Los ojos se le llenan de lágrimas al hablar de los miles de muertos, se cifran en 30.000 en cinco días, por la represión gubernamental de las manifestaciones en su país, Irán. Se le precipitan las palabras cuando me cuenta que todas las familias que no pertenecen a la élite tienen a alguien asesinado, o torturado o inválido, o desaparecido, o exiliado desde que el 28 de diciembre los comerciantes del Gran Bazar de Teherán —considerado un termómetro del estado de ánimo popular— cerraron sus tiendas para protestar por la inflación desenfrenada (casi del 45%) y la moneda en caída libre que les asfixia, y las calles de todo el país se llenaron de manifestaciones contra el régimen de los Ayatolas. Los pocos vídeos que han conseguido sortear el bloqueo de internet muestran un escenario de horror, con hospitales y morgues abarrotadas de civiles disparados por las fuerzas de seguridad. “Todos han sufrido y siguen sufriendo. Y queremos que nuestras vidas valgan algo. Porque allí te pegan un tiro en plena calle y no puedes pedir cuentas a nadie. Nada. Tu vida no vale nada”. La pesadilla se cuela en la cerveza que Nilufar Saberi y yo estamos bebiendo en el Zapcoffe de la Puerta del Sol. Sentadas en un sofá que nos abraza, con las vistas de la plaza de forillo corta-aliento y una suave música de fondo, esa pesadilla llega como un latigazo, un llanto que ella no reprime. ”Y las libertades, que te voy a contar. Nos han quitado hasta las libertades civiles más básicas. Te dicen qué puedes comer, dónde, cuándo. Qué te puedes poner. Se meten hasta dentro de tu dormitorio, el líder supremo, te dice cuántos hijos hay que tener, en qué condición. Es una barbaridad: todas las dictaduras son terribles, pero las religiosas son las más espantosas. Son surrealistas. No son de este mundo y mucho menos de siglo XXI”.
Nos callamos. Solo el silencio puede recomponer nuestra charla porque nuestro encuentro ha dejado de ser una entrevista para transformarse en una conversación llena de confidencias, de los miedos de Nilufar por los que se juegan la vida todos los días para reclamar libertad; de su esperanza de que esta vez sí, de que por fin; de que ahora el mundo nos les dejará solos. “Lo que el pueblo iraní pide en estos momentos tan cruciales de vida o muerte para millones de personas —me dice contundente— es una intervención internacional urgente, de rescate del pueblo iraní que está siendo masacrado por su gobierno, por la inquisición islamista”. La furia se asoma a sus ojos cuando añade: “las Naciones Unidas tienen obligación de socorrernos. Les obliga su responsabilidad de protección, aprobada por la Asamblea General de la ONU, por unanimidad, en su Cumbre Mundial de 2005, para garantizar que la comunidad internacional nunca más ignore situaciones de atrocidades masivas y que autoriza la intervención en los países cuyos ciudadanos están en grave peligro. ¿Y qué es lo que ahora está ocurriendo en mi país? ¿No es una atrocidad?”
Precisamente esa petición de que el mundo “ayude a derrocar la Teocracia islamista, la mayor y más sanguinaria enemiga de Irán y del pueblo iraní”, es el lema de la manifestación que dentro de un rato va a celebrarse en la Puerta del Sol. Por eso he citado en este café —nos viene bien y estaremos cómodas— a Nilufar, activista por los derechos de las mujeres oprimidas por el régimen teocrático de Irán y una de las convocantes de la concentración. En 2009, cuando al grito de “¿dónde está mi voto?” estalló la llamada Revolución Verde contra lo que se consideró un pucherazo electoral, esta iraní, junto a otras, fundó en España una Asociación pro Derechos Humanos en Irán y es una de las figuras más destacadas en nuestro país del movimiento Mujer, Vida y Libertad, surgido tras la muerte, en septiembre de 2022, de la joven kurda Mahsa Amini, por una paliza de la policía de la moral que la detuvo por llevar mal puesto el pañuelo.
“Esa revolución —me explica Nilufar— ha sido la primera revolución feminista mixta de la historia de la Humanidad. Ni más ni menos. ¡Fíjate qué orgullo tengo por mi país! Hace siglos Ciro el Grande nos regaló lo que conocemos como la primera declaración universal de los derechos humanos, el cilindro que dice que el imperio persa tiene que respetar las creencias y el idioma de los países que invade y que prohíbe hacer esclavos. Fue rompedor —presume Nilufar—. Y ahora tenemos otro regalo para el mundo: la primera revolución feminista mixta de la historia.
