Magnifica humanitas: sobre la custodia de la persona en el tiempo de la IA

Existen ya numerosos y valiosos esquemas pedagógicos para abordar la encíclica Magnifica humanitas, así como primeras reflexiones suficientemente ajustadas sobre sus propuestas. Conviene, sin embargo, dejar transcurrir un tiempo prudencial para favorecer una recepción serena y permitir que la reflexión crítica cumpla adecuadamente su tarea. Por ello, en este artículo me limitaré a señalar algunos aspectos que considero especialmente relevantes y que, a mi juicio, deben tenerse en cuenta para una adecuada asimilación de su contenido.

Primera llamada de atención: una advertencia metodológica para situarse ante las exigentes propuestas de León XIV

La atención imprescindible que reclaman los problemas planteados por la inteligencia artificial en nuestra cultura, actualidad inmediata, no debe oscurecer ni desplazar el eje principal que vertebra la primera encíclica del papa León XIV: la custodia de la dignidad humana.

Además, los 15 párrafos que la encíclica dedica específicamente al tema, del 97 al 111, de un total de 245, bajo el epígrafe Inteligencia artificial, no pretenden ofrecer teoría alguna sobre la IA, sino que se caracterizan por una prudencia humilde acompañada de una seria advertencia: «No es posible dar una definición única y completa de la IA. Lo que podemos decir es que hay que evitar el equívoco de equiparar esta inteligencia a la humana. Estos sistemas imitan ciertas funciones de la inteligencia humana. Al hacerlo, a menudo la superan en velocidad y amplitud de cálculo, ofreciendo beneficios concretos en numerosos campos. Y, sin embargo, esta potencia sigue ligada al tratamiento de datos… no viven una experiencia, no poseen cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significa el amor, el trabajo, la amistad o la responsabilidad. Tampoco tienen conciencia moral… No es la experiencia de quien se deja modelar por la vida y crece en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad…» (99).

Esa prudencia humilde y esa seria advertencia desembocan, por eso, en un doble criterio de discernimiento, destinados a reconocer los beneficios de la IA sin renunciar a la protección de la dignidad humana:

⊕El primer criterio exige distinguir con claridad entre estar interconectados y estar verdaderamente comunicados: «La impresión de objetividad que las respuestas y propuestas de estos sistemas pueden suscitar corre el riesgo de hacernos olvidar que éstas reflejan los parámetros culturales de quienes las han proyectado y adiestrado, con todas sus virtudes y defectos. La imitación artificial de una comunicación humana… puede resultar gratificante, incluso útil, pero en usuarios poco conscientes puede inducir a engaño y dar la falsa impresión de estar en una relación con un auténtico sujeto personal. Cuando la palabra es simulada, esta no construye una relación, sino una apariencia… el riesgo no es tanto que una persona crea que está hablando con otra persona, sino que pierda el deseo mismo de buscar realmente al otro» (100).

⊕El segundo criterio impide considerar la IA como moralmente neutra: «No podemos considerar a la IA como moralmente neutra. En realidad, todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza y el modo en que clasifica personas y situaciones… Por eso, el discernimiento ético no se puede limitar a preguntarse si usamos un determinado sistema para un fin bueno o malo, sino que debe interrogarse también sobre el modo en que está diseñado y qué idea de persona y de sociedad queda inscrita en los datos y en los modelos que lo guían» (104).

Si la comunidad humana desatiende estos dos criterios de discernimiento, corre el riesgo de permitir que «la injusticia se realice silenciosamente y que la compasión, la misericordia y el perdón, no como simple apariencia sino como gestos políticos, desaparezcan del horizonte» (103).

Segunda llamada de atención: el sano realismo como fundamento del buen compromiso ético

«Necesitamos un sano realismo, afirma León XIV, que evite tanto el idealismo político como el cinismo. De hecho, existe un idealismo que, para salvar su propia visión del mundo, selecciona los hechos, los manipula, los renombra y termina habitando una realidad construida a la medida de las propias convicciones. Por otra parte, existe también un realismo degradado que confunde la constatación con la resignación: dado que la fuerza domina, concluye que debe dominar. El realismo auténtico no renuncia a cambiar el mundo: comienza por ver con claridad los intereses, los miedos, las limitaciones y las relaciones de poder, precisamente para calcular qué es posible lograr y con qué pasos. No reduce la política a moralidad, pero tampoco la entrega a la violencia: busca modos viables para que la paz sea más que una palabra, es decir, instituciones creíbles, garantías verificables, negociaciones pacientes, prevención de conflictos y protección de los civiles. (218).

