Dicen que el dinero no hace la felicidad, pero a veces parece que es una de las pocas cosas que merece la pena perseguirse. El dinero es necesario para sobrevivir, y también para descansar. Y sin embargo, llegadas las vacaciones, hay muchas personas, sobre todo jóvenes, que trabajan gratuitamente, a menudo en tareas difíciles y situaciones duras, tanto dentro del país como en países lejanos. Algún escéptico o algún cínico lo podría llamar un turismo barato… Pero se trata de mucho más.
Inundaciones, danas, catástrofes naturales. Ante la inacción, o la ineptitud de los gobiernos y agencias que deberían responder, quienes salen a ayudar son jóvenes voluntarios. Pero habría que adentrarse más en la filosofía y la motivación de tal voluntariado. Una búsqueda de Google da un río de ofertas, posibilidades, oportunidades para el verano. Se trata, claro está, de trabajos no remunerados y a veces tremendamente difíciles y esforzados. Y sigue quedando la pregunta sobre por qué alguien querría hacer una cosa así. Las vacaciones de verano –o un año sabático– son momentos de descanso que nuestra sociedad ha elevado prácticamente a la categoría de derecho. Y sin embargo, muchas personas, sobre todo jóvenes, deciden emplearlos en trabajar más y en condiciones más difíciles. ¿Por qué?
Las primeras entradas de Google no hablan casi nada de motivaciones. Solo una llama la atención: dice algo así como hacer algo constructivo que a la vez produce una gran satisfacción personal. Es como una respuesta a la famosa pregunta en inglés: What´s in there for me? ¿Qué saco yo de esto? Pero eso es una respuesta bastante mercantilista y en el fondo, satisface poco. Hacer un trabajo así para sentirse bien es como poner precio a lo que oficialmente se hace gratis… Tiene que haber algo más…
“Ser voluntario es pensar y vivir de otro modo”, dice el primer mandamiento del Decálogo del Voluntariado que desarrolló el filósofo Luis Aranguren. “Y es así porque el voluntariado no deja indiferente a quien se adentra en él. No es lo mismo entrar en contacto con el dolor, enfrentarlo y poner el hombro en remojo que pasar de lado esquivando los golpes. No es lo mismo, y el voluntario tiene la inmensa suerte de que lo dejen sentarse en silencio junto a los que sufren”. O sea, según esta filosofía, el voluntariado puede cambiar la vida de una persona. Y es cierto que quienes regresan de voluntariados casi invariablemente comentan lo mucho que han aprendido sobre la vida, el agradecimiento por lo que se tiene, lo que de verdad tiene valor. Es cierto: tiene el poder de cambiar la vida. Quizá sea un paso más, pero la motivación de fondo seguiría teniendo quizá un matiz mercantilista. Hacer algo para beneficio de la propia vida. No es malo, por supuesto; pero no es suficiente.
En otra página se lee que el voluntariado es una actividad de gran valor social, una actividad que nace de la solidaridad, la voluntad y también del sentido de la responsabilidad hacia nuestro entorno y capacidad de organizarnos para mejorarlo. Esto es un paso más: más altruista, más volcado en el otro en lugar de en uno mismo. Ahí el voluntariado se convierte en una actividad de valor social, nacida de la solidaridad y del deseo de mejorar, en lo que se pueda, el entorno y el mundo. Dentro de una misión así hay valores de empatía, justicia e igualdad. Pero ahí Gustavo Bueno, en una ponencia para el XIII Congreso Estatal del Voluntariado de la Rioja en 2010 (El Catobeplas, n. 106, diciembre 2010) afirma que “la solidaridad, en cada voluntariado específico, podrá estar asegurada, pero no está asegurada la solidaridad entre los diferentes tipos de voluntariados contemplados por la ley. Entre estos voluntariados, además, en cuanto dependen de las ayudas del Estado, media siempre una competencia, actual o virtual, muy poco solidaria. Por ello no habría que considerar las insolidaridades entre los diversos voluntariados internamente solidarios como resultados de una aberración, sino como la ley misma de la idea de solidaridad.
Sobre todo: la solidaridad indefinida no puede tomarse como fuente de valores éticos o morales, porque la solidaridad es muchas veces fuente de contravalores reconocidos: la solidaridad de los cuarenta ladrones se establece por oposición a sus víctimas y a los guardias; la solidaridad de una banda terrorista se establece por el pacto de sangre de los asesinos respecto de los asesinados.”
En su “crítica del voluntariado”, Bueno va desmenuzando aspectos legales, éticos y espirituales del voluntariado. Se remonta a los orígenes del concepto moderno del voluntariado como algo inventado por instituciones laicas como alternativa a las instituciones tradicionales de la Iglesia católica, o bien un instrumento “urdido en la sombra por el capitalismo liberal, orientado a conjurar o limitar las pretensiones del Estado de bienestar, descargando al Estado, a fin de atribuirlos a la “sociedad civil” los compromisos que a él le corresponden”. Así, la creación del voluntariado sería el espejo civil del principio de subsidiaridad de la Doctrina Social de la Iglesia. Y de paso, da una excusa a los gobiernos para no hacer lo que en realidad les corresponde a ellos. Si no cuidan de sus propios ciudadanos, ya lo harán los “buenos”, voluntaria y gratuitamente.
Con su mirada crítica (que él afirma ser una “criba” o discernimiento de elementos más que un comentario necesariamente negativo), Bueno señala un aspecto en el que se mezcla la buena voluntad y el deseo de hacer el bien con intenciones más oscuras y lucrativas de las ONGs. Señala, por ejemplo, el ejemplo de Haití donde trabajan (o trabajaban) casi 10.000 ONGs, que recibían 7.000 millones de dólares de los países donantes, con lo cual estas organizaciones constituyen una suerte de Estado que administra la mayor parte de las ayudas. Y el resultado, por lo que se ha visto, es mínimo… Aunque Bueno hablaba en 2010, los recientes recortes de USAid en Estados Unidos ponen de nuevo bajo una lente crítica a las ONGs de todo el mundo y a la enorme gama de sus realizaciones, motivaciones y frutos.
Aunque el filósofo es un agnóstico declarado, las bases de su crítica, así como todo pensamiento sobre el voluntariado tiene una profunda raíz judeo-cristiana. Al fin y al cabo, las obras de misericordia ya aparecen en los profetas, sobre todo en Isaías y Amós, y las expresa Jesús clarísimamente. Se trata del antiguo principio de auxilio a huérfanos y viudas del judaísmo y a las llamadas a la vocación cristiana al servicio (“No he venido a ser servido, sino a servir…”, “El que quiera ser el más grande entre vosotros…”, “Haced vosotros lo mismo…”).
Pero sea por las razones más o menos elevadas que sea, y a pesar de la culpable inacción de los gobiernos, el voluntariado puede ser una gran virtud… que, como toda virtud, se va perfilando, afianzando y fortaleciendo en la práctica. Sea cual sea su motivación inicial, el fruto es no solo el bien propio, sino el bien común. Es una buena manera de emplear el tiempo de vacaciones, de salir de uno mismo, de contribuir a una causa. De ser más persona, en suma. ¿Qué gano yo con ello? Muchísimo, aunque la verdad es que esta no es la mejor pregunta, sino ¿qué gana el mundo con ello?
