EEUU e Israel acaban de bombardear la capital de Irán con el objetivo de derrocar el régimen. Junto con la situación en Afganistán y Paquistán, el mundo está cada vez, más que nunca, en vilo.
El mundo ha contenido la respiración ante la situación de Irán. Aunque el Oriente Medio históricamente ha sido un polvorín, la amenaza de una explosión bélica en Irán es ahora tremendamente preocupante a causa del difícil equilibrio nuclear a nivel mundial y las peligrosas alianzas entre poderes. Es importante conocer los hilos del conflicto, aunque el futuro resulta bastante incierto.
¡Qué guapa era Soraya! Muy poca gente, y casi ningún joven se acuerda ya de la belleza de la Reina Soraya de Persia, la princesa de los ojos tristes que, al no dar un heredero varón al sah, fue alejada del trono, pero nunca olvidada por Reza Pahlevi, el sah. Parece una historia de novela romántica, pero en realidad contiene muchos de los elementos de la situación actual de Irán. Destacan dos elementos clave que son parte de la identidad histórica del país: religión y nacionalismo. Para empezar, la historia del heredero para muchos fue una excusa para destronar a Soraya, que era católica e hija de iraní y alemana. Dos cosas en su contra. La antigua Persia fue un poder principal desde siglos antes de Cristo. Pero lo que ahora se conoce como Irán fue su restauración en 1501 por la dinastía safávida, que impuso el chiismo como única religión. Sucesivas dinastías gobernaron Irán hasta la revolución de 1979, en la que fue destronado Reza Pahlavi, el último Sah de la dinastía Pahlavi, que reinó de 1925 a 1979.
Durante el tiempo de esa dinastía, Irán siempre tuvo alguna influencia, o intervención directa, internacional. Riza Pahlavi (el padre de Reza) era germanófilo y los ejércitos soviético y británico invadieron Irán durante la Segunda Guerra Mundial. La ocupación extranjera acabó en 1946 y durante la posguerra se intensificó el movimiento nacionalista. En 1953, el primer ministro, Mohammad Mosaddeq fue expulsado del poder al intentar nacionalizar los recursos petrolíferos, en una operación británica y estadounidense. En su lugar, se puso a un gobernante favorable a Estados Unidos. En 1955 se firmó el pacto de Bagdad. El sah, con el apoyo de Estados Unidos y Reino Unido, emprendió la modernización de la industria del país y eliminó toda oposición a su régimen. El sah se esforzó por modernizar el país fomentando la industria y la reforma agraria que dio lugar al reparto de las tierras de la corona y estatales. Esto creó una amplia base de pequeños y medianos propietarios rurales. Sin embargo, aumentó la corrupción y las tensiones con los sectores más religiosos.
En 1972 hubo una fuerte campaña terrorista. En 1977 la crisis llegó a su culmen y el régimen ya no se recuperó ante el avance de la revolución islámica. El ayatolá Jomeini regresó de su exilio en París donde había estado desde hacía décadas. Aunque en un principio el mundo aplaudió el derrocamiento del sah (siguiendo a muchos otros derrocamientos de autócratas o dictadores), las relaciones con Estados Unidos pronto se volvieron conflictivas cuando algunos estudiantes iraníes entraron en la embajada de USA, capturaron al personal y los acusaron de espías de la CIA para derrocar al ayatolá. Después de la muerte de Jomeini en 1989, las relaciones han tenido altibajos. Una de las principales amenazas para Occidente ha sido la capacidad de Irán de desarrollar armas nucleares o armas de destrucción masiva, por lo que en 2002 el presidente George W. Bush clasificó a Irán en el “eje del mal”. Sus relaciones con los países cercanos como Iraq, Afganistán o Siria también han sido siempre conflictivas.
A menudo los iraníes se ven como herederos de un gran imperio, aunque su historia reciente ha ido de fracaso en fracaso. Irán perdió gran parte de su territorio a manos de sus vecinos, teniendo que ceder a Rusia el Cáucaso (que hoy día es Armenia, Azerbayán, Georgia y Dagestán). Para principios del siglo XX, Rusia y Estados Unidos se habían repartido las esferas de influencia. Esto ha llevado a generaciones de gobernantes iranís que ven conspiraciones por todas partes y no se fían ni de propios ni de extraños.