Según León XIV, este sano realismo exige vincular estrechamente la dignitas infinita del ser humano con su humana fragilitas, ya que ignorar esa relación impide precisamente una mirada realista sobre la persona y sobre la historia: «Edificar en el bien significa aceptar los límites y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos un error que haya que corregir. Hoy en día, el deseo de plenitud del ser humano corre el riesgo de desviarse hacia metas engañosas: la ilusión de una tecnología que promete liberarnos de toda fragilidad o modelos de bienestar que dejan atrás a pueblos enteros… La Iglesia recuerda, con voz humilde pero firme, que la verdadera realización no nace de la eliminación de las fragilidades, sino de un crecimiento armonioso: allí donde la libertad y la responsabilidad se entrelazan con el cuidado recíproco y la verdadera solidaridad, y donde el progreso se mide por la dignidad de cada uno y por el bien de los pueblos» (12).

La propuesta es sumamente delicada: no se trata solo de reconocer el límite y la fragilidad, sino sobre todo de acogerlos sin considerarlos errores que deban ser corregidos, y aquí es donde la humanitas se revela verdaderamente magnifica. De ahí la necesidad de combatir la tentación idolátrica de Babel, siempre presente en la historia de la humanidad. Esta tentación, bajo la apariencia de un logro comunitario, promueve un uso del poder, una configuración de posibilidades, que quiebra todo proyecto de auténtica comunidad humana: «Nunca la humanidad ha tenido tanto poder, referencia a Francisco, Laudato si’, 104… La empresa parece imponente: una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección. Sin embargo, el proyecto esconde un profundo desengaño: es una obra (torre de Babel) concebida sin referencia a Dios, sustentada por una uniformidad que elimina toda diversidad y que, en lugar de la comunión, elige la homogeneización. Cuando la ciudad se edifica sobre el orgullo y la pretensión de bastarse a sí misma, la comunicación se rompe, las lenguas se confunden y los seres humanos ya no se comprenden. El resultado no es la unidad, sino la dispersión. Babel revela así el límite de toda construcción que, por grandiosa que sea, surge de la absolutización de lo humano y de su pretensión de autosuficiencia, sacrifica la dignidad de las personas en aras de la eficiencia y aspira a alcanzar el cielo sin la bendición de Dios» (4; 7).

El sano realismo que el cristianismo debe custodiar, contemplando la encarnación de Dios, abre siempre un camino diferente: «Mientras las ideologías antiguas y nuevas empujan al hombre a la superación técnica del límite, a elevarse por encima de los demás para afianzar un dominio, el misterio del Hijo de Dios que entra en nuestra condición narra un movimiento opuesto: el Dios vivo desciende a nuestra historia para liberarnos de toda esclavitud, asume nuestra debilidad y la transforma en lugar de salvación» (232).

En definitiva, construir sin un discernimiento adecuado acaba revelándose como una forma de destruir. Frente a la tentación de Babel, la encíclica propone el camino de Nehemías (10): no el sueño de una grandeza autosuficiente, sino la reconstrucción humilde y compartida de una ciudad herida, levantando muros no para excluir, sino para devolver protección, memoria y esperanza a un pueblo amenazado. Por eso, «es preciso iniciar un discernimiento compartido capaz de profundizar en las raíces espirituales y culturales de las transformaciones que se están produciendo. Si nos limitamos a las circunstancias contingentes, corremos el riesgo de dejar que la sucesión de emergencias decida por nosotros la dirección del camino… Precisamente por eso se imponen en nuestra conciencia preguntas decisivas, que ya no pueden eludirse: ¿hacia dónde vamos?, ¿hacia qué meta deseamos orientarnos?, ¿qué dirección elegir como comunidad humana y como pueblos?» (6).