Salen los hombres, hombro con hombro con las mujeres, a pedir igualdad para nosotras. A quemar velos con nosotras. A recibir tiros con nosotras. Todavía siguen las ejecuciones de 2022 y ejecutan a muchos más hombres que mujeres por su levantamiento”. Me recuerda el caso más conocido de un sentenciado a muerte por salir a la calle a gritar “mujer, vida, libertad”: el futbolista Amir Nasr-Azadanu, acusado de participar en una guerra contra Dios y de matar a tres funcionarios, al que no colgaron por ser quien era, porque era un futbolista de la selección internacional, por lo que le conmutaron la pena por 26 años de cárcel. “Esto porque era conocido —aclara— y recibió apoyo internacional. Al resto se les “suicida en la cárcel” o se les ejecuta o de repente mueren de enfermedades extrañas siendo muy jóvenes”.
—¿Desde cuándo estás en España? — pregunto.
—Desde el verano de 1980. Salimos de Irán con lo puesto, con un pasaporte falso que tenía mal los datos, hasta el punto de que mis padres supuestamente se habían casado a los ocho años. —Se echa a reír—. España no pedía visado y aterrizamos aquí en el primer vuelo que hubo de Teherán a Madrid con escala en Atenas. ¡Las maletas se quedaron en la escala! O sea, literalmente llegamos a España con lo puesto. Hasta que pudimos recuperar las pocas pertenencias que caben en una maleta para viajar en avión. Mi padre había llegado a casa todo descolocado, desaliñado. Le cogió la mano a mi madre, se fueron para la habitación. Y cuando salen de la habitación dicen “nos vamos mañana”. Yo tenía 14 años y mi hermana 6. Yo no entendía nada, no me quería ir. Dejé de hablar a mi padre. Él me repetía que algún día se lo agradecería y así ha sido. Estoy agradecida de que mi padre nos sacara del país porque personalmente yo, con la lengua tan larga que tengo, estaría más que muerta. Hasta mucho tiempo después mi padre no me contó que había escapado de la horca.
—¿De la horca?
—Mis padres eran magos de espectáculos. Eran pareja artística. —La cara de Nilufar se envuelve en una sonrisa tierna al recordar su niñez—. Yo he vivido hasta en un circo. Me he bañado con los monos, me he subido a los elefantes… Habían actuado por todo el mundo y también habían actuado en varias ocasiones en las fiestas reales, en el palacio de Pahlavi, como muchos otros artistas. Y al grito de muerte al mago del sah… Fue el mote que le pusieron y lo querían ejecutar, a mi padre. No entendían que la magia no se refiere a la magia negra, que es una magia de espectáculo, de entretenimiento. No distinguían. A Jomeini le siguieron, por una parte, analfabetos y por otra la izquierda iraní que pensaba que una vez que se fuera el Sah del país, quitarse a un religioso, piojoso e inculto iba a ser coser y cantar.
Al evocar la llegada de Jomeini se identifica con la protagonista, la propia autora, Marjane Satrapi, del Cómic y película Persépolis. “Cuando llegó, pese a todo lo que había dicho desde París, que era maravilloso, hizo todo lo contrario. Tanto es así que después, si te encontraban con casetes distribuidos por las mezquitas, con sus discursos en la BBC, por ejemplo, te acusaban de un delito. Y cuando se le pidió cuentas dijo que había cometido Taqiyya que es un engaño, un embuste bendecido por Ala para poder establecer su gobierno sobre la tierra. Mientes por un bien. Y todo está permitido: si para ello tienes que beber alcohol, lo bebes. Si tienes que comer cerdo, lo comes y si tienes que matar al 12º duodécimo imán, que es el que tiene que venir a salvar el mundo, lo matas. Aquí lo importante es el gobierno de Alá sobre la tierra. Jomeini prohibió absolutamente todo lo relacionado con las artes, hasta el ajedrez, no ya jugar si no hasta tener un tablero: decía que mirar ese tablero era equiparable al pecado de mirar a los genitales de tu madre. Fíjate tú como están de podridos sus cerebros”.
—¿Te adaptaste bien a España?
—Tuvimos suerte porque es una cultura bastante afín a la nuestra en muchos sentidos. Tuvimos la suerte de dar con un pueblo acogedor, abierto, solidario. Entonces no había infraestructura para refugiados, ni organismo, ni centros. A nosotros nos atendió, nos arropó, nos cobijó el pueblo español. ¡Uff! Que me emociono. —Los ojos se le vuelven a llenar de lágrimas—. Me emociono de mi pueblo español. De mi barrio de La Elipa: nos traían comida, ropa. Nos venían a dar clases de guitarra para que no estuviéramos tristes. Hacían lo que estuviese en su mano, nos llevaban a ver Madrid… Fue encontrar otra familia. Pero para eso, también tú tienes que estar abierto. Si tú vienes aquí a imponer de lo que vienes huyendo, nunca te sentirás en casa.
