MALI: APROVECHANDO QUE NADIE MIRA
Con todos los ojos y la atención del mundo occidental fijos en Irán y Ucrania, no se habla de otros lugares de conflicto, como, por ejemplo, Mali. De hecho, es posible que haya que mirar un mapa de África para averiguar dónde exactamente está el país. Situado en el interior, y sin salida al mar, Mali, un antiguo imperio mucho más extenso, tiene fronteras con siete países africanos: Argelia, Niger, Mauritania, Burkina Faso, Costa de Marfil, Guinea y Senegal… Tiene una población de unos 24 millones, de los cuales casi un 48% es menor de 15 años. Hay 13 lenguas oficiales: el Bambara es el más hablado. Es uno de los países más pobres y menos desarrollados del mundo. Y con todo esto, alguien se podría preguntar por qué es importante y por qué hay que preocuparse por Mali.
Y sin embargo, de lo que quizá algunos sí se acuerden es del casi mítico, pero real Tombuctú, una ciudad asociada con aventuras y búsquedas de tesoros… o quizá de lugar remoto de refugio. El antiguo imperio de Mali fue en la Edad Media un importante centro de islam, cultura y conocimiento; Tombuctú era el núcleo de la educación, con una de las universidades más antiguas del mundo. Cerca de un millón de manuscritos de la biblioteca de Tombuctú que muestran conocimiento de astronomía y matemáticas se conservan aún. El imperio Songai se impuso al país en 1458.
A finales del siglo XIX, Francia tomó el control de Mali, haciéndolo parte del Sudán francés, hasta la independencia en 1960. En estas últimas décadas, Mali ha estado regido por sucesivos gobiernos socialistas, más o menos autoritarios y corruptos, pero hasta 2002 vivió tiempos de crecimiento económico y cierta libertad. Junto con los altísimos niveles de pobreza, el analfabetismo, a pesar de los esfuerzos de educación, sigue siendo una enorme lacra.
Una historia turbulenta
Como tantas Mali rara vez ha tenido largos periodos de paz, pero sobre todo en las últimas décadas, el país ha sufrido turbulencias desde que en 2020 el Coronel Assimi Goïta dirigió al Comité Nacional para la Salvación del Pueblo, que derrocó al presidente Boucabar Keita. Keita, de ideología socialista, había introducido muchos cambios de corte progresista y moderado y puso énfasis en el desarrollo y la educación. Pero las críticas y la oposición eran reprimidas violentamente. El gobierno de Goïta no mostró grandes diferencias con el anterior en sus posiciones dictatoriales. Y ya desde 2017 los yihadistas han estado luchando para derrocar al gobierno de Mali por todos los medios posibles.
Desde su independencia, el país ha vivido cuatro rebeliones del pueblo Tuareg, una etnia del Sahel que se extiende por cinco países diferentes. Los tuareg tienen su propia identidad, cultura y lenguaje, pero no tienen una nación o estado geográfico. Se estima que comprende entre dos y tres millones de personas. Cuando se establecieron las fronteras coloniales en África en el siglo XIX, la población tuareg fue dispersada por diversos países. Y eso es la raíz de varios conflictos contemporáneos en África. Los tuareg protagonizaron en 2012 una rebelión que tomó el control de un territorio en el norte de Mali y declararon la secesión de un nuevo estado, el Azawad. La rebelión fue reprimida por fuerzas francesas que recuperaron el control, aunque el conflicto continua.
Según los índices de Democracia Global, Mali tiene un rango bajísimo, con una debilidad particular en representación política. Según el Índice de Estados Frágiles, Mali ocupa un lugar 14 de 179 países.
¿Qué está pasando ahora?
Los Tuareg son islámicos sunies, y han incorporado a miles de hombres armados pertenecientes a al-Qaeda bajo el frente de liberación Azawar. Aunque el país siempre ha sido de mayoría musulmana, con apenas un 5% de cristianos, las relaciones religiosas habían sido pacíficas. Pero, a partir del alzamiento del JNIM (Yihadista), ha habido un grave aumento en la persecución a los cristianos.
El 25 de abril de este mismo año, lanzaron una ofensiva sobre la capital de Mali, Bamakim, así como diversas ciudades con importantes bases militares. Dijeron que habían capturado la ciudad de Kidal en el norte del país. En cierto modo, los ataques tuvieron éxito, ya que mataron al ministro de Defensa, Sadio Camara. La serie de ataques marcó una de las mayores crisis de seguridad desde 2012, y en la actualidad, el JNIM controla grandes áreas de territorio rural. Según un informe de UNICEF, se dio muerte a civiles, incluyendo niños, así como secuestros por parte de miembros de las fuerzas de seguridad y persecución de figuras públicas sospechosas de estar a favor de los insurgentes. Y, lógicamente, ha habido consecuencias: se ha agravado la pobreza endémica, y la falta de alimentos.
Junto con las fuerzas armadas del gobierno, luchan mercenarios rusos del Africa Corps, grupo sucesor del Wagner que hemos visto en acción en otros puntos de conflicto por todo el mundo.
Por qué le importa Mali a Rusia
Mali es un importante punto estratégico en el Sahel y África Central, al estar rodeado de tantas naciones. Desde su independencia, los gobiernos socialistas de Mali siempre mostraron tendencia a acercarse a Rusia… y a China. A ambos países le interesa el control político (y sobre todo, económico) de África. Y Mali es crucial para esto. A pesar de su extrema pobreza Mali tiene una enorme riqueza de recursos naturales, como bauxita, oro, hierro, magnesio, fosfatos y uranio. Además, es el segundo país más fuerte en producción de litio, indispensable para las baterías de diversos aparatos electrónicos.
