EXPOSICIONES

MARUJA MALLO, LA VANGUARDIA DEL SIGLO XX ¿PIROPO O INSULTO?

¿Qué diríamos si alguien se refiriera a otra persona diciendo que era “mitad ángel, mitad marisco”? ¿La alababa por lo de ángel o la denigraba por lo de marisco? La respuesta la tiene Salvador Dalí que retrataba con esas palabras a su amiga Maruja Mallo que debió tomarlo por piropo ya que solía mencionarlo cuando hablaba de sus amistades. Los genios, Salvador Dalí y Maruja Mallo, “son así”, como diría Rubén Darío de las princesas primorosas.

A pesar de su amistad con los poetas y artistas de la Edad de Plata de la literatura española, la generación del 27, Federico García Lorca, Manuel Altolaguirre, Rafael Alberti…, no mereció aparecer (ella ni ninguna otra mujer) en la antología de la poesía española que preparó Gerardo Diego en 1932 a pesar de que Maruja era poeta, dramaturga, guionista, editora, ceramista, además de pintora, faceta en la que es más conocida y cuyos cuadros se pueden ver en la exposición antológica Maruja Mallo. Máscara y compás, en el museo Reina Sofía de Madrid en la que se presentan 200 obras, pinturas, dibujos, fotografías…, de esta revolucionaria artista que no se la puede clasificar dentro de la normalidad.

Una artista transgresora Maruja Mallo es Ana María Gómez González; tomó su nombre artístico del diminutivo de María, Maruja, y del segundo apellido de su padre, Mallo. Nació en Galicia en 1902 y fue la cuarta de catorce hermanos. Con 20 años se trasladó con su familia a Madrid donde estudió en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y en donde aprendió de sus profesores, entre los que estaba Julio Romero de Torres, el manejo de las luces y las sombras; ciertamente las enseñanzas oficiales eran aprovechables pero las nuevas generaciones, entre las que se encontraba Maruja, veían con más ilusión las pinturas menos académicas de Pablo Picasso o Juan Gris.

En la Academia de San Fernando hizo amistad con Salvador Dalí que le puso en relación con Federico García Lorca y Luis Buñuel, personajes destacados de la Institución Libre de Enseñanza y sus ideas renovadoras. Y con otra compañera, Margarita Manso, con la que decidió quitarse el sombrero, en contra de la costumbre social, en la Puerta del Sol para escándalo de algunos, inaugurando así el grupo de Las Sinsombrero dispuestas a transgredir las normas sociales del momento. “Íbamos, ella y su amiga Concha Méndez que aparece en alguno de sus cuadros, muy bien vestidas, pero sin sombrero, a caminar por el Paseo de la Castellana”.

Aparte de Lorca y Buñuel, Maruja se trató, con diferentes grados de amistad e intimidad, con lo más florido del arte y las letras de su tiempo: Miguel Hernández, Rafael Alberti, Pablo Neruda, Ramón Gómez de la Serna, André Breton… Fue el filósofo Ortega y Gasset el que propició la primera exposición de Maruja en 1928 en los salones de la Revista de Occidente; constaba la exposición de lo que ella llamó “simbologramas”, donde se combinan imágenes y acrósticos estáticos inspirados en el cine junto con pinturas de mujeres deportistas llenas de vida, característica de una nueva feminidad y símbolo de la lucha por terminar con las barreras que se lo impedían. También se expusieron allí los cuadros de la serie Verbenas.

En otros momentos también aparecieron pequeños dibujos en las portadas de la revista; aún ahora la Fundación Ortega-Marañón sigue vinculada a la pintora entregando anualmente los Premios Maruja Mallo en reconocimiento a la trayectoria y el talento de mujeres destacadas en diferentes disciplinas.