Y entra Trump por segunda vez Esta vez, la República Islámica de Irán está en uno de sus momentos más débiles. La economía está medio estrangulada por las sanciones de Estados Unidos. Pero no sólo por las sanciones, sino también por la falta de gestión y la corrupción del gobierno. Aunque la caída del rial iraní, que se devaluó en diciembre en un 50%, la devaluación simplemente representa la condición catastrófica de la economía. Los precios de los alimentos subieron en un 72% desde enero de 2025. Y se advirtió de que podrían aumentar otro 20 o 30%. Según el centro estadístico del propio gobierno de Irán, el iraní medio tendría que ahorrar durante 100 años para poder comprar un modesto piso en una ciudad. La economía del país depende de la producción de petróleo y tal dependencia no cesará incluso si se levantaran las sanciones estadounidenses. La fabricación nacional se ha paralizado. Hay huelgas frecuentes y el crecimiento anual bruto cayó de un 5.3 por ciento en 2013 a 0.6 por ciento en 2025.
Para la mayoría de los iraníes, es imposible vivir así. El régimen parece incapaz de tratar las raíces de la crisis económica y los iraníes no tienen ninguna fe en que los actuales líderes puedan conducir al país hacia una solución. Una población que había experimentado la modernización y un acceso prácticamente a la educación, con un porcentaje de personas con título universitario que alcanzó un 61%, se ve ahora, por razones de radicalismo islámico, terriblemente limitado en sus prácticas. Los jóvenes y los más educados son los que más sufren el desempleo y la falta de oportunidad. Es sangrante, sobre todo, la situación de la mujer sometida a la ley de la sharía.
Por otro lado, Irán ha visto su red regional debilitada por la caída del sirio Bashar Al-Assad y la campaña de Israel contra Hezbolá y Hamás. Hay revueltas y protestas constantes y, a la agresión y brutal represión de los manifestantes, se cuentan por miles los masacrados, Trump responde meditando acciones militares, incluyendo una invasión. Se cruzan amenazas entre Trump y el ayatolá, mientras que se ofrecen difíciles negociaciones en las que un acuerdo parece distante. De hecho, se ha destacado toda una flota que incluye el famoso portaviones Abraham Lincoln. Recientemente, ha derribado algún dron incluso en medio de las negociaciones.
En junio del año pasado, después de negociaciones fallidas y de incumplimiento de tratos, Estados Unidos bombardeó algunos de los centros militares y fábricas de Irán. Ambos lados cantaron victoria. Trump dijo que se habían eliminado las fuentes de posibles armas nucleares; Irán por su parte dijo que USA no había logrado nada. Algunos se preguntaban ahora si se haría una misión militar tipo la efectuada en Venezuela. Pero los riesgos de tal operación son demasiado grandes. Por un lado, Irán es un país mucho más grande. Tiene, además, potencial nuclear. Y, sobre todo, está el riesgo de la continua matanza de la oposición. Y el riesgo, ya declarado, de hacer estallar una guerra regional con los países circundantes. Y están, por supuesto, las amenazas de Hezbolá y Hamás, que arrastrarían a los países islámicos situándose frente a Estados Unidos e Israel.
Y, claro, siempre está China que apoya a Irán no tanto, por motivos ideológicos sino comerciales. Irán tiene grandes reservas de uranio y China, siempre calladamente, tiene ambiciones de control mundial.
Ante la situación actual, la probabilidad de un cambio de régimen en Irán es alta, pero también lo es la del caos, las matanzas y la inestabilidad. E incluso si los ataques del pasado junio disminuyeron el programa nuclear de Teherán, se podría reconstruir, y quién dice que no se esté haciendo, todo el arsenal clandestinamente. Todos estos factores alientan la tentación de un ataque militar para acabar con el régimen del ayatolá Kamenei. Pero tal ataque puede representar un enorme riesgo nuclear, de guerra regional y de rechazo por parte de los grupos de oposición.
El problema de la falta de cohesión La posibilidad de un cambio de régimen hace inevitable la pregunta: ¿para sustituirlo por quién? Los diversos grupos disidentes no comparten ideologías ni métodos. El heredero de la corona de la dinastía Pahlevi, hijo del depuesto Reza Pahlevi, mantiene un apoyo simbólico; pero ha estado tanto tiempo en el exilio que tanto él como sus consejeros tienen un contacto limitado con la realidad actual de Irán. Y muchos iraníes no quieren arriesgarse a regresar a un modelo de gobierno absoluto.
