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LOS PENSAMIENTOS NO PENSADOS

Una puesta de sol nos hace ver el resultado de la fugacidad de los instantes. Esos inapreciables bosquejos de tiempo, se acumulan y, sin torpeza avanzan, hasta hacer desaparecer al mismo sol. Y, así, instante a instante, llega la noche. Ahora, en primavera, se anuncian los días más largos y es en estas fechas cuando la Sociedad Mundial del Sueño (World Sleep Society) establece el día mundial del mismo nombre, para recordarnos que hemos de hacer de la salud de nuestro descanso una prioridad. La noche, como la literatura, es de los pocos reductos que quedan de sinceridad absoluta. El sueño es un periodo de amnesia necesaria para contrarrestar la sobreexcitación de estímulos que recibimos de día y que, en contra de lo que pudiera parecer, nos pueden convertir en seres más pasivos. Llenamos cada día con respuestas rápidas, rápidas ejecuciones, en eso se basa la eficacia en el mundo de los adultos. Desde tal mecánica, se alcanza la cama, para descansar también de manera eficaz, pero la calma no llega, tal vez porque los pensamientos no pensados durante el día salen con pancartas y organizan una ruidosa manifestación en nuestro cerebro, ese gran desconocido que nunca descansa. Y se instala, por ejemplo, el insomnio.

Somos 8.210 millones de personas en el planeta y de todos ellos, el 40% tiene problemas para dormir. Así nos lo dice la Organización Mundial de la Salud. Son cifras claras: 3.284 millones de personas no duermen en el mundo. ¿No es algo que debe hacernos pensar? Debemos aprender a leer el mundo de otra manera, aprender a combatir el stress, la contaminación lumínica, acústica, la falta de sinceridad, de autenticidad de uno consigo mismo cuando es de día. De noche todo es distinto. Es más oscuro, más tenebroso pero, más sencillo a la vez; la noche tiene esa claridad de mente. Todo está relacionado, es lo que tienen las carencias, que se comunican como las tuberías debajo de un fregadero.

Pensemos en los animales: los peces no tienen párpados, pero descansan; el león, como no tiene nada que temer, duerme bien en la selva. Sin embargo, otros animales como los delfines, están siempre en alerta, por temor a la orca. Somos los humanos delfines llenos de miedos, frases inacabadas y gestos desmedidos en un mundo en el que no quisiéramos estar tan solos. Somos, en definitiva, personas más incompletas de lo que quisiéramos ser. Así es la noche, ofrece una visión de uno ante sí mismo, sin máscaras.

Es también, seamos positivos, ese reducto de la vida que nos recuerda que debemos cambiar nuestros hábitos, aprender a reflexionar a la luz del día, igual que lo hacemos cuando estamos tumbados, abandonados al descanso. Tal vez una puesta de sol es ese punto intermedio entre los dos estadíos. ¿Por qué todas las personas del mundo, estén donde estén, se detienen cuando el sol se vuelve naranja y se achata, poco a poco, diciendo adiós? Observar este fenómeno natural reduce el stress, mejora el estado de ánimo y anima a una perspectiva más amplia de la vida. Es la puesta de sol, ese instante de hoy, el que nos habla de la pausa, esa que conecta a las personas con sus emociones más profundas, y con el mundo que las rodea. Tal vez ahí se encuentran los pensamientos no pensados, esperando su momento. Ahí está la luz, la energía, a nuestros pies.