Mali es, además, uno de los estados del Sahel que ha sufrido más ataques yihadistas, y que siempre está bajo la amenaza de la imposición de la ley sharía. Según un informe de terrorismo global, la región del Sahel sufre uno de cada cinco ataques terroristas de la Yihad.
Después de pedirle a Francia que retirara sus tropas del país, en 2021, el gobierno de Goïta había invitado ya en 2021 a los mercenarios rusos a luchar contra los grupos armados yihadistas y tuareg. En junio del pasado año Wagner anunció que retiraría sus tropas. Pero eso no significó la retirada de Rusia, que siguió con el Africa Corps. Según informes publicados por la agencia Al Jazeera quedan aproximadamente 2.000 mercenarios rusos en el país para proteger al gobierno militar. Pero, además de Rusia, hay otros muchos países interesados, no ya en la estabilidad de Mali, cuanto en su riqueza. Hasta ahora Rusia se ha aprovechado de los recursos ofreciendo apoyo militar y protección a cambio de acceso a la minería.
Pero ahora Rusia se esfuerza por reparar su imagen después de su derrota a manos de las fuerzas separatistas en Kidal del año 2017. Y ahora de nuevo los grupos terroristas han anunciado su control de la ciudad norteña. Queda ahora por ver si el gobierno de Mali seguirá invirtiendo en la defensa rusa. Y también si Rusia seguirá interesado en mantener su presencia. Pero, lo más probable es que así lo haga a pesar de las dificultades, movida por intereses económicos y geopolíticos. Pero encuentra que ahora su importancia en el área está siendo contrarrestada por China, Turquía y los Emiratos Árabes. Estos países no están ofreciendo tanta ayuda militar, pero ofrecen inteligencia, protección de la infraestructura e inversión sin tantas condiciones y con mayor confianza de Mali.
¿Qué intereses económicos o políticos tienen otras naciones?
Estados Unidos y Europa en lugar de tratar de competir, deben ejercer un control calmado y tratar de hacer lo que no ha hecho Rusia: una cooperación regional y la respuesta al sufrimiento de la población civil.
La mayor riqueza de Mali es el oro. En 2024, Mali produjo alrededor de 100 toneladas de oro, aunque el conteo oficial es mucho mejor. Es una diferencia explicada por el contrabando y la extensa corrupción. Otras exportaciones importantes de Mali son algodón, petróleo, semillas y hierro. También hay grandes depósitos de litio, controlados en su mayoría por China y Australia.
El sector minero de Mali está dominado por compañías mineras extranjeras, especialmente empresas canadienses y australianas, con una gran y creciente implicación china. En 2023 el gobierno militar de transición, que había llegado al poder después del golpe de estado de 2020 introdujo un nuevo código minero que permitía al gobierno llevarse un 35% de las operaciones.
China, con su estilo de entrar en los negocios de todos los países calladamente, ha estado invirtiendo en energía y minería tanto en Mali como en países circundantes. Y los Emiratos Árabes han estado muy activos en el frente militar ayudando a países del Sahel y a Burkina Faso. Aunque ni la participación china ni la de los Emiratos es tan fuerte como la rusa, crea oportunidades para que los países del Sahel se sitúen en posición defensiva o agresiva frente a Mali.
El país necesita controlar la amenaza de que el conflicto se extienda a la región, ya que las relaciones con los países circundantes a veces son tensas. Y en los últimos tiempos, varios grupos insurgentes en la región del Sahel se han hecho más fuerte y se han expandido a partes de la región que antes eran pacíficas. Estados Unidos y Europa podrían aprovecharse de la situación para poner presión sobre Rusia para que abandone y dé paso a otras potencias… que pudieran estabilizar la región política y socialmente y favorecer así mismo la economía.
También Estados Unidos tiene intereses en la región, aunque no son tanto económicos sino por la lucha contra el terrorismo yihadista, que es la amenaza siempre presente de islamización de toda la región. Pero, por el momento, Estados Unidos no parece considerar África como prioridad, pero sí le debería interesar frenar a Moscú y a China e impedir el avance de la Yihad, que parece parte del plan global de islamización. A Europa también le debe interesar, por las mismas razones además de por el control de las olas de inmigración incontroladas que están suponiendo un grave problema para muchos países europeos. Para todos, la situación tiene además una fuerte carga de crisis humanitaria, no solo en Mali, sino en todos los países circundantes, como Níger, Burkina Faso y Costa de Marfil, con los ataques de los grupos terroristas y separatistas tanto a fuerzas de seguridad de la ONU como a civiles de todos los países.
Normalmente, los políticos no se preocupan tanto de temas morales, pero quizá sí de los de valores. Aquí se da también una serie de situaciones humanas, de igualdad, justicia, dignidad y supervivencia de los más pobres que amenazan también a profundos valores occidentales. También estos aspectos merecen tomarse en consideración.
La situación es compleja. Pero, en el conjunto del equilibrio mundial, no debería ser ignorada. Seguir mirando para otro lado, como si Tombuctú fuera un mito del pasado, podría tener graves consecuencias en todas las áreas de la actividad humana, y a nivel global.