El Consejo Nacional de Resistencia está ligado a la Organización Mojaidina de Irán, pero a muchos iraníes no les gusta por sus tendencias marxistas y su apoyo a Iraq durante la guerra. Los lideres del Movimiento Verde son ahora de edad avanzada y están detenidos por el gobierno; si fueran liberados podrían quizá tener un papel en la transición de Irán hacia un gobierno más secular. Solo hay algo que podría unificar al país temporalmente, pero sería de manera equivocada; y es un ataque del exterior, lo cual apelaría al sentido nacionalista común.
¿Entonces? Pareciera que el régimen no tiene mucha salida fuera de una confrontación suicida con Estados Unidos. Algunos analistas aseguran que Estados Unidos podría ayudar a cambiar las cosas a través de diversas estrategias. La primera sería la intensificación de la presión económica para aislar al régimen internacionalmente y acelerar su caída. Por ejemplo, la Unión Europea por fin señaló a la Guardia Islámica Revolucionaria como organización terrorista. También dicen, hay que buscar el camino diplomático. Negociar para que Irán permita a los inspectores de la Agencia Internacional de Energía Atómica controlar lo que queda de su programa nuclear. Trump insiste en la entrega de uranio enriquecido que, aunque Irán insista en que se elabora con fines pacíficos, representa un grave riesgo de seguridad para la zona.
Por otro lado, está el apoyo a la oposición iraní, sin favorecer a ningún grupo en particular, pero animando a un espacio que favorezca la unión entre las facciones. Y por fin, se necesita la estabilización regional. Trump podría hacerlo apoyando a Israel no en un ataque militar, sino en la reconstrucción de sus capacidades de defensa. Del mismo modo, podría trabajar con Israel y los aliados del Golfo para establecer canales de comunicación con Teherán.
El gobierno de Irán ha expresado la disposición a negociar, aunque los términos de la negociación que propone Trump son bastante rígidos y exigen la total eliminación de la capacidad nuclear de Irán y la entrega de las reservas de uranio enriquecido. Pero a la vez que se expresa el deseo de negociar, también se sugieren amenazas, se envían drones y se sigue persiguiendo y matando a opositores. Los líderes iraníes están más divididos que nunca sobre cómo responder a la crisis. En diciembre, el parlamento rechazó los presupuestos, declarando que eran inadecuados para los problemas del país.
El presidente Masoud Pezeshkian (que en realidad responde a los mandatos del ayatolá), sin saber qué hacer, decidió que fueran las autoridades regionales quienes resolvieran las crisis localmente. El propio Pezeshkian ha admitido que el gobierno está paralizado y que el problema está en ellos. Lo mejor probablemente sería una revolución popular que derrocara a la República Islámica y transformara el panorama político, social, económico y religioso de Irán. Pero será difícil que se unan las distintas facciones, tanto las ideológicas como la propia guardia revolucionaria, que está dividida en términos de edad. Esta Guardia Islámica Revolucionaria es precisamente quien sirve como guardiana del sistema teocrático, pero algunos sectores podrían aprovechar para mantener sus propias posiciones y asegurarse el poder. De momento, está dividida entre los oficiales más antiguos y los más jóvenes. Los más antiguos son leales a Kamenei y su ortodoxia. Se han beneficiado mucho de su posición y se han hecho ricos, y tienen una gran influencia.
Los más jóvenes son veteranos de conflictos en Iraq, Siria y Líbano. Aún no han tenido oportunidad de aprovecharse materialmente del sistema. Posiblemente estarían más inclinados a abandonar algunos elementos del sistema islámico y pondrían mayor énfasis en el nacionalismo iraní y en el poderío militar. Pero seguirían las políticas armamentísticas actuales y eso no gustaría a Estados Unidos, pero sí fortalecería los lazos con China.
Habrá cambios en Irán; lo incierto es qué tipo de cambios. Cualquier respuesta, tanto si es intervención de Estados Unidos como si es derrocamiento del gobierno a manos de los opositores, será siempre inaceptable para algunos. Por muchas décadas Irán ha estado regida por ideología y radicalismo religioso; su futuro ahora depende de quién podrá manejar el enorme país que tiene grandes recursos naturales, pero se enfrenta a desafíos inmensos. Estados Unidos y el resto del mundo se beneficiaría de una república post-islámica. Por su parte a China le interesa que Irán cumpla su potencial energético más que exporte inestabilidad. Y mientras tanto, el mundo en vilo. Y no es por temor a que dos líderes más o menos impulsivos actúen sin pensar. Lo piensan, y mucho. El temor es a las consecuencias de cualquier movimiento.
