Oscars, Goyas, Globos de Oro… lo que se premia, ¿es lo que agrada al público?
Evidentemente, no es posible responder a esa pregunta de forma objetiva y palmaria. Que una persona compre una entrada para ver una película no significa que esta le vaya a gustar. Solo significa que el marketing ha funcionado con ella. Por tanto, los buenos datos de taquilla no implican necesariamente entusiasmo del público con una determinada obra. Habría que ver cuántos espectadores, de los más de tres millones que han visto Torrente Presidente, la consideran una buena película. Y para conseguir una estadística fiable habría que hacer muchas encuestas en las salidas de los cines, con preguntas exquisitamente elaboradas para no condicionar la respuesta. Así que no queda más remedio que recurrir al olfato y al sentido común que, sin ser infalibles, suelen dar buen resultado.
Todo esto viene a que ya ha terminado la temporada de los premios cinematográficos y nos ha dejado una cosecha de películas galardonadas que aspiran a representar los gustos y tendencias del momento. Digo aspiran porque en los últimos años, si hacemos caso de lo que se oye en innumerables conversaciones y sobremesas, parece que se ha abierto una brecha entre los gustos del público y las preferencias de los que otorgan premios.
Durante casi todo el siglo XX las películas que conquistaban los premios de la Academia de Hollywood, los Óscar, coincidían con aquellas a las que el público y crítica habían dado su beneplácito. Actualmente es cada vez más frecuente que muchas de las obras premiadas ni siquiera le suenen a la gente. En cualquier caso, es necesario hacer una valoración del palmarés de este año, aunque solo sea para saber lo que prefieren los que manejan la industria del entretenimiento. Nos vamos a centrar en los Óscar y en los Globos de Oro; y en el ámbito nacional, en los Goya y en las Medallas del CEC (Círculo de Escritores Cinematográficos).
Lo primero que llama la atención es que ninguna de las películas ganadoras del Óscar como de las nominadas son lo que coloquialmente podríamos llamar peliculones. Son buenas, sin duda, o están bien hechas -que no es lo mismo- pero no pasarán a la historia como cintas inolvidables. Si miramos las películas que obtuvieron el Oscar a Mejor Película durante el último cuarto del siglo pasado encontramos títulos tan populares como aclamados por su calidad, y que no han envejecido con el paso de los años.
Nos referimos a películas como Patton (Franklin J. Schaffner, 1970), El padrino (Francis Ford Coppola, 1972), El golpe (George Roy Hill, 1973), Gandhi (Richard Attenborough, 1982), Amadeus (Miloš Forman, 1984), Memorias de África (Sydney Pollack, 1985), El último emperador (Bernardo Bertolucci, 1987), Rain Man (Barry Levinson, 1988), Bailando con lobos (Kevin Costner, 1990), El silencio de los corderos (Johnatan Demme, 1991), La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993), Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994) o Titanic (James Cameron, 1997). Son ejemplos de películas que desbordan con creces el ámbito de los cinéfilos y muy conocidas a nivel popular, la mayoría muy bien valoradas y vistas varias veces. Eso ya no ocurre desde hace un tiempo.
Los Óscar
Actualmente se dan los Óscar, durante un par de días se comenta entre los más cinéfilos y en la mayoría de los casos las películas caen en el olvido. Recientemente pregunté a mis alumnos del grado de Comunicación Audiovisual que si recordaban qué largometraje había ganado el Óscar el año pasado y ni uno solo se acordaba. Y no era ni la primera ni la segunda vez que me ocurría. Hecho este preámbulo, que nos parece conveniente para entender el contexto, vamos a fijarnos en primer lugar en las consideradas mejores películas por los Óscar y los Globos de Oro de este año.
El premio de la Academia ha sido para Una batalla tras otra, del veterano director Paul Thomas Anderson, que ha sido vista en las salas españolas por unos 1.145.000 espectadores. En medio de un mundo polarizado, el director ofrece un retrato crudo de las tensiones políticas en Estados Unidos.
La narrativa enfrenta a una élite reaccionaria y defensora de la América pura contra células antisistema que han abrazado la lucha armada. En este tablero, Steven J. Lockjaw (Sean Penn) representa la aspiración de pertenecer a la cúpula supremacista, mientras que Perfidia (Teyana Taylor) encabeza la resistencia violenta frente a la pasividad de su pareja, Bob (Leonardo DiCaprio). La trama se complica cuando Lockjaw logra detener a Perfidia y utiliza su obsesión por ella como moneda de cambio, ofreciéndole la liberación si delata a su grupo.
Bajo una atmósfera distópica, la cinta funciona como una crítica mordaz al presente, sugiriendo que ya habitamos ese colapso social orientado a la autodestrucción. En medio de ese panorama hostil, surge un oasis de esperanza: el vínculo entre Bob y Willa. Esta relación paternofilial, definida por un amor altruista y protector, se alza como el único refugio auténtico frente al odio imperante. Así, la búsqueda de Willa se convierte en el hilo conductor que dota de humanidad a una trama de otro modo desoladora.