La alegría surrealista de las Verbenas Sin duda las pinturas más alegres de Maruja Mallo son las que recrean las fiestas populares del Madrid de principios del siglo XX, son las verbenas con las que inaugura el neopopularismo de la vanguardia. Fechado en 1927 es el lienzo que se expone en el museo Reina Sofía y corresponde a la serie Verbenas que consta de los cuatro cuadros expuestos en la sede la Revista de Occidente, en la Gran Vía madrileña. De tema festivo, coloristas, expresivos, con cierta visión naïf, en los que los planos se superponen pudiendo ver las diversiones propias de una verbena, en este caso la de San Antón, con sus gigantes y cabezudos, las atracciones típicas de las ferias, los puestos de golosinas y llenándolo todo, en primer lugar dos mujeres, una con zapatos de tacón, la otra con zapatillas (la ciudad y el pueblo), viviendo con alegría la fiesta. La combinación de la fiesta y la burla con el simbolismo mágico hacen de estos cuadros un exponente del surrealismo.

Tanto el tema como la forma de tratarlo nada tienen que ver con el academicismo de las tertulias literarias al uso en esos años; por ejemplo, con el cuadro La tertulia del café de Pombo de Gutiérrez Solana pintado solo ocho años antes que las Verbenas. Pero no todo es alegría; a las Verbenas les sigue la serie Cloacas y campanarios en las que los seres humanos son sustituidos por esqueletos, espantapájaros, naturalezas muertas, excrementos o animales en descomposición, quizás presintiendo la próxima guerra civil española.

La religión del trabajo Acérrima republicana, la guerra civil la sorprendió en Galicia donde estaba participando como docente en las Misiones Pedagógicas, el proyecto de la Segunda República cuyo fin era llevar la cultura a los lugares más remotos de España. Huyó a Portugal para terminar exiliándose en Argentina donde pintó la serie La religión del trabajo entre la que se cuentan algunos de sus cuadros más conocidos como Sorpresa del trigo y Canto de las espigas, cuyo tema central son las manos grandes y abiertas de las mujeres de cuyos dedos brotan espigas de trigo. Según su autora, la idea de pintar las manos con espigas surgió al ver a una joven enarbolando un trozo de pan en la manifestación del 1 de mayo de 1936. Así como estos dos cuadros reflejan el trabajo en el campo, Arquitectura humana y Mensaje del mar expresan los mismo relacionado con el mar. Y siempre recurriendo a figuras femeninas. Aunque no están hechas para ese fin, estas obras bien pudieran figurar entre las ilustraciones de un manifiesto ecologista de la actualidad.

Continuó Maruja su actividad en el exilio con series como Naturalezas vivas en las que representa flores, conchas, algas, caracolas, estrellas de mar… dieciséis obras pintadas de 1941 a 1944, fascinada por el océano Pacífico el tiempo que vivió en Valparaíso (Chile). Su estancia en América también le inspiró otros temas como los de rostros de frente y de perfil, de blancos y negros, de una belleza fascinante, pintados con una aparente simplicidad.

Esa simplicidad que casi nos hace creer que los cuadros de Maruja están al alcance de cualquier pintor principiante se cae ante los apuntes y estudios que se presentan en la exposición y de los que se puede colegir que lo que parece sencillez es el resultado de mucho estudio; sus dibujos preparatorios sobre la figura humana, el movimiento, las sombras, etc. dan idea de lo meticulosa que era en su trabajo. Cuidadosa incluso en su caligrafía, perfecta en sus apuntes y en sus cartas. También a la hora de los materiales que utilizaba e, incluso sobre la historia de sus cuadros reseñando quiénes eran sus compradores y dónde se encontraban. Algunos de los bocetos que se conservan no llevan su firma ya que no los consideraba obras terminadas.

En una entrevista que le hicieron algunos años antes de morir calificaba genialmente a los pintores que la inspiraban; “Goya es el hombre, Velázquez, el técnico, el Greco, el sabio, Dalí, figura surrealista pero bastante vulnerable, es un gran dibujante y Picasso, el delator de este siglo”. De ella decía Ramón Gómez de la Serna que era “la única bruja joven que he conocido”, una bruja que todavía sigue fascinando.