina a favor de Ainara, que aparece más definida por el amor que por el odio.

Por último, y más allá de la lectura religiosa o atea que se quiera dar del filme, el citado Fran Chico también acierta cuando, con enorme incisividad, denuncia la hipocresía de nuestra sociedad española con la religión, y que explica muchas de las paradojas que están en  el trasfondo de la película. Efectivamente, si uno tiene tanta alergia a lo religioso ¿para qué lleva a su hijo a un colegio católico? ¿Por qué organiza por todo lo alto su primera comunión, si considera que todo eso es irracionalidad fundamentalista? ¿Por qué se casa por la Iglesia? Y un largo etcétera de preguntas sin respuesta.

En fin, retomando la pregunta que da título a este artículo, y sin entrar en la cuestión de si existe o no un renacimiento de lo católico en España, parece claro que, de haberlo, la película Los Domingos no sería un ejemplo de ello. Más bien la película documenta lo “extraña” que sigue siendo la fe, tanto para los personajes como para la directora del filme. En cualquier caso, es de agradecer que la película haya permitido hablar, pensar y debatir, lo que pertenece a la tradición humanista del gran cine.