Este año parece evidente que la Academia, de entre todas las nominadas, ha optado por la que ofrecía un contenido político antitrump. Se trata de una película fuerte, no para todas las sensibilidades, con algunos momentos de trazo grueso, pero que no sucumbe al nihilismo únicamente gracias a la citada trama paternofilial.
Sin embargo, los periodistas optaron en los Globos de Oro por Hamnet, adaptación de una novela de Maggie O’Farrell sobre la familia de Williams Shakespeare y el hipotético origen de su obra Hamlet. La vieron unos 884.187 espectadores. La directora Chloé Zhao nos acerca a la vida personal y sentimental de Shakespeare, desde un naturalismo casi áspero que nos traslada sin concesiones a la precariedad de la vida rural de la época. La directora logra un equilibrio armónico entre la crudeza y el lirismo, retratando la calidez de la vida doméstica, las sombras de la rutina, la incomprensión de los parientes o el peso emocional de las ausencias.
Poco a poco se nos prepara para la tragedia, que cuando irrumpe, es tratada por Zhao con elegancia. Pero toda esta belleza formal innegable envuelve un planteamiento de fondo mucho más superficial, incluso algo new age, que deja una cierta sensación de no haber exprimido bien las posibilidades humanas de la historia.
Las dos películas, muy diferentes entre sí en estética y género, son, sin embargo, síntomas de unos tiempos oscuros y poco halagüeños como los que vivimos
En ambas hay algo de luz, pero en ninguna esa luz es el factor último y vertebrador. Otra película nacida de las sombras y con el aroma existencialista de Ingmar Bergman es la noruega Valor sentimental, de Joaquim Trier, que ha ganado el Oscar a Mejor Película Extranjera y el Goya a Mejor Película Europea. Sin embargo, al igual que Una batalla tras otra, y en cierta medida Hamnet, vuelve a poner en primer término las relaciones paternofiliales, que es sin duda uno de los temas transversales más repetidos de nuestra época. Relaciones paternofiliales heridas, para ser más exactos. Heridas, pero en busca de sanación, al menos como deseo.
También hay una trama de ese tipo en el thriller político El agente secreto, de Kleber Mendonça, ganador del Globo de Oro a Mejor película de habla no inglesa. Las cuatro películas son dramas, en algunos momentos bastante espesos, y las cuatro muestran esa preocupación por los vínculos.
Valor sentimental, que además fue Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes ha sido vista en los cines españoles por aproximadamente unas 192.000 personas. La película refleja muy bien la fragilidad actual de los vínculos y la vulnerabilidad que ello genera. La trama se centra en Gustav Borg (Stellan Skarsgard), un padre que abandona el hogar cuando sus dos hijas son aún pequeñas. Es un famoso director de cine que se ha volcado en su profesión. Al fallecer la madre de sus hijas, reaparece en la vida de estas, ya adultas, tratando de relacionarse con ellas como si tal cosa, como si no hubiera estado ausente de sus vidas durante tantos años.
Pero las heridas no se curan mirando para otro lado. El film refleja muy bien esa especie de antropología fluida o ligera en la que vivimos instalados, y en la que no existen cimientos sólidos sobre los que construir una identidad provista de certezas. No olvidemos que hoy la idea de certeza se considera peligrosa, fuente de dogmatismos inquisitoriales.
Respecto a los Goya y las Medallas del CEC, premios en los que ha triunfado con diferencia Los domingos, de Aluda Ruiz de Azúa, remitimos a lo publicado sobre el film en un número anterior de esta revista. La fueron a ver en los cines 761.229 espectadores. Es interesante advertir que también en esta historia tiene su papel relevante la relación entre la protagonista y su padre, y entre ella y su fallecida madre, cuyo recuerdo es esencial en su mundo interior. No sabemos cuántos académicos habrán visto el film como una propuesta positiva a favor de la libertad vocacional, y cuántos como una preocupante historia sobre una adolescente que osa tener fe.
Pero si escuchamos el discurso de la actriz Patricia Arnaiz, o del locutor que transmitió la gala por RTVE, da la impresión de que ha prevalecido una interpretación equivocada del film. Digo equivocada porque a la madre superiora se le atribuye una manipulación que no se justifica en ninguna escena.
En definitiva, las películas premiadas han tenido una recepción muy irregular en lo que a número de espectadores se refiere en salas de cine. Ya están todas en plataformas, con lo que las cifras habrán crecido indudablemente. Todas ellas muestran un mundo poco apetecible, no reconcilian con la vida, a excepción de la española si se interpreta en clave luminosa. Y como decíamos al principio, no parece que vayan a perdurar en la memoria colectiva. ¿Se estará convirtiendo el cine en un arte menor? Habrá que estar atentos.