Vivimos inmersos en una profunda crisis cultural, de sentido, de valores y de democracia. Parece como si lo alcanzado hasta ahora por el ser humano ya no bastara para responder a los anhelos de su corazón. Y toda crisis cultural engendra una doble tentación: por un lado, el idealismo dogmático, que invita, desde la nostalgia del pasado o desde sueños ilusorios de futuro, los extremos se tocan, a huir de la realidad concreta; por otro, el cinismo, que, al subrayar desmesuradamente la debilidad humana, invita a renunciar a la tarea de transformar la realidad. Frente a ambos extremos, el sano realismo recordará siempre «el deber urgente de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad que se nos ha dado y revelado en plenitud en Cristo, y que ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor. El verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar, de una voluntad que busca lo que une más que lo que separa» (15). Por eso mismo, el compromiso ético comienza también por «desarmar las palabras» (214), liberándolas de la violencia, la manipulación y la sospecha, para que puedan volver a ser lugar de encuentro y no instrumento de dominio.

Tercera llamada de atención: la continuidad del magisterio de León XIV con los dos últimos pontificados y la necesidad de atender a la sabiduría encerrada en la Doctrina Social de la Iglesia

Es ampliamente reconocido que el magisterio de Benedicto XVI denuncia constantemente una de las patologías fundamentales de la denominada modernidad: la reducción de la razón humana a razón instrumental. Es decir, un uso de la razón que focaliza todos sus intereses en el cómo, cómo dominar, cómo optimizar, cómo producir,  y olvida todo por qué, todo sentido, toda finalidad. Y cuando la razón se encierra en lo solo verificable, su vínculo con lo infinito, su apertura al Ser,  se quiebra; y la vida humana se empobrece radicalmente.

Pues bien, Francisco desarrolló esta intuición desde un claro convencimiento: la cuestión que Benedicto XVI dejó planteada en la Iglesia y, por eso mismo, a la humanidad, nunca alcanzará una verdadera solución en el plano de las ideas. El camino es otro: la realidad es anterior a toda idea y, por eso, la atención a la vida y, sobre todo, a la vida cotidiana, refutación radical del solipsismo (idealismo) moderno,  podrá abrir paso a una sabiduría, ideas al servicio de la vida, que posibilite horizontes de sentido para la existencia humana. Una sabiduría, pues, dispuesta a dialogar con la alteridad: con el medioambiente, con los demás seres vivos, con las diversas formas humanas de habitar el mundo y de construir historia. Una sabiduría que, al dialogar, quiebra toda ideología cerrada y es capaz de engendrar una alegre esperanza que luchará siempre, incansablemente, contra todo signo de mal, contra todo signo de muerte.

En Magnifica humanitas se unen estas dos bellas tradiciones. León XIV adopta el diagnóstico de Benedicto XVI sobre la razón humana reducida a razón instrumental, y lo convierte en una crítica clara y contundente al paradigma tecnocrático, a la absolutización de la técnica y a la reducción de la persona a criterios de eficiencia, cálculo y dominio (4; 7; 12; 99; 104). De Francisco toma la necesidad de esa sabiduría que se configura en el diálogo con la alteridad, en relación con lo diferente: «El verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro…» (15); porque el realismo auténtico debe buscar siempre «instituciones creíbles, garantías verificables, negociaciones pacientes, prevención de conflictos y protección de los civiles» (218). En esa misma línea, la encíclica insiste en la necesidad de «relanzar el diálogo» (219-223), no como una estrategia superficial de consenso, sino como una práctica paciente de escucha, reconocimiento y búsqueda compartida de caminos posibles.

La unidad de ambas tradiciones queda implícitamente iluminada por la teología de Agustín: «La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos» (1). Porque entre la ciudad de Dios y la ciudad de los hombres no existe hostilidad alguna, sino que, siendo diferentes, se relacionan dialécticamente, de modo que los proyectos humanos no puedan ser absolutizados, Babel, y los proyectos espirituales no puedan eludir el compromiso histórico.

De ahí la insistente llamada al «discernimiento y a la vigilancia atenta (6), porque el peligro es muy sutil. Se trata de la reducción del ser humano a lo que él mismo ha construido, hasta concluir que es una máquina menos eficiente (99) y, al final, exigirle que entregue su juicio y su responsabilidad a sistemas que no tienen ni rostro, ni alteridad real (100), a sistemas que clasifican, optimizan y deciden según parámetros inscritos en su diseño» (104).

