Volvereta significa mariposa en gallego. Da título a la obra que Wenceslao Fernández Flórez escribió en 1917 y que cayó en mis manos, por casualidad, al regreso de algunas etapas realizadas en el duro Camino de los Faros en la Costa de la Muerte. Leo en su obra la expresión “ser pródigo de sí mismo”. ¿Qué es esto? Me pregunto, ¿por qué estas palabras me arrastran con fuerza a los acantilados? Tal vez porque esos paisajes me respondieron que “ser pródigo de sí mismo” es una gigantesca habilidad: La disposición vital. El derroche de uno mismo, la entrega, excesiva a veces; un carácter abierto e ingenuo ante la vida, como si fuera un primer amor, de esos que siempre hacen sufrir.
La mariposa es un animal que no se guarda nada, todo lo entrega, en una vida breve: Vuela, poliniza, muere. Y entre tanto, embellece el mundo como si su existencia fuera un regalo pasajero para todos. Esa es su grandeza y plenitud: ser parte de la naturaleza, derrochando belleza, entregándose a su entorno, exponiéndose a la luz, a los golpes del viento, a la mirada. Una mariposa puede gastar su vida en un solo vuelo, por eso tal vez no acumula, se da por entero, al instante, antes de seguir volando a otro lugar. Así es su plenitud, su grandeza, su vulnerabilidad; en eso consiste ser parte de la naturaleza. Esa es la profunda conexión que se siente al caminar. Se experimenta que el derroche de fuerza ante las dificultades no es pérdida sino un modo de existir en plenitud. La ola rompe ahí abajo, la flor se abre, el tojo protege con sus pinchos, los helechos pequeños vuelven a nacer entre otros grandes, carbonizados por los incendios.
Ser “pródigo de uno mismo” es un lujo a veces imprudente en la vida, me refiero a esa vida que, simplificando mucho, es mundo, no es naturaleza. Sin embargo, la naturaleza te hace crecer desde que te encierras con ella, en un espacio siempre abierto, siempre limpio. Someterte a un esfuerzo en La Costa de la Muerte, te llena de vida. El agua invade los ojos, los acantilados a tu derecha, un poco más allá de un camino estrecho que te hace sentir funambulista en tierra. Todo se vuelve mágico, se esfuma el pasado cuando las rocas dilapidan los recuerdos de las piedras de otros caminos; sólo hay presencia, completa.
Las ánimas, dicen, deambulan por sitios concretos, también las meigas, los seres míticos, las sirenas y otros seres fantásticos que guardan tesoros incluso en días de temporal. Entre medias, las fuentes curativas y todas sus leyendas; las romerías, las cruces. El paisaje envuelve todo con el eco mudo de historias entre robles centenarios, acebos, pastizales, bosques de pino y eucalipto. Lo demás es Océano, que es mucho más que decir mar.
De niños, recuerdo, Galicia se mostraba en el mapa como los dientes de un dragón marino queriendo dar una enorme bocado desde el Atlántico. Entrantes y salientes, recovecos, nada era recto. Tal vez por eso la mariposa siempre da vueltas. La Costa de la Muerte, desde su dificultad, muestra que los pasos no son siempre hacia delante, tienes que retroceder para volver a avanzar. Eso no se entendía al dibujar con un lápiz, las rías, los cabos, las ensenadas, las playas escondidas. Caminando he tenido muy presente ese trozo de mapa mudo que desde la Edad Media y Moderna ya daba que hablar por ser esta franja gallega del Atlántico un litoral peligroso, lleno de acantilados, temporales y escollos. Es lugar de tal cantidad de naufragios que ya desde finales del S.XIX se empezó a llamar así: Costa de la Muerte. “Todo el que fue, lo hizo”, animan en una pensión de Malpica al iniciar una de las jornadas. Así es, todos somos, o podemos ser, pródigos de nosotros mismos, como mariposas. Por eso, a veces, las notamos en el estómago, como si fuéramos enamorados.
