Si algo demuestra la historia de la literatura, llena de fusilados, de marginados, de malditos, es que los poderosos no escriben poesía. Al poderoso se le teme, nadie se atreve a decirle la verdad. Al desvalido, al pobre, se la dice todo el mundo: te comerás las sobras de la mesa y tus hijos tendrán frío, le repiten, y sus hijos andan siempre muy flaquitos y sin ropa ni zapatos que ponerse. El poderoso que acaricia el botón nuclear con el dedo, que amenaza apuntando con el dedo, no es capaz de hacer poesía porque esta se hace con todo el cuerpo, con todo el dolor, con toda la fragilidad.
No por casualidad bajo el signo de una crisis económica, en la Argentina del corralito, nacieron las editoriales cartoneras de poesía. Se considera la primera de ellas Eloísa Cartonera, fundada por el escritor Washington Cucurto y asociada al taller de libros de cartón reciclado que se desarrolló junto a la Bombonera, el estadio del Boca Juniors, en Buenos Aires. Fue una iniciativa solidaria capaz de atraer a grandes autores que cedieron sus textos sin pedir nada a cambio, y que sirvió para acercar obras de calidad a quienes no tenían acceso a ellas. La pobreza material, así, se convirtió en riqueza para el espíritu. Corría el 2003. Luego surgieron otras cartoneras, muchas otras, que se extendieron por Latinoamérica y por todo el mundo, hasta hacerse hueco en festivales internacionales y en archivos de prestigiosas universidades. Hay ya distancia suficiente para apreciar que esta “hermosa anomalía editorial”, como lo define Javier Gil Martín, editor de la Cartonera del escorpión azul, es uno de los fenómenos literarios más rompedores en lo que llevamos de siglo.
Existen pocos materiales más humildes y despreciados que el cartón. La pandemia del año 20 impulsó la venta por internet y el cartón inundó desde entonces los contenedores de nuestras calles. Por no hablar de las casas de cartón que los sin techo de todas las ciudades emplean para resguardarse del frío, o del dicho, sin trampa ni cartón, donde este material se asocia con la falsedad y el engaño. No por casualidad la poesía, siempre cerca de quien la necesita, ha escogido precisamente este material para presentarse ante nosotros de un modo renovado. Material de textura áspera, irregular, el cartón representa lo opuesto a la pantalla lisa y acomodaticia de los teléfonos móviles que todos llevamos en el bolsillo. No hay nada smart en un trozo de cartón reciclado.
La confección de los libros se realiza de un modo artesanal, a menudo en un taller abierto al público, y eso determina tanto la concepción como la preparación de cada proyecto y su recepción final. Frente al dedo del poderoso, que acaricia un botón nuclear o financiero, aquí hacen falta múltiples pies y manos bien coordinados. No son productos destinados a las masas, fácilmente comercializables. Las cubiertas de cartón deben cortarse una a una, los cuadernos deben coserse o pegarse uno a uno, el diseño de las ilustraciones es individualizado y precisa de técnicas tan dispares como el collage, la pintura, los sellos de caucho, las plantillas o los sprays. Cada ejemplar exige un tiempo de trabajo físico y eso lo hace, a la fuerza, limitado. En esa limitación radica, paradójicamente, parte de su encanto, así como en el hecho de que cada ejemplar sea único y tenga detrás una historia. Son páginas llenas de huellas dactilares, de imperfecciones, de marcas de realidad.
Elogiar el tiempo de trabajo físico en la época de la inteligencia artificial suena a heterodoxia, pero es un acto necesario. Señala el filósofo Byung-Chul Han, en su ensayo No-cosas (Taurus, 2021), que “hoy estamos completamente ciegos para la magia de la materia” (pág. 118).
Así, el taller no sería tanto un lugar de producción como un lugar desde donde volver a ver esa materia. Desde donde volver a asombrarse. El libro cartonero, concebido desde su limitación, es un objeto en el sentido etimológico de la palabra: objeta, discrepa, cuestiona los modelos de edición establecidos y la forma en que nos relacionamos con nuestro entorno. Byung-Chul Han explora en No-cosas esta dimensión resistente de los objetos: “La negatividad de la resistencia le es inherente. El objeto es originalmente algo que se me opone y se me resiste. […] Pero justamente la negatividad de la resistencia es constitutiva de la experiencia” (pág. 37).