No se trata de prohibir ni de condenar la IA, sino de resituar su «valiosa ayuda que requiere atención» (100-105) dentro de esa exigencia de doble apertura: al Otro, en su dimensión vertical, y al otro, en su dimensión horizontal. Solo así los admirables logros que ofrece la IA podrán ponerse al servicio de todas las dimensiones de la vida humana. La tarea no es fácil, porque poderosos «intereses, miedos, limitaciones y relaciones de poder» (218) pueden obstaculizar este discernimiento y desviar la técnica de su verdadera finalidad: servir a la dignidad de cada persona.

Y, además, es necesario subrayar que «no nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza» (213). La tentación de pensar que nuestras decisiones cotidianas carecen de valor es muy fuerte. Pero no se nos pide ni dominar ni resolver todos los problemas del mundo, sino hacer el bien posible en el lugar y en el tiempo que nos ha tocado vivir: «La civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización» (213).

Y, para llevar a cabo esta humilde pero necesaria tarea, la gran sabiduría de la Iglesia, otra vez, la Tradición, acompaña a la vida humana. Es su Doctrina Social, que no es una injerencia indebida en las cuestiones humanas, sino que expresa la responsabilidad de la Iglesia hacia el bien común, porque «el anuncio del Evangelio no puede olvidar la vida concreta de los pueblos… un patrimonio de sabiduría, en el que encontramos principios para pensar, criterios para discernir y juzgar, y orientaciones concretas para actuar… No es un conjunto estático de conceptos, sino un corpus vivo de verdades, que custodia e interpreta la vocación de la humanidad a una vida plena y justa» (3).

Cuarta llamada de atención: convocados a una mística de ojos abiertos

La cuarta llamada de atención conduce, finalmente, al núcleo espiritual de toda la encíclica: la custodia de la persona humana no podrá sostenerse solo mediante regulaciones jurídicas, diseños éticos o consensos técnicos, por necesarios que todos ellos sean. La crisis que atraviesa nuestro tiempo exige también una conversión de la mirada. De ahí que la respuesta cristiana al tiempo de la inteligencia artificial reclame una verdadera mística de ojos abiertos: una espiritualidad capaz de contemplar a Dios en la historia y, precisamente por eso, de reconocer el rostro concreto de cada persona amenazada por la indiferencia, la exclusión o la reducción instrumental.

Esta mística no es evasión intimista ni refugio piadoso ante la complejidad del mundo. Al contrario, nace de la verdad de la encarnación y, por ello, mantiene los ojos abiertos ante las heridas de la realidad. Si el Verbo se hizo carne, ninguna carne humana puede quedar fuera de la atención creyente. La encíclica recuerda que «en Cristo, Dios no salva al ser humano desde fuera, sino uniéndose a él desde dentro, hasta compartir su historia, su cansancio, sus heridas y su muerte» (230). Por eso, la fe cristiana no permite contemplar la historia desde la distancia del espectador, sino que introduce en ella una responsabilidad concreta: escuchar el clamor de quienes no cuentan, discernir las lógicas que producen descarte y resistir toda forma de progreso que, aunque se presente como inevitable, deje atrás a los más vulnerables.

La inteligencia artificial puede, evidentemente, ayudar a curar, educar, comunicar y organizar mejor la vida común; pero también, puede ocultar sufrimientos, automatizar injusticias y convertir en invisibles a quienes no encajan en sus parámetros de clasificación. Por eso, una mística de ojos abiertos no se conforma con admirar la potencia de la técnica ni con denunciar genéricamente sus peligros. Pregunta siempre quién gana y quién pierde, quién decide y quién queda excluido, qué cuerpos soportan los costes del progreso y qué voces permanecen ausentes cuando se diseñan los sistemas que ordenan la vida social. En continuidad con esta perspectiva, la parte conclusiva de la encíclica recuerda que «la humanidad no es una suma de individuos aislados, sino un solo cuerpo llamado a crecer en comunión, donde la herida de uno alcanza misteriosamente a todos» (235).