Miramos por el balcón del café y vemos que ya están llegando manifestantes a la Puerta del Sol. Llevan banderas iraníes y pancartas que gritan “Abajo la tiranía”; “El miedo se acaba, llega la libertad”; “No a la Teocracia, no a la Dictadura”; “Este es el último combate”… Hay muchas fotos de Reza Pahlavi. El hijo y heredero del Sha derrocado se ha convertido en la imagen esperanzadora de muchos para la liberación y transición de Irán. Otros, aunque quieren derrocar la Teocracia, estarían dispuestos a empuñar las armas contra él si regresara. ¿Hacer una revolución para volver a los Pahlavi?, pregunto a Nilufar. “Siempre se nos reprocha —me explica—que no tenemos una representación o una cara visible, un nombre al que se puede dirigir la comunidad internacional. Él es la única cara conocida visible y muy querida por una gran parte del pueblo iraní. Es el hijo del sah. Es una persona en la que confiamos hasta los que no somos monárquicos. Yo soy republicana, pero si tengo que confiar en una persona es en él, en estos momentos. No, no tenemos donde elegir. Y dentro de que no tenemos donde elegir prefiero una persona que es iraní; que apoya la integridad territorial; que defiende valores seculares: que defiende la igualdad; que defiende los derechos humanos. Hasta que podamos ir a Irán y celebrar unas elecciones libres, con observadores internacionales y podamos determinar el sistema de gobierno, muchos, desesperados por rescatar a nuestro pueblo de las garras de la inquisición islamista, aun no siendo monárquicos, hemos optado por elegir a Reza Pahlavi como la cara visible de la transición”.
– “La ayuda está en camino”, tuiteó Trump hace unos días y ha desplegado en la zona una flota mayor que la que envió a Venezuela: dos portaaviones nucleares, destructores, cazas, soldados… Los analistas dicen que Irán no es Venezuela y que un ataque se respondería de manera brutal y podría arrastrar a toda la región a la guerra. ¿Apoyaríais una intervención estadounidense?
– Los que estamos fuera no queremos guerras, no queremos bombas, lógico, pero los que están dentro lo están pidiendo. ¡Cómo tiene que ser tu día a día para que prefieras jugártela a la ruleta rusa, a ver si la bomba cae en tu casa o en la de al lado!, pero que esto cambie. Que no siga siendo el infierno islamista que ha sido durante cincuenta años. Te voy a contar una historia: hace unos días un padre fue a buscar el cadáver de su hijo entre los cientos de sacos de plástico negro. No sé si sabes que los propios funcionarios te hacen pagar entre 3.000 y 5.000 €, para llevarte el cadáver de tu ser querido. Y este padre, cuando estaba buscando entre los sacos, unos encima de otros, para identificar a su hijo, abriéndolos para ver las caras y encontrarlo, se dio cuenta de que algo se movía dentro de uno de esos sacos. Y cuando lo abrió vio que estaba vivo y se olvida de su hijo y se lleva al vivo. Y paga por el vivo, para sacarle de allí, porque si no le entierran tal cual. Entierran a la gente viva. —Las lágrimas vuelven a los ojos de Nilufar—. La gente allí está haciendo todo lo que puede. Ahora nos toca a la diáspora, somos diez millones de iraníes en el mundo, arrimar el hombro.
Nilufar y yo nos unimos a los manifestantes de la Puerta del Sol. Hay mujeres, hombres, niños, arropados por su bandera y el canto de su himno. Han hecho un enorme círculo. Corean consignas de libertad en español y en farsí. Se abrazan y emocionan, con el pensamiento puesto en aquellos que en Irán gritan “no tenemos miedo”. Esta vez sí, me ha dicho Nilufar y la imagino volviendo a pisar las calles hoy ensangrentadas de Teherán y como en los versos de Pablo Milanés, entrando en la plaza más emblemática de su ciudad, Azadi, “una hermosa plaza liberada en la que se detendrá a llorar por los ausentes”. Le pregunto cómo sueña ella que será su regreso después de tanto tiempo. “Bajaré del avión cantando y bailando, sonríe con la idea: son actos que en Irán las mujeres tenemos prohibidos desde hace casi 50 años”.