En esa línea, Byung-Chul Han defiende que la experiencia con la materialidad de los objetos construye nuestra identidad de una forma sólida y saludable, frente a la identidad líquida y enfermiza del mundo digital, patente en lo que Byung-Chul Han ha calificado como sociedad del cansancio. La edición cartonera lucharía así, contra la mercantilización y aislamiento implícitos en los productos digitales.
Resulta más evidente cada vez que “el medio es el mensaje”, por decirlo en palabras de Marshall McLuhan. El sentido profundo de una obra se vuelve, por tanto, inseparable de la materialidad en que se origina y se distribuye. No interpretamos solo letras y palabras sino también las connotaciones que el soporte físico (texturas, ilustraciones, paratextos) expresa de forma más o menos consciente. Grande es la distancia entre un libro cartonero y uno digital en cuanto a su proceso de creación, distribución y recepción. Y grande en cuanto al perfil del autor que apuesta por un medio o por el otro.
A este respecto, es de interés el ensayo Contra los influencers (Pre-textos, 2023), del crítico Martín Rodríguez-Gaona, donde se explica cómo las dinámicas de la digitalización han conformado un tipo de poeta pop tardoadolescente para el que “la escritura en sí misma deviene secundaria y se devalúa cualquier ambición estilística o exigencia formal” (pág. 27). El objetivo de este tipo de poeta sería crear una marca personal con tirón comercial entre sus seguidores antes que una voz poética propia y reconocible dentro de la tradición literaria. Martín Rodríguez-Gaona insiste en cómo se promueve la “estandarización de estéticas y discursos” (pág. 70), dando lugar a la promoción de autores de escasa calidad cuyos textos podrían ser intercambiables. Y es tajante al señalar un cambio de época: “Antes, la publicidad era un complemento para la escritura; hoy, la escritura es un complemento para la publicidad” (pág. 27). La aparición de ChatGPT y su literatura procesada, al alcance del dedo de cualquiera, no anticipa nada bueno para el campo de las humanidades. Por algo Byung-Chul Han considera que “la digitalización es un paso consecuente en el camino hacia la anulación de lo humano” (pág. 93) en su ya citado No-cosas.
Frente a este oscuro panorama, las editoriales cartoneras representan una alternativa capaz de rehumanizar los procesos de creación y de generar comunidades saludables. El fruto de estos trabajos debería promocionarse más, distribuirse más, reseñarse en revistas y suplementos culturales. Contra la muerte de la poesía poco puede hacerse salvo escribir buena poesía y, si es posible, asegurarnos de que llegue a los lectores de la forma más auténtica posible.
En los últimos años, he tenido la suerte de conocer editoriales cartoneras como Ultramarina Cartonera, Cartonera Island y, de un modo muy especial, la Cartonera del escorpión azul, las tres con un catálogo de altísimo nivel. También he participado en festivales y talleres (recuerdo bien el que dio voz a jóvenes inmigrantes en riesgo de exclusión, gestionado por la ONG Cesal) que me han hecho comprender la dimensión del fenómeno y sus enormes posibilidades a la hora de insuflar vida a un género literario siempre en peligro de muerte. Pienso esto mientras los periódicos digitales anuncian las proclamas de los nuevos señores del mundo tecnofeudal, en el que el 1 % más rico acapara el 45% de toda la riqueza del planeta. Pienso esto consciente del desprecio que ese 1% de poderosos siente por cosas como la poesía o el cartón o los jóvenes inmigrantes de barrios desfavorecidos.
No por casualidad Martín Rodríguez-Gaona concluye su ensayo reivindicando el valor y la modernidad del trabajo artesanal: “La dinamización y la democratización de la ciudad letrada en el siglo XXI depende en gran medida de una autogestión que reivindique procesos y vías alternativas (en la línea de las publicaciones samizdat y el do it yourself): poetizar lo artesanal como Warhol poetizó la producción en serie” (pág. 447). A principios de 2025 y bajo el signo de un tecnocapitalismo deshumanizado, no se me ocurre nada mejor para evitar que la poesía se nos muera de pena.