Esta mirada abierta exige, además, recuperar el valor espiritual de la atención. En una cultura atravesada por la aceleración, la distracción permanente y la captura de la mirada, atender se convierte en un acto moral. Quien atiende reconoce que el otro no es un dato, un perfil, una preferencia de consumo o una variable estadística, sino una presencia irreductible. Custodiar la humanidad significa, entonces, custodiar también las condiciones que hacen posible el encuentro: el silencio, la escucha, la memoria, la conversación paciente, el juicio responsable y la capacidad de detenerse ante el sufrimiento ajeno sin convertirlo inmediatamente en objeto de cálculo o gestión. Esta atención se concreta también en la tarea de «desarmar las palabras» (214), porque ninguna comunidad puede reconstruirse si el lenguaje permanece habitado por la agresividad, la mentira o la desconfianza. De ahí que la obra de nuestro tiempo consista en «reconstruir vínculos allí donde el poder ha sembrado aislamiento, y en devolver rostro y nombre a quienes han sido convertidos en números» (239).

Por eso, la encíclica no invita a una espiritualidad desencarnada, sino a una forma de presencia. Permanecer profundamente humanos significa permanecer disponibles para la compasión, para la misericordia y para el perdón como gestos personales, sociales y políticos. Allí donde la lógica tecnológica tiende a optimizar procesos, la lógica evangélica recuerda que la persona nunca puede ser reducida al resultado que produce, ni al dato que la representa. Allí donde el poder aspira a homogeneizar, la fe aprende a reconocer la bendición de la diversidad. Allí donde el cinismo se resigna a que la fuerza domine, la esperanza cristiana insiste en que la historia sigue abierta a la conversión, al cuidado y a la justicia. Por eso, «relanzar el diálogo» (219-223) forma parte de esta mística de ojos abiertos: no se trata de hablar más, sino de aprender a escuchar mejor, de hacer espacio a la palabra del otro y de sostener procesos que permitan pasar de la confrontación estéril a la construcción común. Esa esperanza nace de la convicción expresada en la conclusión: «lo que se edifica con amor no se pierde, aunque parezca pequeño; entra en la paciencia de Dios y prepara una tierra más habitable para quienes vendrán después» (241).

La mística de ojos abiertos es, por tanto, inseparable de una ética de la responsabilidad cotidiana. No se trata de esperar soluciones totales ni de delegar en otros, gobiernos, empresas, expertos o máquinas, la tarea de humanizar el mundo. Se trata de asumir, cada uno desde su lugar, la parte de bien que le corresponde: en la educación, en el trabajo, en la investigación, en la política, en la economía, en la familia y en la vida comunitaria. Pero esta responsabilidad no nace de la autosuficiencia ni se sostiene solo por la eficacia de nuestras estrategias; necesita aprender también a «orar y esperar» (228), es decir, a permanecer ante Dios con una esperanza paciente que no paraliza la acción, sino que la purifica de la ansiedad, del voluntarismo y de la idolatría del éxito inmediato.

La civilización del amor no nacerá de una técnica más poderosa, sino de una humanidad más reconciliada con su límite, más atenta al otro y más dispuesta a poner sus capacidades al servicio del bien común. Por eso, León XIV afirma que «la esperanza cristiana no dispensa de la responsabilidad histórica; la hace más humilde, más perseverante y más libre frente a la idolatría del éxito inmediato» (242).

Así entendida, la cuarta llamada de atención recoge y culmina las anteriores. La advertencia metodológica nos impide absolutizar la IA; el sano realismo nos libra tanto del idealismo como del cinismo; la continuidad del magisterio nos sitúa dentro de una tradición viva de discernimiento; y la mística de ojos abiertos recuerda que todo ello solo será fecundo, si se traduce en una mirada creyente, lúcida y compasiva sobre la realidad.

En el tiempo de la inteligencia artificial, la Iglesia no está llamada a competir con las máquinas, sino a custodiar aquello que ninguna máquina puede ofrecer: la presencia, la responsabilidad, la misericordia y la esperanza de una humanidad verdaderamente magnífica. Por eso, el horizonte último de la encíclica queda expresado en el canto de María: «El Magníficat nos enseña que la historia pertenece a Dios, que mira la pequeñez de sus siervos, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes» (244). Solo desde esa esperanza humilde podrá la humanidad construir, no una nueva Babel, sino una ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos.