La luz de la sala se apaga. Es viernes, 22 de marzo de 1895. Los hermanos Lumière proyectan con un artefacto parecido a una linterna mágica sobre una tela blanca la salida de los obreros de su propia fábrica. Han reunido en la Sociedad Francesa de Fomento de la Industria Nacional, en París, a un grupo de empresarios a quienes quieren mostrar su invento, el cinematógrafo. Entre ellos están el ingeniero, inventor y fabricante de material fotográfico, León Gaumont y su secretaria de 22 años, Alice Guy. Esos 46 segundos de imágenes en movimiento cambiarán la vida de esta joven que dejará la máquina de escribir para coger la cámara.
“El demonio del cine me acababa de morder”, escribe Alice en sus memorias. Pero tanto Gaumont como Lumière estaban especialmente interesados en resolver los problemas mecánicos. El cinematógrafo era una cámara más que poner a disposición de sus clientes. Los valores educativos y de entretenimiento de las películas en movimiento no parecían haber llamado su atención. “Pensé que podría hacerse algo mejor que sus películas de demostración. Armándome de valor, le propuse tímidamente a Gaumont escribir una o dos escenitas y hacer que unos cuantos amigos actuaran en ellas. Si el desarrollo futuro de las películas hubiera podido preverse en ese momento, nunca habría conseguido su consentimiento. Mi juventud, mi inexperiencia, mi sexo, todo conspiraba contra mí. Pero sí que recibí el permiso, con la condición expresa de que esto no afectara a mis tareas de secretaria”.
Alice, que había estudiado lo único que en aquella época permitía a una mujer trabajar y progresar, mecanografía y taquigrafía, rodó su primer cortometraje, La Fée aux Choux (El hada de las coles), en 1896, en el patio de su casa. Un vecino pintó el decorado y un grupo de amigas fueron las protagonistas de esta película basada en un popular cuento francés que dice que los niños nacen en coles y las niñas en rosas. (https://www.youtube.com/watch?v=6yzgPbhj8Nw).
La película de 60 segundos tiene éxito y a Alice se le permite hacer otros rodajes en los que gracias a los consejos de un técnico en fotografía de Gaumont, Frédéric Dillaye, introducirá efectos especiales como el rodaje inverso que le permite, por ejemplo, grabar una casa cayendo y que se reconstruya como por arte de magia; escenas a cámara lenta y rápida; congelación de la imagen; doble exposición; los fundidos. Rueda en la calle y da los primeros pasos del cine sonoro: se graba el sonido en cilindros de cera con el cronófono lo que permite a los actores sincronizar sus labios con las palabras previamente grabadas. Dado el éxito de las películas se nombra a Alice directora y jefa de producción: desarrolla el estilo de la casa Gaumont; distribuye películas por todo el mundo, en blanco y negro y coloreadas; participa en la Exposición Universal de 1900, donde Alice recibe un premio.
Los beneficios del cine son tantos que el Consejo de Dirección decide construir un estudio cinematográfico, el mayor del mundo, modelo de los futuros de Hollywood, con el montaje de los escenarios a parte del lugar de rodaje. Alice dirige y produce la primera película del nuevo estudio, Esmeralda, basada en la novela de Victor Hugo El jorobado de Notre-Dame. Crea un equipo de guionistas y escenógrafos. Escribe y dirige sus propias películas. Incluye papeles para niños, algo que nadie estaba haciendo y de mujeres embarazadas, algo que no se veía. Comedias de seducción, persecuciones… En una de sus películas viste a los hombres de mujeres y los hace actuar como mujeres y a ellas las viste de hombres y actúan como hombres. Es algo revolucionario (Las consecuencias del feminismo, 1906) Se atreve incluso con escenas obscenas como en Une femme collante, A Sticky woman (1906). La protagonista tiene los labios pegados por la goma de unos sellos. Un hombre la observa excitado porque ella está lamiendo cosas y termina dándole un beso. Los dos se quedan pegados. (https://www.youtube.com/watch?v=swP1olwYr5Q).
En 1905 Alice vino a España a grabar un documental sonoro (Voyage en Espagne o La malagueña y el torero). Rodó en Monserrat, “su famosa peregrinación (escribe en sus memorias) con decenas de personas subiendo la montaña de rodillas para postrarse ante la Virgen de los recién casados”. En Zaragoza, “donde los hombres llevan un traje idéntico al de los cowboys”, y “las mujeres, en sus brillantes trajes, van al mercado subidas en sus burros, con sus enormes jarras de leche”. En Madrid estuvo en la Puerta del Sol (“el mejor nombre”, en palabras de Alice) y en el Museo del Prado y en una corrida de toros. En Córdoba paró por placer personal, camino de Sevilla, en busca de la Carmen ideal: “las cigarreras que encontramos tenían, sin duda, el carácter combativo de la heroína, pero, desgraciadamente, no su seducción”. En Granada entrevista al Rey de los Gitanos. “Casi todos los gitanos jóvenes (describe) eran guapos, con una belleza al mismo tiempo dura y lasciva. La suavidad de sus ojos oscuros se contradecía con la crueldad de sus dientes carnívoros. Su baile me sembró inquietud”. (https://www.youtube.com/watch?v=uSYrxjGntGM)
En 1906 produjo y dirigió La Pasión de Cristo, que podría considerarse la primera superproducción de la historia del cine: son 26 escenas en las que participan trescientos actores y hay efectos especiales como en la Resurrección, que todavía se utilizan. Como ayudante de dirección tuvo a Victorin Jasset a quien durante mucho tiempo se atribuyó esta película, aunque durante su estreno Gaumont presentó a Alice Guy como directora.
Ese año, 1906, durante el rodaje de una película conoció a su marido, Herbert Blaché, responsable de Gaumont en Inglaterra. “Un día me confesó (recuerda Alice) que nunca se había encontrado con una mujer tan fría y distante como yo. Era cierto: todavía joven, tenía que dar prueba en mi trabajo de autoridad y evitar cualquier familiaridad”. Se casaron en Navidad y Gaumont nombró a Herbert su representante en Cleveland (Ohio, EE.UU.). “Dejé a mi familia y mi país, con el corazón pesaroso, convencida de que abandonaba para siempre mi trabajo como cineasta”.
Alice se dio cuenta de las posibilidades que el mundo del cine tenía en los Estados Unidos y le ofreció a Gaumont hacer películas al estilo americano. Él lo rechazó y ella propuso a su marido crear su propio estudio. Así nace Solax Films, construido cerca de Nueva York, en Fort Lee, donde estaban las grandes compañías cinematográficas. Rueda películas de vaqueros y de guerras, muy populares, hasta tres por semana. Incluso se atreve a una historia protagonizada por intérpretes negros. Solax tiene tanto éxito que Alice contrata directores y crea su plantilla de actores, The Solax players.
El New York Dramatic Mirror publica el 6 de noviembre de 1912 un artículo firmado por Harvey H. Gates, titulado Alice Blaché. Una figura dominante del cine. El periodista se cuela en el estudio donde “Madame Blaché está liada supervisando la producción de una comedia que se estrena pronto. Pocas veces ha escrito mi pluma una historia más impactante sobre el mundo de los negocios que la vida de esta mujer: hace nueve años vino a este país como esposa y consejera de Herbert Blaché. No hablaba una palabra de inglés y sus amigos se contaban con una mano. Ahora es la figura dominante de un estudio de cine construido y dirigido por ella, del que se obtienen entre 50.000 y 60.000 dólares anuales, y sus amigos… bueno, ya sabemos que el éxito atrae amistades sin límite”. “Siempre me ha aterrorizado malgastar (confía Alice al periodista). El despilfarro es uno de los peores crímenes. Lo aborrezco en mi vida y en la de otros y eso me empuja a actuar. Tenía experiencia en el negocio del cine. Lo conocía bien y me parecería un pecado no invertir mi conocimiento cuando hay tanto espacio en ese mundo. Mi marido está conmigo en cuerpo y alma y si no hubiera sido por sus compromisos con Gaumont hubiéramos dirigido Solax juntos”. “Quizás (añade) no hubiera conseguido lo mismo en Francia”. “¿Por qué?” (quiere saber el periodista) “Soy una mujer, ¿comprende?”.
Un artículo en The Moving Picture World, publicado el 1 de marzo de 1913, dice que “observando el trabajo de Madame Blaché con sus actores uno se da cuenta del cuidado que tiene por los más mínimos detalles de cada escena para que las películas sean buenas. Viendo a esta superdotada productora dar órdenes a sus actores se tiene la impresión de que dibuja en su mente lo que quiere conseguir. Es algo mágico cómo conecta con el actor y obtiene lo que pretende”.
“No hay nada relacionado con el mundo del cine que una mujer no pueda hacer igual que un hombre”, escribe Alice en The Moving Picture World del 11 de julio de 1914. “Y no hay ninguna razón por la que una mujer no pueda ser maestra en todas las técnicas de este arte.” Según ella, incluso mejor “por su propia naturaleza, por su capacidad para las emociones”.
La depresión y el comienzo de la IGM traen dificultades económicas para los Blaché que empiezan a trabajar para otras compañías. La manera de hacer películas ha cambiado: el cine es un negocio. Edison crea un trust que obliga a los estudios a pagar cuotas muy altas y estos, para evitarlo, se desplazan a California. Herbert se va a Hollywood con una actriz.
Después de centenares de películas de gran éxito, tras un incendio, Solax quiebra y Alice, que ha conseguido la custodia de sus hijos durante el divorcio, regresa a Francia en 1922. Volvía arruinada. Intentó trabajar en el cine, pero la habían olvidado. Para sobrevivir vendió sus joyas, sus muebles, sus pieles. Escribió cuentos para niños y artículos… Y las historias del cine oficiales borraron su nombre. Sus películas o no existían o se atribuían a directores masculinos, incluido su propio marido. El éxito de Solax era de él, de Herbert. La primera directora no era ella sino la estadounidense Lois Weber. Ni siquiera se la menciona en la historia de la compañía Gaumont. Es como si jamás hubiera habido una Alice Guy cineasta. Ni la Legión de Honor que se le concedió en 1953 la libró de la desmemoria de su mundo.
En la década de los sesenta la hija de Alice, Simone, fue trasladada por la embajada americana para la que trabaja, a Bruselas. Alice, que ya tenía 87 años, se fue a vivir con ella y quiso el azar que un vecino, Victor Bachy, historiador de cine, se diese cuenta de lo importante que había sido Alice para el séptimo Arte y decidiese grabar sus recuerdos.
Esas cintas de cassette fueron localizadas por la periodista estadounidense Pamela Green quien ha dedicado diez años de su vida a buscar quién fue de verdad Alice Guy Blaché. El resultado es el documental estrenado en Cannes en 2018, Be Natural, así titulado porque es el cartel que decoraba las paredes de Solax para recordar a los actores que el éxito está en la naturalidad. “¿Por qué esta obsesión con Alice?”, auto reflexiona Pamela durante una entrevista. “Porque era divertida, tenía humor, empatía y al mismo tiempo coraje al poner a las mujeres en situaciones que no se hacían en el cine: subiendo montañas o corriendo a caballo.
Es una voz que durante mucho tiempo las mujeres echamos de menos y que nos representa, nos da un cuadro completo de lo que se hacía en cine en esa época. Era una gran narradora, componía muy bien las imágenes y me hace sonreír. ¿Qué más puedo decir?” (https://www.youtube.com/watch?v=5ok5xW-Xrn0).
El documental tiene el enorme mérito de haber recuperado muchas de las películas de Alice cuyas memorias se publicaron en Francia en 1976, ocho años después de su muerte. Todavía hay dudas sobre su contribución al cine. Algunos opinan que si su trabajo permanece en la sombra es porque no fue excepcional. Otros reconocen su talento. Si hubiera sido un hombre, ¿se habría escrito de manera diferente su historia?
